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La Coctelera

Rojo sangre. (Primeros años I)

 

Mucho después de haberla visto, cuando ya era noche cerrada y yo intentaba cerrar los ojos y no ver nada, con la colcha tapándome la cabeza como último intento desesperado e inútil, el color rojo volvía a mi mente. Era un rojo intenso, brillante, espeso. Cerraba los ojos y no veía oscuridad, sólo el charco de líquido color rubí, denso, cuajado, que sin tocarlo presentía todavía caliente y viscoso. Iba de la mano de mi madre. Debía tener unos cuatro años, y era mi primer día de escuela. Caminábamos por la acera y justo frente al colegio varias personas formaban un corro alrededor de un bulto que no alcanzábamos a distinguir. Me solté de la mano de mi madre y eché a correr. Siempre he sido curiosa y siempre he querido ver lo que veían los demás. Puse una mano en la pierna de alguien que observaba la escena, e instintivamente se apartó hacia un lado. Entonces la vi. Estaba estirada boca arriba, su cara tenía un color tan blanco que parecían transparentársele los huesos. Los ojos abiertos, mirando sin ver. La cabeza apoyada en el bordillo. Y alrededor de ella, una aureola roja. Sangre derramada, sangre roja y espesa. Estaba muerta, aunque entonces yo no entendía el significado de la palabra muerte. No entendía por qué esa mujer estaba tumbada en el suelo y por qué tenía alrededor de la cabeza un charco de agua roja. Mi madre me agarró por un brazo y tiró de mí. Me tomó en brazos y salió corriendo de allí. Unos minutos después entraba en el colegio donde años después entendería que es lo que aquella mañana de septiembre había visto sin comprender. Desde aquel día cada vez que alguien me preguntaba: -Micaela, ¿Cuál es tu color favorito?,- Yo, dependiendo de mi estado de ánimo decía, verde, o azul, o rosa. Y cuando me preguntaban el color que menos me gustaba, entonces sí, entonces siempre, invariablemente decía: - el rojo, ¡lo odio!-

Siempre fui una niña tímida. Cuando recuerdo mis primeros años de colegio, no puedo separar de ellos a la señorita Antonia, la primera maestra que tuve. Era alta, delgada, excesivamente delgada para los cánones de belleza que se estilaban a principios de los años setenta. La recuerdo muy vieja,  ahora no creo que fuera tan mayor como a mí me parecía, posiblemente no. Mi juicio de entonces estaba sesgado por los pocos años que tenía y alguien mayor de cuarenta años bajo mi punto de vista era ya un anciano.

Continuará...

Maldito Facebook

 Llevo mucho rato mirando, observando, escudriñando  la foto. Cuando la descubrí por casualidad navegando por internet, estaba buscando información de los institutos públicos de la zona dos. Mi amiga me había pedido que le buscara direcciones para enviar su currículum. Las cosas casi siempre surgen por casualidad, sin buscarlas. Si las buscas normalmente pasan por tu lado sin que te des cuenta, como burlándose de ti: ¿ves? paso por tu lado, escurridiza, y tú ni me miras. No me mereces. Dejas pasar la ocasión. Ya no tendrás otra. Has perdido tu oportunidad, te susurra al oído, pero tú no oyes, estás sorda buscando sin encontrar.

Cuando vi la foto, la luz del día entraba por mi ventana. Ahora ya no hay luz, tan sólo la que sale del ordenador y se refleja en mis ojos. Hace más de veinte años que no veo esa boca. La miro y la encuentro excesivamente pequeña. Siempre me han gustado las bocas grandes de labios carnosos. Trato de rebuscar en mi memoria. No, mi recuerdo no es así. Su boca no era tan pequeña. O puede que sí. Ya casi ni me acuerdo. Los años han debido adornar mi memoria.  Lo que sí recuerdo son sus besos. Miles de besos dados en nueve meses de relación adolescente. Lo que dura un embarazo, lo que dura un curso. Lo que tarda en pasar un verano alejado de ti para olvidarte.

El primer beso de amor de mi vida me lo dio el, se lo di yo. Nos lo dimos...

Continuará...

María

 Muchas tardes, cuando el sol se está preparando para desaparecer en el horizonte, salgo a pasear con mi madre. Nunca son paseos largos, porque sus huesos reumáticos no le permiten grandes excesos. Mi madre conoce a todo el barrio. Cada treinta metros (los he contado) saluda a alguien, se para un rato y conversa. Ayer saludó a una mujer inválida. Iba en una silla de ruedas que manejaba como si fuera un apéndice más de su cuerpo. Me llamó  la atención el maquillaje estridente, pero al bajar la vista a sus manos,  las largas uñas pintadas de rojo me hipnotizaron. No sabría decir que hablaron, ni cuanto tiempo estuvieron conversando. Mis ojos permanecían fijos en las uñas perfectas. Me preguntaba cómo era posible tener unas uñas tan largas y no rompérselas con el manejo de la silla. ¿Sabes quién es? preguntó mi madre una vez estuvimos lo suficientemente alejadas de ella. Me encogí de hombros y contesté: ¿debería saberlo? Es María, dijo. ¿Qué María? dije yo. María, la hija de la Tomasa, insistió ella, de cuando vivíamos en las barracas. ¿María? ¿aquella chica tan guapa que tenía un montón de pretendientes?, pregunté. Si, si, esa que decían que se iba por las noches por ahí y que luego la traían en cochazos de madrugada, dijo mi madre. La miré con los ojos como platos: ¿era puta? Eso decían, hija.

Me quedé ensimismada, perdida en los vericuetos de la memoria. No tenía ni idea de que fuera puta, claro que yo por aquel entonces debía tener unos siete u ocho años y no son cosas que se hablen delante de los niños. Retrocedí en el tiempo y me vi a mi misma con un vestido de color azul sentada en el suelo con una bolsa de caramelos y a María acercándose a mí y preguntándome que era lo que guardaba en la bolsa. Recuerdo que pensé que cuando fuera mayor me gustaría ser como ella, tan guapa y con ese pelo tan largo negro y brillante. Le ofrecí la bolsa llena de caramelos y acercó sus manos a las mías, unas manos  blancas y limpias, y con unas  uñas que me parecieron imposibles: largas y tan rojas que hacían daño a la vista.  Mis manos se me antojaron sucias, en realidad lo estaban de jugar en la calle y sentí vergüenza de que las viera tan poco aseadas.

Joder como es la vida y las vueltas que da.  Ya no queda nada de la antigua belleza de María.  ¿Cómo pudo el tiempo maltratarla de esa manera? Ella que todo lo tuvo. Ella que ahora no tiene nada.  Ella que sólo posee unas largas uñas postizas y rojas. Ella que pasea su maltrecho cuerpo en silla de ruedas en lugar de pasearlo en coches de lujo como era su destino. ¿En qué momento se truncó tu vida María?

 

Fragmentos

 A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir cruzándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta. Me imagino una tormenta como ésa. Un blanco remolino que apunta al cielo, irguiéndose vertical como una gruesa maroma. Mantengo los ojos y las orejas fuertemente tapados con ambas manos. Para que la fina arena no se me meta en el cuerpo. La tormenta se acerca deprisa. Desde lejos puedo sentir la fuerza del viento en la piel. Va a engullirme de un momento a otro. (página 11)

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 Y tú en verdad la cruzarás, claro está. Esta violenta tormenta de arena. Esta tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás. Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que el tú que surja de la tormenta no será el mismo tú que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la  tormenta de arena. (página 12)

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-¿Quién eres? -pregunta la señora Saeki-. ¿Cómo sabes tantas cosas y las sabes tan bien?

"Quién soy yo, seguro que tú también lo sabes", le dices a la señora Saeki. Yo soy Kafka en la orilla. Tu amado, tu hijo. El joven llamado Cuervo. Ninguno de los dos puede ser libre. Estamos siendo engullidos por un remolino. A veces nos encontramos fuera del tiempo. En algún lugar fuimos alcanzados por un rayo. Por un rayo que no tenía ni sonido ni forma.

Esa noche volvéis a hacer el amor. Tú escuchas cómo se va llenando el vacío que hay dentro de ti. Es un sonido tan leve como el de la fina arena de la playa desmenuzándose bajo la luz de la luna. Contienes el aliento, aguzas el oído. Estás dentro de una hipótesis. Estás fuera de ella. Estás dentro. Estás fuera. Inspiras, retienes el aire, espiras. Inspiras, retienes el aire, espiras. Prince canta sin descanso, como un molusco, dentro de tu cabeza. La luna asciende en el cielo, la marea avanza. El agua del mar se vierte en el río. Las ramas del árbol que hay junto a la ventana tiemblan nerviosamente. Tú la abrazas. Ella esconde la cara en tu pecho. Tú percibes su aliento en tu pecho desnudo. Ella palpa cada uno de tus músculos. Lame dulcemente tu pene enrojecido como si lo aliviara. Eyaculas una vez más en su boca. Ella traga tu semen como si fuera algo precioso. Besas su sexo. Lo recorres con la punta de la lengua. Te conviertes ahí en otra persona, en otra cosa. Estás en otro lugar.

-Dentro de mí no hay una sola cosa que tengas que saber- dice ella. Hacéis el amor hasta que llega la mañana del lunes, aguzáis el oído al tiempo que pasa. (Página 397)

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Adiós mon amour (11)

Corola estaba saliendo de la ducha cuando sonó el timbre de la puerta. Se puso corriendo un albornoz y casi se cae al resbalar en el suelo húmedo del baño. Para no caer intentó agarrarse al quicio de la bañera. No cayó, pero se dio un fuerte golpe en el antebrazo. Morado seguro, pensó. Había quedado con Gustavo a las doce del mediodía para devolverle la cartera y no eran ni las once. Abrió la puerta con una toalla envolviendo su cabello recién lavado. Gustavo la miró, ella lo miró. Ninguno de los dos dijo nada. Ella se hizo a un lado para que él pudiera pasar. Tengo tu cartera en el salón, fue lo único que se le ocurrió decir. El la siguió. Ella cogió la cartera y se la entregó. El seguía sin hablar. Al coger la cartera, Gustavo retuvo la mano de Corola, se acercó a ella y la abrazó. Así estuvieron, abrazados, un tiempo que a Corola le pareció eterno. Gustavo le quitó la toalla de la cabeza y acarició el pelo húmedo y alborotado. Que bien hueles, dijo. Se separó un poco de ella para admirar su cabello revuelto. Le deshizo el nudo del albornoz y se lo quitó.  Ella se quedó de pie, frente a el, totalmente desnuda. Gustavo la miraba, sin atreverse a tocarla, hasta que con un gesto rápido la toma en brazos y sin dejar de besarla la conduce hasta la cama. La tumba con delicadeza sobre la colcha, la besa en la boca, se detiene durante un rato besándole las orejas, las mejillas, toda la cara. El sigue completamente vestido. Le toca los pechos y éstos responden instantáneamente a las caricias. Corola cierra los ojos y se abandona. Nota cómo Gustavo besa sus pezones, los succiona. De pronto para y Corola abre los ojos. Gustavo le besa el vientre, le lame el ombligo. A corola se le eriza el vello y siente un escalofrío que recorre su espina dorsal. El nota la excitación de ella. Gustavo está bajando con su lengua húmeda hacia los muslos. Le separa las piernas. Con los dedos toca el sexo de Corola que responde hinchándose. Gustavo parece satisfecho. Acerca su boca al clítoris de Corola y lo lame despacio. Con el dedo corazón inicia el camino hacia la vagina sin dejar de lamer. Corola jadea. Está a punto de alcanzar el orgasmo. Gustavo lo nota y aumenta el ritmo, lame más rápido e introduce dos dedos en la vagina. Corola se corre. Gustavo la deja descansar un instante mientras él se quita la ropa. El pene le va a estallar. Completamente desnudo se tumba al lado de ella, toma su mano y la pone encima de su polla. Corola la toma entre sus manos, se incorpora, la mira y acerca su boca. La besa. Se coloca encima de él se mete la polla en la boca, succionándola poco a poco. A la vez, coloca su sexo encima de la pierna de Gustavo y se restriega en ella. Gustavo susurra: que puta eres. Corola, mi puta particular. Ella mantiene el ritmo, pausado y regular y siente cómo el se corre en su boca.

Corola enciende un cigarrillo y se lo pasa a Gustavo. Fuman los dos. Gustavo la besa y a Corola le sabe el beso a tabaco, igual que a  el. Hacen el amor. Esta vez suavemente, sin urgencia, sin prisas, saboreando. Corola siente a Gustavo dentro de ella y vuelve a tener otro orgasmo.

Corola ya lo ha decidido. Esta será la última vez que se vean. Gustavo está casado y ella no quiere o no puede compartirlo con nadie. Prefiere renunciar a el. Es mejor ahora que dentro de un año cuando ya esté totalmente enganchada a el. El no sabe nada. Cuando se conocieron Corola estaba buscando piso. Quería cambiar de zona. Cuando vuelva de Murcia, donde tiene que ir por trabajo, hará el cambio. El no la encontrará. Desaparecerá. Ella le ha dicho que estará fuera un mes, pero no es verdad. Sólo será una semana. El resto del tiempo lo utilizará en la mudanza. Incluso cambiará de móvil. Gustavo no tendrá manera de encontrarla. Cree que Gustavo ama a su mujer, que ella sólo es un pasatiempo, que nunca renunciará a su estilo de vida. Puede que los intente compaginar durante un tiempo, pero cuando se vea obligado a elegir, será ella la que saldrá perdiendo. No está dispuesta a comer las migajas. Lo quiere todo. Y prefiere quedarse sin nada a participar en una lucha que cree perdida de antemano.

Se despiden en la terminal del aeropuerto con un beso largo y húmedo. Cuando Corola sube al avión tiene los ojos enrojecidos. Ha llorado en el lavabo del aeropuerto. Sabe que nunca más volverá a ser acariciada por el, ni le contará sus planes, ni le explicará en  que consiste la ingeniería genética, ni le enseñará sus acuarelas, ni fumarán un cigarrillo a medias, ni escuchará sus voz, ni harán el amor, ni se escribirán interminables e-mails, porque ella desaparecerá. Cambiará de casa. Cambiará de teléfono. Eliminará sus cuentas de Hotmail y Yahoo. Dejará de existir. Y cuando pase un año, ella sólo será un sueño en la imaginación de Gustavo. Porque para ella seguirá llamándose Gustavo, aunque en su carnet de identidad ponga otro nombre. Y su estado civil sea casado. Y tenga dos niñas y un niño y lleve sus fotos en la cartera. Y tenga un perro que se llame Teo y viva en una casa adosada a las afueras de Barcelona en un barrio residencial de alto standing.

Adiós mon amour.

Una noche mágica (9)

Antes de que amanezca, Gustavo se levanta sigiloso para no despertar a Corola, que duerme un sueño inquieto. Busca su ropa, esparcida hace unas horas por el suelo de la habitación. Se viste. Observa unos instantes a Corola. Se le oscurecen los ojos de deseo. Acerca la mano al cabello de Corola y lo acaricia con sumo cuidado. Por un instante piensa en despertarla, en abrazarla de nuevo, en volver a amarla. Mira el reloj de la mesilla de noche. Permanece unos minutos de pie, indeciso, sin saber que hacer. La realidad se impone, sabe que no puede quedarse más tiempo.

Corola se despierta de golpe al oir el ruido que hace la puerta al cerrarse y sabe que Gustavo se ha ido. Se da la vuelta en la cama y se acurruca en el mismo lugar que ha ocupado Gustavo. Todavía conserva su aroma. Huele a él. Corola piensa en Gustavo y se le acelera el corazón. Rememora cada instante de esa noche que se le antoja mágica. Intenta dar significado a cada acto, a cada palabra, a cada gesto de Gustavo. Conserva intactas en la memoria sus facciones transfiguradas por el placer, sus manos grandes recorriendo su cuerpo, primero con ternura, después con urgencia de amante. Evoca la expresión de su cara cuando a media noche se despierta y lo encuentra aferrado a un sueño tranquilo y sereno. Recuerda su respiración acompasada y el balanceo rítmico de su pecho. Corola quisiera que esa noche no hubiera acabado nunca.

Ella no está segura de quien es Gustavo en realidad. No sabe nada de él. Ni su edad, ni a qué se dedica, ni si tiene hijos, nada de nada. Y a pesar de no saber nada, cree saberlo todo.

Corola se mira en el espejo que cubre las puertas del armario. Tira hacia atrás el edredón y su imagen completamente desnuda se refleja frente a ella. Pasa mucho rato mirándose, observándose, hasta que siente frío y vuelve a taparse. Se toca los pechos. Tiene los pezones duros a causa del frío. Tengo unos pechos bonitos, piensa. Y sonríe para sí misma. Están duros, se sorprende. Sus manos, instintivamente bajan hacia abajo, se toca el ombligo, bajan hasta el monte de Venus. De repente ha entrado en calor. Sigue pensando en Gustavo, en su boca, en sus manos, en su verga. Si ahora Gustavo estuviera aquí, conmigo, tumbado a mi lado, le susurraría al oído: Gustavo, fóllame. Sus dedos buscan instintivamente su sexo húmedo. Se toca con delicadeza primero y a medida que surge la urgencia aumenta el ritmo. Cuando alcanza el orgasmo está pensando en Gustavo. Debería comprarme un consolador, piensa. Y se sonroja.

Decide levantarse. Descalza y desnuda va al cuarto de baño. Le gusta pasear desnuda por la casa. Necesita un café. Se prepara uno. Vuelve a la habitación y se sienta en la cama. Tengo que pensar en esto con calma, se dice a sí misma en voz alta. Mira al suelo. Hay una cartera. La toma entre sus manos y adivina que se le ha debido caer a Gustavo. La mira y remira. No quiere abrirla. No está bien. ¿o si? La abre despacio, sin prisa. Ya no hay vuelta atrás.

El chat de Arturo (1) 

The Quiet Man (2)

Arturo (3)

Gustavo (4)

De excursión (5)

La masía de Molins (6)

Dèjá-Vu (7)

Verdín en el dormitorio (8)

Nota a pie de página

Caminamos los dos cogidos de la mano, descalzos por el Boulevard de los Sueños Rotos. Creo que es una calle de París. Sé que estoy soñando porque nunca he estado en París. La calle está desierta, tu y yo caminamos despacio, mirando al frente. Las personas que encontramos a nuestro paso no se mueven, están rígidas como esas estatuas humanas que pueblan las Ramblas de Barcelona. Es como si el mundo se hubiera detenido y sólo nosotros dos existiéramos. La calle es muy larga, parece que no tiene fin. Tengo los pies ensangrentados de tanto andar. Intento decirte que quiero descansar, pero al mirarte no veo tu cara. Y donde debería estar tu rostro veo un pozo oscuro, una mancha negra que me impide reconocerte. De repente el paisaje cambia. Ahora estoy sobre un tablero de ajedrez, soy la reina blanca. El caballo negro se acerca peligrosamente a mí. Llevo puestas unas zapatillas blancas de ballet. Los pies siguen sangrándome. Corro por el tablero y voy dejando gotas de sangre delatoras. Una mano me agarra del cuello y me saca del juego. Intento ponerle rostro a la mano. Justo cuando voy a descubrir su cara, escucho una voz ronca que me dice: jaque mate. Todo se vuelve negro y ya no puedo ver nada. Alguien dice: has perdido. Y yo me lo creo.

Déjà-Vu (7)

Corola no entiende cómo el todoterreno de Gustavo se detiene precisamente en el portal de su casa. Lo mira incrédula pero no se atreve a preguntar nada. Durante el viaje de vuelta ha venido como en una nube. El trayecto le ha parecido mucho más corto, el tiempo parece haberse detenido. Gustavo lleva un rato mirándola, esperando que ella diga algo. Corola tiene miedo, no sabe qué está pasando. El aire parece más denso dentro del coche. Con un hilo de voz que casi ni reconoce, Corola le pregunta si quiere subir a ver su minúsculo piso. Gustavo sonríe y la besa en la frente. Por un momento ella piensa que no va a subir, que la está rechazando. Gustavo no contesta, aparca el coche, se baja y le abre la puerta. Corola sale y tiene la extraña sensación de que todo aquello ya lo ha vivido antes, que nada es nuevo. Gustavo la toma de la mano y juntos suben en silencio, sobran las palabras. Hace tres años que no sube ningún hombre a su casa.

A Gustavo le llama la atención la cantidad de libros que Corola tiene en el salón.

-Parece que te gusta leer.

Corola no lo ha oído, está en la cocina abriendo una botella de vino. Trae dos copas entrelazadas en una mano, en la otra la botella de Penedés. Se sientan el en sofá. Gustavo está cómodo, Corola nerviosa. Brindan por ellos, beben un sorbo del líquido y se miran a través del cristal de las copas. Corola se levanta y pone música,  Leonard Cohen con su voz desgarrada les acompaña:

 ♫♪♫ ♫♪♫  ♫♪♫ ♫♪♫

If you want a lover
I'll do anything you ask me to
And if you want another kind of love
I'll wear a mask for you
If you want a partner
Take my hand
Or if you want to strike me down in anger
Here I stand
I'm your man
If you want a boxer
I will step into the ring for you
And if you want a doctor
I'll examine every inch of you
If you want a driver
Climb inside
Or if you want to take me for a ride
You know you can
I'm your man

Ah, the moon's too bright
The chain's too tight
The beast won't go to sleep
I've been running through these promises to you
That I made and I could not keep
Ah but a man never got a woman back
Not by begging on his knees
Or I'd crawl to you baby
And I'd fall at your feet
And I'd howl at your beauty
Like a dog in heat
And I'd claw at your heart
And I'd tear at your sheet
I'd say please, please
I'm your man

 ♫♫♫♪♪ ♫♫♫♪♪  ♫♫♫♪♪ ♫♫♫♪♪

Gustavo también se levanta con la excusa de ver el equipo de música. Suena la música, los dos de pie. El la abraza por la espalda y le besa la nuca, Corola siente un escalofrío. Se queda quieta, como un gatito asustado, temblando.  El le da la vuelta, la toma por la barbilla y la besa. Un beso largo, interminable. A Corola le late el corazón con fuerza. Mira a Gustavo y le parece que ya no es el, cree ver al Gustavo de hace veinte años, lo ve rejuvenecido, mucho más joven. Está viendo al Gustavo adolescente. Sabe que es una ilusión.  O puede que no, tal vez Corola ha atravesado la piel de Gustavo y está mirando directamente su interior. A Corola se le saltan las lágrimas. Gustavo se las limpia delicadamente con besos. Le desabrocha la blusa y se sorprende de la piel tan suave que tiene Corola. La acaricia con miedo, como si sus manos, al contacto con la fina piel de ella la pudieran lastimar. Corola lo toma de la mano y lo lleva a la habitación. Vuelven a besarse. Se abrazan hasta el infinito. Gustavo desnuda a Corola, ella tiembla por un placer que sabe anticipado. Tumbada en la cama ve como Gustavo se quita la ropa y se tumba a su lado. Los dedos de Gustavo recorren el cuerpo de Corola y lo moldean despacio. La boca de Gustavo lame la piel de Corola. Sabes dulce, le dice. Ella parece reaccionar. Nota la erección de Gustavo y toma el control. Lo tumba boca arriba y ahora es ella la que besa el cuerpo de él, el cuello, los pezones, baja por el ombligo, se detiene, sigue bajando.... Se sube encima de él y busca su pene, tantea...

Gustavo se levanta, la obliga a tumbarse de nuevo y la penetra con vaivenes acelerados. Sudan los dos, los dos gimen...

Cohen  sigue cantando con su inigualable voz ronca.... ♫♫♫♪♪ ♫♫♫♪♪  ♫♫♫♪♪

And if you've got to sleep
A moment on the road
I will steer for you
And if you want to work the street alone
I'll disappear for you
If you want a father for your child
Or only want to walk with me a while
Across the sand
I'm your man

If you want a lover
I'll do anything you ask me to
And if you want another kind of love
I'll wear a mask for you   ♫♫♫♪♪ ♫♫♫♪♪  ♫♫♫♪♪

 Ei chat de Arturo (1)

The Quiet Man (2)

Arturo (3)

Gustavo (4)

De excursión (5)

La masia de Molins (6)