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La Coctelera

Entre las piernas

Me exprimo el cerebro y no consigo recordar su nombre, ni tan siquiera su cara, sólo recuerdo la postura: desafiante, un poco obscena, con los pantalones tejanos apretados,  brazos cruzados, tumbado hacia atrás con las piernas abiertas encima de un pupitre que ya se le hacía pequeño a un cuerpo que  rozaba la adolescencia. Yo contemplando su paquete sin disimulo, porque realmente no miraba aquel bulto por ser suyo sino por lo excitante que resultaba recrearme en algo que nunca había visto.  Pensaba, eso si lo recuerdo, en como sería aquello que tenía entre las piernas, como sería cogerlo con mis manos. Ahora, pasados los años, he visto ya unos cuantos y los he tenido entre mis muslos.  Y aún así, sigo recordando la excitación que sentí y  esa  primera estela de deseo tan sólo imaginada.

Silencio

                                                                                                                   

Algo esperaba, pero los días iban pasando y nada sucedía. Todo seguía igual. ¿qué esperaba? Nada concreto, tal vez una señal que me indicara el camino. Pero...¿qué camino? ¿el camino de la desesperación?
Hay tantas cosas que no te he dicho y que me hubiera gustado decirte...

¿Borrachera?

Aquella noche bebí, lo necesitaba. Mi amiga "bolas chinas" y yo nos tiramos a la piscina. Quisimos una noche loca y ¿la tuvimos?.
Mi amiga "bolas chinas" es una vampiresa. Ella sabe tratar a los hombres. Los hombres se vuelven locos con ella. Me está enseñando, no sé si quiero aprender, no sé si me gustará.
Nunca bebo, el alcohol no me gusta, perdón, no me gustaba, aquella noche me gustó.
Hacía frio, era una típica noche de finales de agosto, con tormenta incluida. Nos bebimos una botella de vino entre las dos. Nos jugamos a cara o cruz quien iba a conducir, gané yo. En el juego suelo tener suerte, a veces hago trampas, pero nadie lo nota.
¿Donde vamos? yo que sé, la dejo decidir, a mi la verdad es que me da igual, solo quiero música, empujones y movimiento, tengo ganas de reír, ¿será el vino?. Creo que se me nota en la cara que tengo ganas de amor, me miro al espejo y solo veo unos ojillos achispados.
Ya estamos bailando, la música está muy alta, hace calor, hay demasiada gente, volvemos a beber, intentan ligar con nosotras, mi amiga ríe, habla, arrima su cuerpo al de él, yo miro, sonrío, me dejo llevar. Bailamos hasta agotarnos. Decidimos irnos,  van a cerrar. Salimos a la calle, brisa marina, olor a sal.
Nos vamos, suena un móvil, es el de mi amiga, no sé con quien habla, ni que dice, me da igual. -Te cuento- me dice, y sonríe, enseña los dientes de vampiresa , me mira con cara de complicidad: - Has ligado -  dice, y yo me sorprendo, me miro en el espejo retrovisor y pienso: ¿se me notará mucho la soledad?. Ella sigue hablando: - si, tía, que le molas al amigo del indio (el indio es el ligue de mi amiga, casi dos metros pelo largo y negro), que quieren ir a comer un franfurt, que nos invitan a tomar algo ¿vamos? No lo pienso, ¿el de la camisa negra? pregunto, si, si ese. Vamos.
No está mal el de la camisa negra, sube mi autoestima unos cuantos puntos, está como un queso. Te va a costar pienso, no creas que soy una chica fácil, ¿o si? ¿Me apeteces realmente? no, no me apeteces, me apetece otro, pero ese otro no está, ni estará, se fue, desapareció sin avisar. Yo aún sigo esperando aunque sé que lo perdí hace tiempo. Siento una pequeña punzada en el costado, es dolor por su ausencia. El de la camisa negra se acerca peligrosamente, está tan cerca que puedo intuir sus pensamientos, ¿notará él los míos?
Me besa los labios, no siento nada, me acaricia la espalda y yo pienso en otro. Tengo que hacer un gran esfuerzo para mantenerme a su lado. Me apetece correr, buscarte a ti, besarte a ti, amarte a ti, y tú no estás, está él. Me pide el teléfono, le digo que ya se lo daré, me hago la dormida y noto como me mira. Me siento sucia. Espero a que se vaya y me doy una ducha. Mi amiga bolas chinas está contenta, me cuenta que el de la camisa negra se ha colado por mi, que le ha pedido mi teléfono, que parecía un niño con zapatos nuevos. Yo solo tengo ganas de llorar.

ODIO

 

Odio a algunas personas y no sé bien por qué.  Es verlas y sentir el estómago estallar. Siento como mi cuerpo entra en calor, me arden las mejillas, miro con aversión, respiro con irregularidad. Reprimo los deseos de asesinar a esa compañera odiosa, a ese señor que pasa por mi lado y me roza algo más de lo estrictamente necesario, a esa mujer que no me deja salir del metro, que me empuja hacia dentro del vagón cuando yo quiero salir, a ese hombre sudoroso que justo a mi lado mastica un donut  con la boca abierta y me enseña hasta las amígdalas. Afortunadamente es sólo un instante.  Pero, que miedo me doy a veces.

UN INSTANTE LO CAMBIA TODO

 

Joan Prats nunca había pensado en irse del pueblo, se presentía útil y necesitado. Y sobre todo era feliz.  Quería a su sobrina como a una hija, se divertía inventando cuentos para ella, jugando al escondite y dejándose atrapar por la chiquilla cuando jugaban a correr uno detrás del otro.  Era alto y desgarbado, con aspecto de hombre tímido, rubio y con media barba. Algunas mujeres se presentaban en su consulta con enfermedades imaginarias sólo para poder hablar un rato a solas con aquel médico que se pasaba las horas muertas jugando con su sobrina o paseando por el campo escuchando a los pájaros trinar. El no parecía darse cuenta de los esfuerzos que hacían algunas de sus pacientes más jóvenes para idear dolencias ficticias y con esa excusa  que él les hiciera un poco de caso. Todo el mundo sabía que cuando Joan Prats, médico de vocación y ornitólogo de afición observaba los pájaros, el mundo dejaba de existir a su alrededor y nada ni nadie era capaz de distraerlo de aquello que no fuera identificar el canto de los pájaros.

Nadie podía imaginar que aquella paz idílica que respiraba aquel hombre acabaría el día en el que la escopeta de caza que limpiaba se disparó accidentalmente con la mala fortuna de atravesar por el camino el cuerpo diminuto de la niña. Nada pudo hacer Joan Prats con toda su sabiduría de médico inquieto para salvar a su sobrina que murió casi instantáneamente en los brazos de su tío. Era otoño, trece de octubre, fecha que quedaría siempre grabada en su memoria, y que el tiempo, caprichoso y voluble se encargaría de recordarle muchos años después y muy lejos de allí, cuando su hija naciera, también el mismo día, a la misma hora y en idéntico mes.

CUANDO ELLA NACIÓ

 

El parto duró cinco días con sus correspondientes noches, noches frías de otoño. Su madre le contaría después que se pasó el tiempo tumbada en la cama mirando cómo, el álamo que asomaba sus ramas por la ventana, agitaba las hojas que iban cayendo una tras otra. La comadrona le ponía paños de agua helada en la frente para intentar bajarle la fiebre y le susurraba al oído que el niño venía de nalgas. La parturienta aterrorizada por los dolores y la fiebre sólo quería morir, que se acabara todo de una vez. La quinta noche, cuando la comadrona dormía agotada el niño quiso salir del vientre materno y se escurrió entre las nalgas de la madre. Era una niña y le pusieron Micaela. Dicen que tardó dos días en emitir el primer sonido y que tardó dos días más en dejar de llorar. Era mi abuela, la que se me aparece en sueños. Y nació un trece de octubre, igual que yo y que muchas otras mujeres de mi familia. En cada generación una mujer de mi familia nace siempre en esa fecha. Eso me cuenta mi abuela.

HACE MIL AÑOS

 Feitus  me ha hecho recordar...

Hace mil años...

...en los Jardines de Pedralbes:

ViDAS AJENAS. Día 2 de 7

 

A medianoche despierto desorientada, me noto desnuda y no sé bien donde estoy. Por un momento creo que estoy en Roma. A veces de tanto contar una mentira, te la acabas creyendo. Todo está oscuro, miro sin ver y no distingo ni una gota de claridad. Pienso en la muerte, en la ausencia de vida, en que morir debe ser muy similar a esta lúgubre oscuridad, a este silencio sepulcral. Pasan por mi mente los fallecidos que he visto en los últimos días. Recuerdo aquel anciano, su tez pálida, casi transparente, ojos ausentes, vidriosos, preparándose para el viaje sin retorno. Observo el preciso momento en que deja de respirar, es un ronquido suave, después nada, sólo el vacío, la huida.  Después vinieron a buscarlo, lo metieron en un plástico y se lo llevaron al depósito. Me apremian para que limpie la habitación, todavía la cama caliente. He limpiado ya tantas habitaciones en el hospital donde acaba de morir alguien que ya no siento pena, ni tristeza, ni miedo, nada. A todo te acostumbras, incluso a convivir con la muerte.

Creo que voy a encender alguna luz. Es imposible que nadie desde la calle pueda verme. ¿Por qué no me habré ido a Roma? ¿Por qué se me ha ocurrido venirme al piso de Antonio? En momentos como este creo que me estoy volviendo loca, que tengo comportamientos irracionales, difíciles de explicar. Decisiones inverosímiles, absurdas. Debería plantearme seriamente consultar con un psiquiatra.

Camino descalza por la casa, me gusta, da sensación de libertad. Me detengo en la puerta del estudio, apoyo la cabeza en el quicio de la puerta y dejo que pasen los minutos, no sé bien cuanto tiempo pasa, ni en qué pienso, mi mente descansa.

El estudio de Antonio es acogedor: frente a la ventana hay una mesa con el ordenador, la pared de la derecha está forrada con una estantería hasta el techo, todos los huecos ocupados por libros, en la pared de la izquierda más estanterías con libros, pero sólo hasta media pared, por encima,  colgados,  dos cuadros, uno con el famoso retrato de la muchacha afgana,  

Dios mío, me digo, que ojos, son de un verde tan intenso que parecen traspasarte, pero no te miran a ti, miran al interior de tu alma. Recuerdo que hace poco leí por algún sitio que la estuvieron buscando, a la chica de la fotografía, y encontraron los mismos ojos, pero ya no eran iguales, veinte años después la cámara ya no captó la expresión de aquellos ojos inocentes y llenos de luz. Lo que si captó fue el deterioro de una vida llena de penalidades. El otro cuadro es una reproducción de Martin Johnson Heade,

donde en primer plano hay una orquídea de un color rosa intenso, que  parece pintada en tres dimensiones, y un colibrí que la mira embelesado, el conjunto del cuadro te hace pensar en un atardecer melancólico y lleno de sensualidad. Hay un sillón de cuero negro, con ruedas y respaldo alto al lado de la mesa. Me siento, y me doy cuenta que también es giratorio. Doy unas cuantas vueltas por la habitación que gira ante mis ojos cada vez más rápido. Cuando me canso de dar vueltas dejo que la fuerza de la gravedad me pare. Me siento un poco mareada. Lo miro todo, mis ojos pasean de un lado a otro y se posan en el ordenador.  Me veo reflejada en la  negra pantalla. Alargo la mano y lo enciendo.  Siento un ligero pinchazo en la conciencia, como si estuviera profanando una vida ajena. No pasa nada, me digo, a nadie le importa. Antonio está muerto, no va a venir a pedirme explicaciones. El ordenador me pide la contraseña, elijo una palabra al azar: superman, contraseña no válida, Antonio, contraseña no válida, vuelve a escupirme el ordenador. Busco la fecha de nacimiento de Antonio, su DNI, y tampoco. Que tontería, nunca voy a averiguar la palabra correcta, ¿Qué coño habrás escrito aquí? Escribo mi nombre: Micaela y le doy al enter. ¡Dios mío! ¡La contraseña correcta es mi nombre! No me lo puedo creer. ¿Por qué habrá elegido precisamente esta contraseña?

Ante mi aparece una playa caribeña de arena blanca y un montón de carpetas para abrir.

Fin del dia 2

Día 1

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