Publicidad:
La Coctelera

Categoría: el colegio

Entre las piernas

Me exprimo el cerebro y no consigo recordar su nombre, ni tan siquiera su cara, sólo recuerdo la postura: desafiante, un poco obscena, con los pantalones tejanos apretados,  brazos cruzados, tumbado hacia atrás con las piernas abiertas encima de un pupitre que ya se le hacía pequeño a un cuerpo que  rozaba la adolescencia. Yo contemplando su paquete sin disimulo, porque realmente no miraba aquel bulto por ser suyo sino por lo excitante que resultaba recrearme en algo que nunca había visto.  Pensaba, eso si lo recuerdo, en como sería aquello que tenía entre las piernas, como sería cogerlo con mis manos. Ahora, pasados los años, he visto ya unos cuantos y los he tenido entre mis muslos.  Y aún así, sigo recordando la excitación que sentí y  esa  primera estela de deseo tan sólo imaginada.

No lo soñé (creo)

Hace alrededor de treinta años, cuando iba al colegio, las muñecas eran eso, muñecas. A lo máximo que podías aspirar era a tener una Nancy, algo regordeta si la comparamos con la reina actual de las muñecas, la Barbie, que en aquella época no conocíamos la mayoría de niñas y que seguramente hubiésemos descartado por delgaducha. Cuando volvíamos del colegio merendábamos bocadillos, de nocilla, de pan con aceite y azúcar, de chorizo, de mortadela de oliva, de sobrasada…. No existían los móviles, ni los ordenadores. El teléfono fijo era un artículo de lujo. Yo vivía en una barraca en los suburbios de Barcelona, sin agua corriente, y para lavarnos utilizábamos barreños.

En el colegio todos éramos iguales, o casi iguales. A la profesora la llamábamos Señorita, o Señorita Antonia, aunque más bien se debería haber llamado abuela Antonia, debía haber pasado la edad de la jubilación hacía tiempo. El acoso escolar no estaba de moda, nadie acosaba a nadie. Si recibías una patada, la devolvías si podías y si no esperabas el momento apropiado para vengarte. Nadie había ido jamás al psicólogo. Los niños no estábamos estresados ni éramos hiperactivos, ni nos deprimíamos. Los niños jugaban al balón mientras las niñas aprendíamos a hacer ganchillo en las clases de trabajos manuales y nadie se quejaba de discriminación. Por las tardes salíamos a jugar a la calle y volvíamos a casa reventados, sin haber hecho los deberes escolares.

Los domingos esperábamos que acabaran las noticias para ver Heidi o Marcos y llorábamos con ellos. Todo eso sucedía hace treinta años, parece que fue ayer.

En mi clase, y creo que era la única en todo el colegio, había una niña, Fátima, la mora. A mi me daba miedo, con esos ojos negros, profundos, de cultura milenaria. Te miraba y parecía traspasarte el cerebro. A veces llevaba las manos pintadas con unos extraños dibujos que a mi me parecían jeroglíficos. Yo no entendía su significado ni por qué se pintaba las manos.

Hay sucesos que nunca olvidas, que cuando te suceden no acabas de entender y que permanecen en tu recuerdo. Y aunque pasen los años, sigues viendo la misma imagen en tu cerebro. Sistemáticamente, cada año, aparecía el yo-yo, y todas niñas comprábamos uno, lo mismo sucedía con el trompo, de pronto aparece y todos jugamos al trompo. Las leyendas urbanas también tienen su periodicidad anual, la mano negra también iba y venía a conveniencia de la estación del año. La mano negra nos asustaba a todos, nadie sabía exactamente que era ni de donde venía, ninguno la habíamos visto jamás, pero todos habíamos oído historias. Mano negra tenebrosa y desconocida.

Una mañana Fátima fue al lavabo y no volvía. La Señorita Antonia me mandó a buscarla. Recuerdo mis pasos por el largo pasillo, zapatos de charol negros resonando por el camino hacia los baños, y yo sin mirar atrás, asustada por la soledad de las paredes desnudas. El tiempo se hace eterno. Cuando llego a los servicios llamo: - ¡Fátima!- No contesta. Todas las puertas de los lavabos están cerradas. Pienso que no quiere contestarme, que intenta asustarme. Me agacho y voy mirando una a una por debajo de todas las puertas. La tercera vez que me agacho veo una capa gris extendida en el suelo, que apenas tapa su cuerpo delgado. El cabello largo, negro y rizado tapa a medias su cara, blanca como la cera. El corazón me da un vuelco. Salgo corriendo a buscar a la Señorita Antonia, abro la puerta de clase y la veo, Fátima está sentada en su pupitre.

Sé lo que vi, no lo soñé ni lo inventé. Callé y no dije nada, pero desde entonces me alejé de Fátima.

la vida desenfocada

Debía tener unos siete años cuando me dí cuenta: no veía bien. Nunca pensé que la vida podía percibirse más brillante y clara de lo que yo la distinguía. A raíz de mi descubrimiento, empecé a cultivar el arte del disimulo, bajo ningún concepto quería que nadie se diera cuenta de mi limitación. Para mí era una tara, un defecto imperdonable del que nadie debía sospechar. Mi mente infantil, asociaba gafas con niña repelente. Imaginaba que me ponían gafas y entonces todos en el colegio me llamaban cuatro ojos. Sólo pensar en ello hacía que sintiera un dolor impreciso en el estómago. Sentía nauseas. Visto con la distancia que dan los años y la sabiduría de la experiencia, aquel terror infantil a las gafas parece una tontería, una necedad, un despropósito, un disparate, porque el no querer usar unas simples gafas implicaba limitarme en muchos aspectos importantes de la vida. Todo iba bien, todo era perfecto hasta que a aquel maestro se le ocurrió sentarnos en los pupitres por orden alfabético. La S es la octava letra del abecedario empezando por el final. Si, mi mesa quedaba casi al final de la clase y mis ojos no distinguían las letras de la pizarra. Creo que aquella decisión tan franquista, por injusta y unilateral, del maestro influyó en mi carácter de forma decisiva. Yo era una alumna brillante, inteligente, intuitiva, con un futuro prometedor por delante, que se vio truncado por el azar de una letra, la letra S. Una niña como yo, que aspiraba a ser la líder de la clase no podía llevar gafas como cualquier empollón.

El destino, que es caprichoso y pendenciero quiso sentarme delante de Antoñito Suarez Espada, un niño al que siempre tuve miedo. Espada, ahora me doy cuenta, era algo retrasado, con una crueldad que casi rozaba el sadismo. De repente advirtió que yo existía. Empezó dándome manotazos en la espalda, patadas por debajo de la silla y acabó haciéndome mucho daño. Me veía por la calle y venía corriendo hacia mí para darme puñetazos y patadas. A veces lo veía venir y me quedaba paralizada por el terror esperando el golpe. Nunca entendí por qué lo hacía, por qué me pegaba, por qué sentía placer cuando me golpeaba ni qué le había hecho yo. Sentía pánico de cruzarme en su camino. El imbécil, el sádico Espada estaba limitando mi vida. A veces aparecía donde menos lo esperaba y el golpe no se demoraba un segundo, lo sabía por el dolor y la rabia que aparecían en mi cerebro casi a la misma vez. Un día decidí que no podía seguir así, el miedo no podía anestesiarme, tenía que hacer algo. La victima se convirtió en verdugo, pasé de presa a cazador. Durante varios días estudié sus movimientos, apunté sus horarios, vigilé su casa. Fue la primera vez que hice de espía, y me gustó el papel. No sería la última. El tiempo me auguraba muchas sorpresas. Sabía que tenía que asustarlo mucho para que me dejara en paz. Sopesé contárselo a mi hermano, pero deseché la idea. Espada nos pegaría a los dos. Mi hermano no servía para pelear. Mi barrio, como todos los suburbios de las grandes ciudades escaseaba de jardines y columpios y gozaba de grandes descampados y socavones por doquier donde los matorrales crecían salvajes. Aquel día no tuve miedo, no me paralizó el espanto, al contrario, sabía que era mi última oportunidad de librarme de él. Lo había medido y ensayado todo al milímetro. Cuando me vio, clavó sus ojos en mí y notó que mi mirada no era la de siempre, no había pavor en mis ojos, sólo desafío. Echó a andar hacia mí con una sonrisa que me pareció obscena, seguro de su victoria, seguro de su superioridad. Eché a correr, él me siguió, el tigre en busca de la gacela. Llegamos a la carrera al descampado de los gitanos, donde en primavera, con el buen tiempo, aparecían como por arte de magia varias furgonetas cargadas de familias gitanas, se instalaban allí y no desaparecían hasta que no empezaba el mal tiempo. Espada me pisaba los talones, casi me alcanza, lo notaba muy cerca de mi. Yo había estudiado bien el terreno y sabía cuando tenía que hacer un giro de noventa grados: ya, ahora. Cayó en un hoyo y se rompió una pierna, lo supe después. Cogí un palo que tenía escondido disimulado entre las hierbas que crecían salvajes y le golpeé la espalda. Se puso a llorar. Ojalá te pudras le escupí en la cara. Si vuelves a tocarme un pelo, la próxima vez te mato. Y lo dejé allí, sólo, asustado, dolorido. Lo encontraron muchas horas después, cuando ya se había hecho de noche y sus padres, temiendo lo peor dieron parte a la Guardia Civil. Luego supe que se había cagado los pantalones y que tuvieron que envolverlo en una manta de los tiritones que tenía, más de miedo que de frío. Nunca más volvió a ponerme una mano encima. Evitaba cruzarse conmigo. Desde aquel día siempre me enfrento al miedo, nunca le doy la espalda.

Treinta años después, el descampado de los gitanos ya no existe, se convirtió en un paseo con árboles, jardines y bancos donde los viejos del barrio comparten asiento con drogadictos, parados, amas de casa desocupadas y algún que otro niño que no va a la escuela. Algunas mañanas, los operarios del ayuntamiento riegan el césped, que se empeña en no arraigar en la tierra o cortan ramas a los árboles, o simplemente barren la basura que tiramos en un intento de humanizar los edificios de alrededor, castigados por el tiempo, la desgana de sus habitantes y la desidia del mundo.

Ahora llevo gafas, y ya no veo la vida desenfocada, tal vez algo desfigurada, pero esa es otra historia.

Continuará….

Don Francisco (arenas movedizas)

Tenía ocho años y al colegio vino un nuevo profesor; se llamaba don Francisco, no recuerdo el apellido. A veces intento hacer un ejercicio de memoria para ver si así consigo acordarme, pero por más que lo intente, por más que mi mente viaje hacia el pasado, por más que rebusque, por más que me concentre no consigo invocar las letras de su apellido, aunque si veo su cara, sus manos, sus ojos oscuros y recuerdo su voz, suave, amable, bondadosa, afectuosa. Los viernes por la tarde nos llevaba de excursión, siempre cerca, siempre a lugares increíbles. Recuerdo una vez en la que nos llevó al río Llobregat, recuerdo cómo arrojábamos piedras al agua para notar la profundidad del cauce en aquel tramo del río. Algún niño, lanzó una piedra que no llegó a estrellarse contra el agua y fue a parar a la arena que había al borde del río. También la engulló. Por primera vez en nuestras vidas de niños vimos lo que se nos antojaron arenas movedizas. El agua ya no nos interesaba. Sólo queríamos ver como desaparecían las piedras, como la arena recogía lo que nosotros arrojábamos. Cuanto más grande era la piedra más rápido desaparecía. Don Francisco, permanecía inmóvil, nos miraba fascinado y sonreía. Cuando nos cansamos de ver como la arena, insaciable, devoraba cualquier objeto que nosotros le regalábamos buscamos otro entretenimiento. Ya nos habíamos cansado de aquel juego. Entonces, en el momento en el que nuestro profesor notó que empezábamos a perder el interés por aquella novedad, que ya las piedras que se veían volando camino de estamparse contra la arena apenas se escuchaban, alzó la voz y dijo:

- Si alguno de vosotros, por accidente, cayera dentro de la arena, ¿Qué creéis que pasaría?

Todos miramos al profesor y alguien dijo que nos hundiríamos como las piedras.

–Te ahogas en la arena dijo alguien. Y todos nos echamos a reír.

Don Francisco, tomó una piedra en sus manos y la arrojó con fuerza sobre la arena. Se hundió rápidamente. Después tomó otra piedra y la depositó suavemente en la arena; también se hundió, pero tardó más rato en ser engullida.

El profesor nos hizo acercarnos a él y dijo:

-Ahora, con la edad que tenéis, no sabéis nada de densidades, de masas ni de volúmenes. La piedra se hunde porque es más densa que el agua. Las arenas movedizas tan sólo son agua mezclada con arena. Y nuestro cuerpo, el cuerpo humano es menos denso que el agua, si encima le añadimos arena al agua todavía es más densa. Por lo tanto podemos flotar en las arenas movedizas. ¿sabéis en qué consiste el truco para poder flotar si alguno de vosotros tuviera la desgracia de pisar éstas arenas?

Todos lo mirábamos boquiabiertos. Bajó un poco la voz como táctica para que todos prestásemos atención y susurró:

- El truco consiste en no ponerse nervioso, en no hacer movimientos bruscos, en intentar estar relajado, en tener paciencia, pero sobre todo en no intentar salir con movimientos rápidos, mas bien todo lo contrario, mas bien hay que moverse lentamente y dejar que nuestro cuerpo flote.

Hace treinta años que escuché esas palabras y todavía hoy las recuerdo.

En aquella época, mi hermano Marcos estaba en la clase justo al lado de la mía. El no iba de excursión y su maestro, don Jacinto, tenía fama de pegar coscorrones a los niños, todos le teníamos miedo a don Jacinto. Me daba pena mi hermano, y a la vez no podía evitar sentirme orgullosa de ser mayor y poder tener un maestro como el mío.

A mitad de curso, don Francisco nos dijo un día que iba a dedicar una tarde a la semana para hacernos pruebas y saber así lo listos que éramos. Yo fui la primera en medir mi inteligencia. Empezó por mí por accidente, debía ser otra niña la que comenzara las pruebas. El maestro era muy democrático y sorteó la letra del abecedario que empezaría. Tocó la S. Llamó:

- Carmen Serrano.

Pero Carmen casi nunca asistía a clase y aquel día no fue una excepción. Quise que me tragara la tierra, quise desaparecer, quise ser como Carmen, que nunca aparecía por el colegio.

- Micaela Sotomonte… Tu si estás…. Bien, vamos al despacho del director.

Continuará…

[an error occurred while processing the directive]