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La Coctelera

Categoría: el presente

Una casa en la Alpujarra

 

Necesito vacaciones con urgencia, pienso mientras alcanzo del altillo la maleta rojo pasión comprada hace un año expresamente para el viaje a Alemania. Nunca he sabido organizar las cosas que me llevo, las que en teoría son imprescindibles y las que no lo son. Por eso cuando deshago la maleta puedo encontrar cualquier cosa menos lo que realmente necesito. Por cada viaje que realizo, compro una libreta nueva, de esas de anillas, sencilla y manejable, para poder llevarla encima sin problemas. La de este viaje es de color azul. Escribo sólo por una cara, para después, una vez acabado el viaje poder arrancar las hojas y pegarlas en mi álbum de viajes, junto con las fotos, los tickets de museos o restaurantes, posavasos, hojas de plantas que me resulten curiosas, mapas, billetes de autobús, tren o avión, cualquier cosa que me ayude a recordar después.

Tengo una casa en la Alpujarra, a los pies de Sierra Nevada. Una casa de pueblo, heredada de mis abuelos con los techos forrados  de cañas y el suelo de cemento, con paredes gruesas que no dejan pasar el calor. También tengo un bancal donde hay almendros, olivos y chumberas, varias parras, un par de manzanos, un peral, dos nogueras y dos castaños, varias higueras y un azufaifo. Este año he descubierto a dos metros del castaño un Ginkgo Biloba, regalado a mi abuelo por un pariente creyendo que era un albaricoquero, pero que nunca ha dado frutos, ni los dará.

Los primeros días en el pueblo se fueron sin apenas aprovecharlos. A mediados de agosto conocí a una pareja de holandeses que tienen un cortijo en la sierra. Una noche me invitaron a cenar. Bebimos vino hecho por ellos y después de cenar nos tumbamos a mirar el cielo. Fue una noche preciosa, la mejor del año para ver estrellas fugaces. Aquella noche ví la estrella fugaz mas grande, hermosa y larga  que jamás ha existido. Ví cómo iluminaba todo el cielo justo en el momento en el que les contaba una historia de un tesoro morisco que mi abuelo había encontrado (inventado, claro).

Los días fueron pasando entre paseos en bicicleta, caminatas a la sierra, siestas de varias horas, cervezas frescas y tapeos varios.

A finales de agosto tenía ganas de cambiar de aires y me fui a Cabo de Gata, sin planes. Tuve suerte y encontré un hotelito pequeño a orillas del mar. Si nunca has ido por allí, te recomiendo que vayas pronto, antes de que lo descubra más gente. Es un lugar casi virgen con unos contrastes increíbles y unas playas preciosas. Justo el primer día conocí a un argentino simpático que me sirvió de guía y del que no me separé en los cuatro días que estuve allí. A todos los argentinos parece que les gusta el psicoanálisis. Se llamaba Leo y le acababa de dejar su novio. A pesar de todo no estaba triste. Decía que todo sucede por algo, y que no hay que darle vueltas a nada. Me contó una anécdota muy graciosa de una vez que se emborrachó y llegó a casa tambaleándose. Su madre se despertó y le dijo que prefería un hijo maricón a un borracho como él. Entonces le contestó: mami, tenés las dos cosas.

Su conclusión con respecto a mí el día que nos despedimos fue: Tienes que creer más en ti misma Micaela, y entonces creerán los demás. Y quiérete mucho, dijo.

 

Silencio

                                                                                                                   

Algo esperaba, pero los días iban pasando y nada sucedía. Todo seguía igual. ¿qué esperaba? Nada concreto, tal vez una señal que me indicara el camino. Pero...¿qué camino? ¿el camino de la desesperación?
Hay tantas cosas que no te he dicho y que me hubiera gustado decirte...

¿Borrachera?

Aquella noche bebí, lo necesitaba. Mi amiga "bolas chinas" y yo nos tiramos a la piscina. Quisimos una noche loca y ¿la tuvimos?.
Mi amiga "bolas chinas" es una vampiresa. Ella sabe tratar a los hombres. Los hombres se vuelven locos con ella. Me está enseñando, no sé si quiero aprender, no sé si me gustará.
Nunca bebo, el alcohol no me gusta, perdón, no me gustaba, aquella noche me gustó.
Hacía frio, era una típica noche de finales de agosto, con tormenta incluida. Nos bebimos una botella de vino entre las dos. Nos jugamos a cara o cruz quien iba a conducir, gané yo. En el juego suelo tener suerte, a veces hago trampas, pero nadie lo nota.
¿Donde vamos? yo que sé, la dejo decidir, a mi la verdad es que me da igual, solo quiero música, empujones y movimiento, tengo ganas de reír, ¿será el vino?. Creo que se me nota en la cara que tengo ganas de amor, me miro al espejo y solo veo unos ojillos achispados.
Ya estamos bailando, la música está muy alta, hace calor, hay demasiada gente, volvemos a beber, intentan ligar con nosotras, mi amiga ríe, habla, arrima su cuerpo al de él, yo miro, sonrío, me dejo llevar. Bailamos hasta agotarnos. Decidimos irnos,  van a cerrar. Salimos a la calle, brisa marina, olor a sal.
Nos vamos, suena un móvil, es el de mi amiga, no sé con quien habla, ni que dice, me da igual. -Te cuento- me dice, y sonríe, enseña los dientes de vampiresa , me mira con cara de complicidad: - Has ligado -  dice, y yo me sorprendo, me miro en el espejo retrovisor y pienso: ¿se me notará mucho la soledad?. Ella sigue hablando: - si, tía, que le molas al amigo del indio (el indio es el ligue de mi amiga, casi dos metros pelo largo y negro), que quieren ir a comer un franfurt, que nos invitan a tomar algo ¿vamos? No lo pienso, ¿el de la camisa negra? pregunto, si, si ese. Vamos.
No está mal el de la camisa negra, sube mi autoestima unos cuantos puntos, está como un queso. Te va a costar pienso, no creas que soy una chica fácil, ¿o si? ¿Me apeteces realmente? no, no me apeteces, me apetece otro, pero ese otro no está, ni estará, se fue, desapareció sin avisar. Yo aún sigo esperando aunque sé que lo perdí hace tiempo. Siento una pequeña punzada en el costado, es dolor por su ausencia. El de la camisa negra se acerca peligrosamente, está tan cerca que puedo intuir sus pensamientos, ¿notará él los míos?
Me besa los labios, no siento nada, me acaricia la espalda y yo pienso en otro. Tengo que hacer un gran esfuerzo para mantenerme a su lado. Me apetece correr, buscarte a ti, besarte a ti, amarte a ti, y tú no estás, está él. Me pide el teléfono, le digo que ya se lo daré, me hago la dormida y noto como me mira. Me siento sucia. Espero a que se vaya y me doy una ducha. Mi amiga bolas chinas está contenta, me cuenta que el de la camisa negra se ha colado por mi, que le ha pedido mi teléfono, que parecía un niño con zapatos nuevos. Yo solo tengo ganas de llorar.

ODIO

 

Odio a algunas personas y no sé bien por qué.  Es verlas y sentir el estómago estallar. Siento como mi cuerpo entra en calor, me arden las mejillas, miro con aversión, respiro con irregularidad. Reprimo los deseos de asesinar a esa compañera odiosa, a ese señor que pasa por mi lado y me roza algo más de lo estrictamente necesario, a esa mujer que no me deja salir del metro, que me empuja hacia dentro del vagón cuando yo quiero salir, a ese hombre sudoroso que justo a mi lado mastica un donut  con la boca abierta y me enseña hasta las amígdalas. Afortunadamente es sólo un instante.  Pero, que miedo me doy a veces.

ViDAS AJENAS. Día 2 de 7

 

A medianoche despierto desorientada, me noto desnuda y no sé bien donde estoy. Por un momento creo que estoy en Roma. A veces de tanto contar una mentira, te la acabas creyendo. Todo está oscuro, miro sin ver y no distingo ni una gota de claridad. Pienso en la muerte, en la ausencia de vida, en que morir debe ser muy similar a esta lúgubre oscuridad, a este silencio sepulcral. Pasan por mi mente los fallecidos que he visto en los últimos días. Recuerdo aquel anciano, su tez pálida, casi transparente, ojos ausentes, vidriosos, preparándose para el viaje sin retorno. Observo el preciso momento en que deja de respirar, es un ronquido suave, después nada, sólo el vacío, la huida.  Después vinieron a buscarlo, lo metieron en un plástico y se lo llevaron al depósito. Me apremian para que limpie la habitación, todavía la cama caliente. He limpiado ya tantas habitaciones en el hospital donde acaba de morir alguien que ya no siento pena, ni tristeza, ni miedo, nada. A todo te acostumbras, incluso a convivir con la muerte.

Creo que voy a encender alguna luz. Es imposible que nadie desde la calle pueda verme. ¿Por qué no me habré ido a Roma? ¿Por qué se me ha ocurrido venirme al piso de Antonio? En momentos como este creo que me estoy volviendo loca, que tengo comportamientos irracionales, difíciles de explicar. Decisiones inverosímiles, absurdas. Debería plantearme seriamente consultar con un psiquiatra.

Camino descalza por la casa, me gusta, da sensación de libertad. Me detengo en la puerta del estudio, apoyo la cabeza en el quicio de la puerta y dejo que pasen los minutos, no sé bien cuanto tiempo pasa, ni en qué pienso, mi mente descansa.

El estudio de Antonio es acogedor: frente a la ventana hay una mesa con el ordenador, la pared de la derecha está forrada con una estantería hasta el techo, todos los huecos ocupados por libros, en la pared de la izquierda más estanterías con libros, pero sólo hasta media pared, por encima,  colgados,  dos cuadros, uno con el famoso retrato de la muchacha afgana,  

Dios mío, me digo, que ojos, son de un verde tan intenso que parecen traspasarte, pero no te miran a ti, miran al interior de tu alma. Recuerdo que hace poco leí por algún sitio que la estuvieron buscando, a la chica de la fotografía, y encontraron los mismos ojos, pero ya no eran iguales, veinte años después la cámara ya no captó la expresión de aquellos ojos inocentes y llenos de luz. Lo que si captó fue el deterioro de una vida llena de penalidades. El otro cuadro es una reproducción de Martin Johnson Heade,

donde en primer plano hay una orquídea de un color rosa intenso, que  parece pintada en tres dimensiones, y un colibrí que la mira embelesado, el conjunto del cuadro te hace pensar en un atardecer melancólico y lleno de sensualidad. Hay un sillón de cuero negro, con ruedas y respaldo alto al lado de la mesa. Me siento, y me doy cuenta que también es giratorio. Doy unas cuantas vueltas por la habitación que gira ante mis ojos cada vez más rápido. Cuando me canso de dar vueltas dejo que la fuerza de la gravedad me pare. Me siento un poco mareada. Lo miro todo, mis ojos pasean de un lado a otro y se posan en el ordenador.  Me veo reflejada en la  negra pantalla. Alargo la mano y lo enciendo.  Siento un ligero pinchazo en la conciencia, como si estuviera profanando una vida ajena. No pasa nada, me digo, a nadie le importa. Antonio está muerto, no va a venir a pedirme explicaciones. El ordenador me pide la contraseña, elijo una palabra al azar: superman, contraseña no válida, Antonio, contraseña no válida, vuelve a escupirme el ordenador. Busco la fecha de nacimiento de Antonio, su DNI, y tampoco. Que tontería, nunca voy a averiguar la palabra correcta, ¿Qué coño habrás escrito aquí? Escribo mi nombre: Micaela y le doy al enter. ¡Dios mío! ¡La contraseña correcta es mi nombre! No me lo puedo creer. ¿Por qué habrá elegido precisamente esta contraseña?

Ante mi aparece una playa caribeña de arena blanca y un montón de carpetas para abrir.

Fin del dia 2

Día 1

SOY UNA OCUPA (Con K) Día 1 de 7

 

Me voy una semana de vacaciones a Roma, o eso he dicho. Se lo he contado a todo el mundo, a mi madre, a mis vecinos, a mis compañeras de trabajo y a quien me ha querido escuchar. No he comprado billete de avión, no he reservado alojamiento en ningún hotel. Roma no me espera. Les he mentido a todos, y lo más curioso es que  me creen, claro que por qué no iban a creerme.

Llega el momento de irme. Mi madre sale a despedirme a la puerta, me recomienda que sea cuidadosa, que una mujer viajando sola debe extremar las precauciones que no vaya a lugares peligrosos o solitarios.  Llega el ascensor y me abraza, me besa y me dice por enésima vez: - ten cuidado, mucho cuidado, hija.- Toco el botón de la planta baja y escucho como mi madre cierra la puerta de casa. Al llegar a la portería tengo suerte, no hay nadie. No salgo del ascensor, pico al tercero, el ascensor sube. Meto la mano en el bolsillo del abrigo y  saco la llave del piso de Antonio. No me ha visto nadie. Abro la puerta con sigilo, me quito los zapatos y sostengo la maleta en peso para no hacer ruido. Ya he llegado a Roma, me digo. Hace meses que quiero estar sola, que me apetece no ver a nadie. El piso de Antonio sigue libre, nadie se ha instalado en el. Está todo igual que el día que murió. Un buen día se me ocurrió la idea, se me instaló en el cerebro y ya no pude deshacerme de ella.

Miro a mi alrededor y los recuerdos aparecen como si no hubiera pasado el tiempo. Me siento en el sofá, más que sentarme me tiro encima. Que sola estoy, pienso. Pasa una hora, tal vez dos, que importa el tiempo si nadie me espera. Me viene a la cabeza la canción de Sabina:  

.... Yo me dije cuidado chaval, te estás enamorando,  luego todo pasó de repente, tu dedo en mi espalda...

 ... y nos dieron las diez,  y las once,  las doce y la una y las dos y las tres y desnudos al anochecer nos encontró la luna...

...Nos dijimos adiós, ojalá que volvamos a vernos...

... y nos dieron las diez,  y las once,  las doce y la una y las dos y las tres y desnudos al anochecer nos encontró la luna...

Ya estás sola me digo, ¿no querías soledad?

...Y nos dieron las diez, y las once...

Me quedo dormida tarareando la canción. Tal vez por ese punto canalla que les presupongo a los dos, Sabina me recuerda a Antonio

Todas las persianas de la casa están bajadas. Abro la maleta y saco un rollo de bolsas de basura negras y cinta adhesiva. Precinto algunas ventanas para poder encender la luz sin que se vea desde la calle. No quiero que algún vecino que sabe que el piso está desocupado llame a la policía o se presente aquí. Estoy convencida que en este barrio nadie va a notar nada, pero no está de más tomar precauciones. Saco de la maleta la comida que he preparado para una semana. Me preparo algo de comer. Voy al baño, me lavo los dientes y preparo la bañera. Cierro los ojos y vuelvo a ver el cadáver de Antonio tal y como lo vi aquel día. Abro los ojos y ya no está. Alejo esos pensamientos de mi cerebro. Me desnudo y me meto en la bañera llena de espuma con olor a lavanda. Estoy tan a gusto..., que silencio, que maravilla de baño. Cuando los dedos de las manos se me empiezan a arrugar salgo de la bañera y me envuelvo en una toalla. Me miro al espejo y no me reconozco, pero soy yo, la misma de siempre. Me seco despacio, sin prisas, saboreando mi aislamiento, saboreando el momento. Me paseo por la casa, desnuda en mi soledad.

Me meto en la cama, es inmensa, como todo en esta casa.

Me lo creí, creí que al fin tenía un espacio, un lugar en el mundo que te hace sentir bien sola. Me dormí pensando en ello.

A medianoche despierto desorientada....

Fin del día 1

Tal vez...

Tal vez algún día vayamos a esos lugares donde nunca fuimos, tal vez algún día nos conozcamos, tal vez hoy sea el principio de una nueva vida, y exista el amor, y te enamores de mi, y quieras conocerme, por dentro y por fuera, y me encuentres hermosa, aunque no lo sea. Y quieras pasear conmigo, de la mano, escuchando el latido de mis pasos, y cuando llegue la noche nos abracemos y el sueño nos encuentre entrelazados.

Tal vez no existes, o tal vez no existo yo.

Lectura y televisión

Leo un libro tumbada en el sofá. Estoy enfrascada en él. El mundo no existe, sólo las letras que se suceden, ordenadas, una detrás de otra, bien conjugadas, dando sentido al relato. Alguien me toca un pie y doy un respingo asustada: es mi madre.

-¿Ya estás leyendo otra vez? No entiendo como te puede gustar tanto leer, si, al fin y al cabo todo es mentira. Todo lo que dicen los libros esos que te compras son mentiras, invenciones, cuentos… bobadas.

La miro un momento y no sé que contestarle. Tampoco espera que le responda. Se sienta en el sillón y pone la tele. Es un programa de cotilleos. Vuelvo a mi libro. De vez en cuando ella comenta algo de la tele y yo, educadamente, dejo el libro, la escucho, y vuelvo de nuevo a leer. Así pasa la tarde.

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