Llueve sobre Barcelona, una lluvia fina, monótona, como una cortina transparente, las nubes grises cubren el cielo. Veo resbalar el agua sobre los edificios, húmedos de varios días lluviosos. Parece como si el cielo llorase, o a lo mejor soy yo la que tengo ganas de llorar. Salgo a la calle. Me gustan los días fríos. Llevo un paraguas en el bolso, pero no lo abro. Dejo que el agua moje mi cara y paseo despacio, camino lentamente, sin rumbo, dejando que el azar decida por mi. Gente anónima se cruza en mi camino. Un niño se escapa de la mano de su madre, echa a correr, choca conmigo. La madre se disculpa. Yo sonrío y mi sonrisa significa: no tiene importancia. La madre lo entiende y también sonríe.
Huele a café, café de Colombia, de Ecuador, de Brasil, que más da, de algún lugar lejano. Aroma de buen café. La cafetería está llena. Apetece una taza caliente con este tiempo, apetece olor a café, apetece sabor a café. Me siento en una mesa pequeña, sacudo mis pensamientos, quiero disfrutar del ambiente. Miro alrededor, veo bullicio, veo personas, veo....al comisario. Está sentado en la barra. De repente mueve la cabeza hacia donde estoy y me ve. Se acerca despacio. Tengo la sensación que el mundo va a cámara lenta. Siento como si el instante no fuese real, como si viera una película donde yo soy una simple espectadora. Tarda un siglo en llegar a mi mesa.
-Hola Micaela, ¿qué haces aquí sola?- me pregunta con una sonrisa en la cara.
Siento como si hubiera violado mi intimidad. Quiero estar sola. No pregunta si puede sentarse, simplemente toma una silla y se sienta a mi lado.
-Lo mismo que usted, tomar café, contesto usando deliberadamente la palabra usted. Quiero poner distancia entre el y yo.
-Vamos Micaela, háblame de tu, por favor. Llámame Jordi, ese es mi nombre.
Le contesto que si, que de acuerdo, que le llamaré por su nombre y me quedo callada, mirando mi taza humeante de café exótico. Noto que me mira y que busca algo que decir, pero yo no le facilito el diálogo. Me mantengo en un mutismo absoluto.
Pasan los minutos. Los dos callados. Y yo, me siento tan sola, como si en mi mesa no hubiera nadie.
-Micaela, ¿tienes planes para esta noche? ¿quieres cenar conmigo?
Lo miro y veo en sus ojos la misma aflicción que en los míos. Noto su tristeza y sus ganas de amar y me veo reflejada. Siento pena por el, por mi, por la soledad, por el desamor, por la melancolía, por la nostalgia, por tantas cosas...
¿Por qué no? pienso. Le contesto que si, que bueno, que cenaré con él.
- Menudo día hemos elegido para nuestra primera cita, me mira agradecido, como si cenar con él fuera un premio que le concedo, hoy es viernes trece, ¿no serás supersticiosa?
-No lo soy, en absoluto, pero si tu eres, supersticioso, podemos dejarlo para otro día, coqueteo.
-Ni hablar, si fuera martes y trece tal vez, pero viernes trece es una superstición anglosajona,- bromea. Déjame que piense donde te puedo llevar.
Mira al techo y pone cara de pensar. Durante unos segundos parece que está meditando. Me mira y dice que ya sabe el lugar donde vamos a ir, pero que no me lo dice, que será una sorpresa. Reímos los dos.
De la misma manera que llueve sin prisa, la tarde pasa lentamente. Entre dos, la soledad se comparte mejor.
Ahora caminamos por la ciudad lluviosa, acompasando nuestras pisadas.
El Paseo de Gracia aparece de repente, señorial, modernista, gaudiniano. Por un momento me siento feliz. No hay una ciudad en el mundo que me guste más que Barcelona (tampoco conozco muchas). Jordi me toma del brazo y me hace girar a la izquierda.
-Ya estamos cerca, dice.
Ya hemos llegado. Se detiene delante de un restaurante tailandés. Me siento cohibida. Parece un restaurante caro. Me miro la ropa que llevo y me siento como una pordiosera. Jordi parece leerme el pensamiento y me dice al ´oído: estás preciosa. Veo en su mirada que de verdad lo piensa. Me relajo y dejo de preocuparme por tonterías. Esta noche quiero disfrutar.
Por la claraboya del restaurante se ve la lluvia caer. Dejo que él pida por mi y observo las mesas de alrededor. En la mesa de al lado, tres mujeres y un hombre, a la izquierda una pareja, creo que son amantes, al lado de la ventana otra pareja. Todo es armonía. La música es suave y la decoración preciosa. La comida es fantástica. No sé exactamente que es lo que estoy comiendo, pero está buenísimo. El vino va desapareciendo lentamente de la botella. Me cuenta por qué es policía y que le gusta investigar. Que los casos son como un puzle. Que las piezas van encajando poco a poco y que cuando la última pieza encaja se siente feliz como cuando era niño. Es cómodo estar con él. Habla y cuenta cosas. Y no pregunta. A mi me resulta difícil hablar sobre mi. Prefiero escuchar. No se me ocurre nada interesante. Mi vida es demasiado normal. Y yo me siento vulgar. Por eso siempre escucho y hablo poco.
Me noto alegre. Debe ser el vino. Hace calor. Al salir a la calle sigue lloviendo. Nos da la risa tonta. Paseamos bajo la lluvia.. Me toma por la cintura y no lo rechazo. Me atrae hacia el y me da un beso suave en los labios, casi una caricia. Me abraza y me besa la cabeza.
- Te llevo a casa, dice. Pero yo no quiero estar sola esta noche, y me abrazo a el.