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La Coctelera

Categoría: el presente

Mi madre

Ayer, cuando llegué a casa, encontré a mi madre dormida en el sofá. La televisión estaba encendida. Tenía un un sueño tan profundo que no se despertó con mi llegada. Me senté frente a ella y la observé durante un buen rato. Dormía de costado, con un brazo debajo de su cara y el otro estirado. Su respiración era tranquila y acompasada. De golpe, sin saber por qué, me di cuenta de lo envejecida que estaba. A veces estás viendo a alguien cada dia y no te das cuenta de que los años están pasando. Y un instante después la miras y eres consciente de que el tiempo no se ha detenido, que está presente, siempre inexorable, siempre cobrando su deuda. Mi madre que ayer me parecía sin edad, hoy me parece que ha cumplido veinte años más de golpe. Miro su frente y noto las arrugas que la surcan. Me detengo en su boca y me parece distinta, mas fina, menos suave. Siento un pequeño pinchazo en el estómago, siento la fragilidad de mi madre y siento pena por la vida que se acaba. Siento miedo, no quiero perderla. Ella sigue durmiendo, placidamente. Me gustaría protegerla de todos los males del mundo. Me gustaría darle alegrias. Me gustaría abrazarla, pero no lo hago.

Se despierta y al abrir los ojos me encuentra sentada frente a ella, mirándola.

- ¿que haces?- me dice. No sé que contestarle. No hago nada, solo miraba como dormias- contesto.

Ella parece no entender. Me mira con ojos interrogantes y me dice que ultimamente estoy muy rara.

Se despereza. Se levanta y me ofrece un café.

- Ya lo hago yo. No te muevas mamá. Traeré café para las dos.

Hace dos noches (II)

Al entrar en la cocina me pareció que una sombra se deslizaba arropada por la semioscuridad de la noche. Abrí el cajón de la mesa. Tanteé lo que parecía una caja de aspirinas, un sacacorchos, y por fin lo que buscaba, la linterna. La sostuve un rato en mis manos. Con mucha precaución, enfoqué el haz de luz hacia el suelo. Un guante de látex, descansaba en una esquina del suelo, testigo mudo de aquella fatídica noche en la que encontramos muerto a Antonio. Seguramente, algún policía lo tiró después de haberlo usado para inspeccionar algo.

Con muchas precauciones, con la linterna siempre enfocando al suelo y con el corazón desbocado, salí de la cocina. Me dirigí al dormitorio. La cama me pareció mas grande que nunca. Me senté en una esquina y apagué la linterna. De mi frente resbalaban gotas de sudor. Levanté la cabeza y miré el espejo. Encendí la linterna y vi, reflejada, una cara que casi ni reconocí. ¿Era yo aquella mujer que me miraba asustada desde el otro lado del espejo?. Empecé a fantasear, aquella mujer que se asomaba al espejo y me miraba desde el otro lado era otra persona, no era yo. Aquella era su casa, y yo, una intrusa revolviendo en su vida. La cabeza me daba vueltas. Me levanté. Quería huir de aquel espejo. Entré en la habitación que hacía las funciones de despacho. Montones de libros se apilaban en el suelo, las estanterías estaban repletas. Paseé la linterna por la habitación. Me detuve en una esquina donde Antonio había clasificado los libros de viajes: Roma, Estambul, Atenas, Estocolmo, Moscú... París. Algo no cuadraba. Entre los libros de ciudades cosmopolitas algo llamaba la atención: un libro de cuentos de Benedetti. Tomé el libro en mis manos, lo hojeé. El libro contenía una dedicatoria:

Para Micaela, con cariño.

Fíjate en la posición y relaciona con el color azul.

Antonio

¿Que me fije en la posición? ¿de que habla este tío? Posición, posición....posición ¿a qué se refiere?

Vamos a ver Micaela, concéntrate, me digo.

Vuelvo a poner el libro donde estaba. Me alejo un poco y contemplo la estantería en la distancia: A un lado París, en medio el libro de cuentos y al otro lado Barcelona. Benedetti entre dos ciudades europeas. ¿ que significa? Ni idea.

De repente me quiero ir. No tengo ganas de pensar. Cojo los tres libros y me voy.

Me voy a la relativa tranquilidad de mi casa.

Hace dos noches (I)

A veces se hacen locuras sin pensar, simplemente las haces, y es después cuando ya no tienen remedio, cuando te das cuenta de lo que has hecho. Hace unos días entré en casa de Antonio. Ahora lo pienso fríamente y creo que las consecuencias de ese acto inconsciente podían haberse puesto en mi contra. Cada vez que pienso en ello siento escalofríos.

Hace dos noches me quedé dormida en el sofá. Mi madre hacía rato que se había tonado una pastilla y dormía en su habitación. Matías ha encontrado un trabajo de vigilante nocturno y duerme de día. Casi no nos vemos. Ahora la dueña del mando a distancia de la televisión soy yo. Ya no veo partidos de fútbol ni carreras de coches. Se acabaron. De vez en cuando a mi madre le da por ver algún programa de esos que a ella le gustan, pero siempre se acuesta antes de que acaben, la pastilla le da sueño. Me quedo sola, mando y sofá para mi. Cambio de cadena, veo los programas que me apetece ver y me quedo dormida sin que nadie me moleste.

Hace dos noches me desperté sobresaltada. Debía estar soñando algo, aunque no recuerdo qué. Recuerdo que sentía vacío en el estómago. No era dolor, era otra cosa. Era como si notara que me faltaba algo. Tenía a la vez una sensación grande de hastío, de vacío interior, de disgusto, de apatía, de melancolía...

Me levanté y fui a la cocina. Pensé que un vaso de leche me aliviaría, pero no, un vaso de leche no alivia el desencanto.

No intento justificarme. Simplemente cuento como estaba aquella noche. Necesitaba hacer algo. Si hubiera tenido valor habría salido a la calle a pasear, pero no lo tengo, soy miedosa, así es que me asomé a la ventana a mirar la calle. La calle estaba vacía y apenas iluminada. Pensé en Antonio y una idea se instaló en mi cerebro. Esa idea lo ocupaba todo: subir a casa de Antonio, subir a casa de Antonio, subir a casa de Antonio... Busqué la llave. Miré por la mirilla. No había nadie en el rellano ni se escuchaba ningún ruido. Miré el reloj. Eran casi las tres de la mañana. Con cuidado y sin hacer ruido abrí la puerta de mi casa. En unos segundos estaba frente a la puerta de Antonio. Tanteé la cerradura, introduje la llave y entré en la casa. Cerré la puerta y me quedé unos minutos allí, de pie, en la oscuridad, sin saber que demonios estaba haciendo. Cuando recobré la razón quise irme, pero no me moví. Mis ojos se iban acostumbrando a la oscuridad y empecé a reconocer los muebles, la mesa del comedor, las sillas, el sofá...Fui hacia el sillón y me senté. No puedo recordar el rato que estuve sentada en el sillón, sin saber que hacer, sin atreverme a encender ninguna luz y sin querer irme de aquella casa que me tenía hechizada. Recordé que en el cajón de la mesa de la cocina había una linterna. Me levanté y fui a buscarla.

Recordando

Algunas veces las apariencias engañan. Otras veces hay que fiarse del instinto. Difícil elección.

La primera vez que vi a Jordi parapetado detrás de aquella mesa, con el puro en la boca y esa media sonrisa del que parece que está de vuelta de todo, no imaginé que un tiempo después cenaría con él, pasearía con él y me metería en su cama. No, aquel hombre que conocí aquella tarde de lluvia, no era la misma persona que vi en la comisaría. Era distinto. Como si se hubiese transformado. Como si respondiendo a lo que yo deseaba, mi hada madrina hubiera moldeado un compañero a mi medida. Tal vez fue la necesidad lo que hizo que mi mente transformara aquella noche a Jordi en una persona ideal, o tal vez fue el vino. Da igual. Tengo un bonito recuerdo. Jordi besándome suavemente, Jordi acariciándome, Jordi amándome. Lo más curioso de todo es que no quería que acabara la noche, me gustaba estar abrazada, que me acariciara la cabeza, que me contara su vida, sus proyectos, compartir nuestros anhelos, nuestros miedos. Pero cuando la noche acabó y llegó el día, fue como si la magia también desapareciera y un vacío inmenso se instalara dentro de mi. Quise huir, quise despertar y que nada hubiese pasado.

Desde aquel día no he querido volver a verle. A veces no me entiendo ni yo. Me pregunto por qué no le doy una oportunidad al amor, o por qué el amor no me da una oportunidad a mi.

Cine con el señor X (segunda parte y final)

Hoy he pensado en el señor X, aquel hombre de Valencia que apareció un buen día de febrero, hace un par de meses y que me pidió un guión de cine sobre mi vida. Se presentó como un pequeño gran director con un par de películas filmadas, de aquellas de arte y ensayo, de aquellas para minorías. Tal como apareció, también desapareció. Me pidió que viajara a Valencia, quería conocerme, pero ¿qué pintaba yo en Valencia? ¿qué se me había perdido allí? Nada. Si estaba interesado en mi, era más lógico que viniera él. Ahora, cuando pienso en él, no se me ocurre que podía querer de mi. Sin duda, lo que pretendía no lo sabré nunca, pero ¿me importa?. No, no me interesa en absoluto. Adiós señor X. Que te vaya bien.

Un recuerdo olvidado

No quise que Jordi me acompañara a casa. No me gustan las despedidas. Bajé las escaleras, no esperé el ascensor y no miré hacia atrás aunque sabía que él estaba en la puerta mirando como me iba. Notaba sus ojos clavados en mi espalda. No me volví, para no verle, y para que él no viera como salían lágrimas de mis ojos. ¿ Por qué lloro? No tengo ni idea. Sólo sé que me alivian las lágrimas y las dejo caer libremente por mi cara. En la portería me cruzo con un vecino y para que no me vea llorar disimulo examinando los nombres de los buzones. Leo sin pensar, sólo por hacer algo hasta que el vecino salga y me quede sola. Un nombre llama mi atención, Enrique Cardona, escrito con letras góticas sobre una placa negra, igual de negra que la del resto de los vecinos. Y comienzo a recordar, tenía apenas trece años, estaba en el colegio. A Enrique lo conocí en unas vacaciones de verano. Mis padres nunca podían irse de vacaciones y nos mandaban de colonias para que pudiésemos disfrutas de unos días distintos. El era un año mayor que yo, y guapo, muy guapo, jugaba a baloncesto, era el capitán del equipo, y se enamoró de mi. Estuvimos los quince días que duraron las colonias bañándonos en la playa, jugando al escondite, haciendo castillos de arena, riendo, soñando. Cuando nos separamos prometimos escribirnos. Al principio nos escribíamos cada semana. Cada semana en mi buzón había una carta esperando. Yo dejaba las cartas como por descuido entre mis libretas, para que las niñas de mi clase pudieran verlas. Y las leían, y me envidiaban. Después las cartas ya no fueron semanales, se espaciaron, hasta que al final le escribí la última, la de la despedida. Ya no me divertía escribirle. Lo dejé. Lo dejé a pesar de las protestas de mis amigas que me decían que era un chico muy agradable, que tenía mucha suerte por haberlo encontrado. Por eso, me sobresaltó ver el nombre en el buzón. El nombre que yo había inventado para ese primer amor adolescente, para ese amor soñado que no existía mas que en mi imaginación. Para ese amor que era como yo quería porque las cartas las escribía yo y las contestaba yo.
La casualidad del nombre me hace sonreír y dejo de llorar.
Salgo a la calle y me sorprende el cambio de tiempo. Barcelona me guiña un ojo. Ni una nube. Sólo un sol espléndido, preludio de una primavera que ya llega. Camino despacio, dejando que el sol acaricie mi cara y seque mis lágrimas.
Ya no llueve

Descubriendo a Jordi ( no quiero estar sola ll)

-Te llevo a casa, dice Jordi,
Pero yo no quiero estar sola esta noche. Caminamos abrazados Paseo de Gracia abajo. Siempre me ha dado miedo pasear de noche por la ciudad. Esta noche no, esta noche no siento miedo, esta noche me siento acompañada. Cruzamos la Plaza de Catalunya, entonces, justo en medio de la plaza, se detiene, toma mi cara entre sus manos y vuelve a besarme suavemente. Siento un escalofrío que recorre mi espalda y rodeo su cuello con mis brazos. Andamos despacio, sin prisas, la noche es eterna, no tiene fin. Aparecen las Ramblas, pintorescas, únicas, coloristas, bulliciosas y siento algo parecido a la felicidad. Comienza de nuevo a llover y siento frío. Apoyo mi cabeza en su pecho y él me abraza con fuerza.
-Tienes frío, afirma.
Asiento con la cabeza. Intenta protegerme de la lluvia con su chaqueta. Para un taxi con un movimiento de la mano y abre la puerta para que entre dentro.
-¿Dónde vamos Micaela?, pregunta.
-A tu casa, contesto sin vacilar.
El taxista mira de reojo por el retrovisor, esperando a que alguno de los dos le demos una dirección para ponerse en camino.
Vive cerca, podíamos haber ido paseando, pero llueve demasiado y hace frío.
El ascensor es viejo, y hace ruidos raros, casi da miedo. Miro al hombre que tengo a mi lado y no reconozco al policía que vi por primera vez en aquel despacho, interrogándome sobre la muerte de Antonio. Parece alguien totalmente distinto. Me sorprende no verle fumar. Desde que nos encontramos en la cafetería no ha fumado, me pregunto por qué. Cuando sacamos a las personas de su contexto cambian. Incluso me parece educado y cortés. Fantaseo con la idea de que me he equivocado, que no es el comisario, que es un doble, tal vez su hermano gemelo. Ese pensamiento me hace sonreír.
-¿De que te ríes? pregunta.
Es difícil contestar de que me río ¿cómo le explico que estoy imaginando que no es él, que por un momento he tenido la sensación de que acababa de conocerle? Se lo explico. Me mira atentamente.
-Quizá si me acabas de conocer, susurra, puede ser que nunca me hayas visto como me ves en este momento, y esta tarde, esta noche, sea el principio de un descubrimiento mutuo. A mi también me pareces distinta hoy, como si acabaras de salvarte de un naufragio...no sé, no me hagas caso, soy un pobre policía solitario, con mucha imaginación.
Abre la puerta y no espero la casa que se muestra ante mis ojos. La encuentro bonita, acogedora, cómoda. Hay estanterías llenas de libros, en el recibidor, en el salón. Una habitación la tiene habilitada como despacho. En la pared reproducciones de Leonardo da Vinci, su autorretrato, la Gioconda, el hombre de Vitruvio.
-¿Te apetece tomar algo Micaela?
-No quiero mas alcohol, le digo.
-¿Un té? Va hacia la cocina para prepararlo sin esperar mi respuesta.
Desde la cocina me grita que tiene té de la clase que quiera, de fresa, de canela, de menta, de limón....Contesto que me da igual, que escoja él.
Mientras prepara el té aprovecho para curiosear. Voy hacia las estanterías y miro los libros. Tiene mucha novela negra. Y poesía. Eso si que no lo esperaba. A veces nos hacemos una idea de cómo es alguien, por su aspecto o por su forma de hablar, o por, vete a saber que motivos, y esa idea equivocada la mantenemos tanto tiempo, que luego cuesta mucho quitárnosla de la cabeza para sustituirla por la verdad.
Viene hacia mi con dos tazas de té. Pone música. Nos sentamos en el sofá. Me cuenta que le gusta vivir allí, que en esa casa está a gusto, que le hubiera gustado ser abogado, que está estudiando, que su trabajo le gusta, que te gusta investigar y unir piezas. Me cuenta que fuma puros sólo cuando trabaja.
-Es lo que espera la gente, un policía típico, y cumplo mi papel, así se confían. Me guiña un ojo.
Me acuerdo de la llave que me dio Antonio y me muerdo la lengua para no contárselo. Estoy a punto de explicarle lo del sobre azul pero me arrepiento y no digo nada. Es mi secreto.
-Quiero irme, digo de pronto.
Ni yo misma sé por qué lo digo. Me mira y asiente con la cabeza.
-Voy a por las llaves del coche, te llevo.
Nos levantamos los dos. Aguanto las ganas de llorar. De repente tengo ganas de abrazarle. Como si me leyera el pensamiento me acaricia el pelo. Nos abrazamos. Nos besamos y me pregunta si quiero quedarme. Asiento con la cabeza.

Un paseo bajo la lluvia (no quiero estar sola I)

Llueve sobre Barcelona, una lluvia fina, monótona, como una cortina transparente, las nubes grises cubren el cielo. Veo resbalar el agua sobre los edificios, húmedos de varios días lluviosos. Parece como si el cielo llorase, o a lo mejor soy yo la que tengo ganas de llorar. Salgo a la calle. Me gustan los días fríos. Llevo un paraguas en el bolso, pero no lo abro. Dejo que el agua moje mi cara y paseo despacio, camino lentamente, sin rumbo, dejando que el azar decida por mi. Gente anónima se cruza en mi camino. Un niño se escapa de la mano de su madre, echa a correr, choca conmigo. La madre se disculpa. Yo sonrío y mi sonrisa significa: no tiene importancia. La madre lo entiende y también sonríe.
Huele a café, café de Colombia, de Ecuador, de Brasil, que más da, de algún lugar lejano. Aroma de buen café. La cafetería está llena. Apetece una taza caliente con este tiempo, apetece olor a café, apetece sabor a café. Me siento en una mesa pequeña, sacudo mis pensamientos, quiero disfrutar del ambiente. Miro alrededor, veo bullicio, veo personas, veo....al comisario. Está sentado en la barra. De repente mueve la cabeza hacia donde estoy y me ve. Se acerca despacio. Tengo la sensación que el mundo va a cámara lenta. Siento como si el instante no fuese real, como si viera una película donde yo soy una simple espectadora. Tarda un siglo en llegar a mi mesa.
-Hola Micaela, ¿qué haces aquí sola?- me pregunta con una sonrisa en la cara.
Siento como si hubiera violado mi intimidad. Quiero estar sola. No pregunta si puede sentarse, simplemente toma una silla y se sienta a mi lado.
-Lo mismo que usted, tomar café, contesto usando deliberadamente la palabra usted. Quiero poner distancia entre el y yo.
-Vamos Micaela, háblame de tu, por favor. Llámame Jordi, ese es mi nombre.
Le contesto que si, que de acuerdo, que le llamaré por su nombre y me quedo callada, mirando mi taza humeante de café exótico. Noto que me mira y que busca algo que decir, pero yo no le facilito el diálogo. Me mantengo en un mutismo absoluto.
Pasan los minutos. Los dos callados. Y yo, me siento tan sola, como si en mi mesa no hubiera nadie.
-Micaela, ¿tienes planes para esta noche? ¿quieres cenar conmigo?
Lo miro y veo en sus ojos la misma aflicción que en los míos. Noto su tristeza y sus ganas de amar y me veo reflejada. Siento pena por el, por mi, por la soledad, por el desamor, por la melancolía, por la nostalgia, por tantas cosas...
¿Por qué no? pienso. Le contesto que si, que bueno, que cenaré con él.
- Menudo día hemos elegido para nuestra primera cita, me mira agradecido, como si cenar con él fuera un premio que le concedo, hoy es viernes trece, ¿no serás supersticiosa?
-No lo soy, en absoluto, pero si tu eres, supersticioso, podemos dejarlo para otro día, coqueteo.
-Ni hablar, si fuera martes y trece tal vez, pero viernes trece es una superstición anglosajona,- bromea. Déjame que piense donde te puedo llevar.
Mira al techo y pone cara de pensar. Durante unos segundos parece que está meditando. Me mira y dice que ya sabe el lugar donde vamos a ir, pero que no me lo dice, que será una sorpresa. Reímos los dos.
De la misma manera que llueve sin prisa, la tarde pasa lentamente. Entre dos, la soledad se comparte mejor.
Ahora caminamos por la ciudad lluviosa, acompasando nuestras pisadas.
El Paseo de Gracia aparece de repente, señorial, modernista, gaudiniano. Por un momento me siento feliz. No hay una ciudad en el mundo que me guste más que Barcelona (tampoco conozco muchas). Jordi me toma del brazo y me hace girar a la izquierda.
-Ya estamos cerca, dice.
Ya hemos llegado. Se detiene delante de un restaurante tailandés. Me siento cohibida. Parece un restaurante caro. Me miro la ropa que llevo y me siento como una pordiosera. Jordi parece leerme el pensamiento y me dice al ´oído: estás preciosa. Veo en su mirada que de verdad lo piensa. Me relajo y dejo de preocuparme por tonterías. Esta noche quiero disfrutar.
Por la claraboya del restaurante se ve la lluvia caer. Dejo que él pida por mi y observo las mesas de alrededor. En la mesa de al lado, tres mujeres y un hombre, a la izquierda una pareja, creo que son amantes, al lado de la ventana otra pareja. Todo es armonía. La música es suave y la decoración preciosa. La comida es fantástica. No sé exactamente que es lo que estoy comiendo, pero está buenísimo. El vino va desapareciendo lentamente de la botella. Me cuenta por qué es policía y que le gusta investigar. Que los casos son como un puzle. Que las piezas van encajando poco a poco y que cuando la última pieza encaja se siente feliz como cuando era niño. Es cómodo estar con él. Habla y cuenta cosas. Y no pregunta. A mi me resulta difícil hablar sobre mi. Prefiero escuchar. No se me ocurre nada interesante. Mi vida es demasiado normal. Y yo me siento vulgar. Por eso siempre escucho y hablo poco.
Me noto alegre. Debe ser el vino. Hace calor. Al salir a la calle sigue lloviendo. Nos da la risa tonta. Paseamos bajo la lluvia.. Me toma por la cintura y no lo rechazo. Me atrae hacia el y me da un beso suave en los labios, casi una caricia. Me abraza y me besa la cabeza.
- Te llevo a casa, dice. Pero yo no quiero estar sola esta noche, y me abrazo a el.

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