Me tocó el peor nombre. Perdón. Me llamo Micaela y soy la mediana de cinco hermanos, o sea la tercera, siempre en medio, como el jueves. Nací en un pueblecito de Badajoz, que casi ni recuerdo. Cuando yo era pequeña mis padres decidieron emigrar y vinieron a Barcelona en busca de una oportunidad mejor para ellos y para sus tres hijos. A mi nadie me preguntó si quería mudarme de ciudad, como tampoco me preguntaron si me gustaba el nombre con el que me habían bautizado: Micaela. Como odio ese puto nombre. Era el nombre de mi madrina. Joder, podía haber tenido un nombre mas bonito. Pues no, Micaela. Para mi hermana mayor eligieron el nombre de Paula, así se llamaba mi abuela materna. Y a mi hermano le pusieron Marcos, como el abuelo, claro que él se hace llamar Marc, que queda mas chic.
Tengo treinta y ocho años y pocos estudios. Cuando tenía que estudiar no lo hice. Desaproveché el tiempo buscando una quimera y ahora pago las consecuencias.
Vivo en una puñetera gran ciudad, llena de oportunidades para unos pocos privilegiados. No tengo un trabajo estable, ni un piso en propiedad. Voy a cumplir cuarenta años y todavía vivo con mi madre. Me gano la vida limpiando escaleras y pisos de gente importante y siempre estoy de mala leche.

Mis dos hermanos mayores, Paulica y Marcos, siempre tuvieron muchos sueños de grandeza y vieron clara que la única manera de salir del barrio era haciendo dinero. Desde que vinimos del pueblo hemos vivido en el mismo barrio. Mis padres le compraron una barraca al tío Lorenzo. Con el tiempo nos echaron de allí y nos metieron en un piso de protección oficial, de esos que por los años sesenta proliferaban como hongos en la periferia de Barcelona y que la rodean como si fuese un anillo, y no hablo de ningún anillo olímpico. Recuerdo que cuando nos dieron el piso mis hermanos y yo estábamos muy contentos. Tendríamos ascensor. Aquello era tan excitante. Ahora después de treinta años de vivir en el mismo piso estoy hasta los cojones.
Continuará...