Marcos era el único niño y el ojito derecho de mi madre. En aquella época la tele era en blanco y negro, (para el que tuviera la suerte de tener una) y no teníamos ni video, ni DVD, ni teléfonos móviles, y de ordenadores nadie había oído hablar. Ser familia numerosa era una bendición de Dios. Y a nosotros nos bendijo con dos miembros mas. Mi hermano dejó de ser el único varón y yo dejé de ser la pequeña. El nombre de los gemelos lo escogió mi madre. A mi padre le daba igual. Eso es cosa de mujeres, dijo, yo con poner la semillita ya he hecho bastante. Y se desentendió del asunto. Se llamarán Matías y Salvador dijo mi madre. Y así los llamamos.
Desde que los gemelos nacieron Marcos cambió su carácter. Se pasaba el día en el cuarto, leyendo cualquier cosa que cayera en sus manos. Yo creo que estaba celoso y se encerró en sí mismo. No hay mal que por bien no venga. Se volvió un empollón para agradar a mi madre. Sacaba las mejores notas de la clase y cuando se las enseñaba a mi madre, ella se limitaba a darle un beso en la cabeza y decirle: llegarás lejos Marquitos. Y llegó lejos. Estudió medicina, ( con becas) y ahora es el jefe de servicio de un hospital de primer nivel, pionero en investigación, pionero en trasplantes y pionero en yo no sé cuantas cosas mas. Estoy hasta las narices de escuchar a mi madre contar a las vecinas todas esas tonterías. Y la pobre no sabe ni lo que significa la palabra pionero.
Continuará...