Cuando suena el despertador por las mañanas, siento un odio especial por la vida absurda que me ha tocado vivir. Escucho el sonido de la alarma y no consigo identificar que clase de ruido perturba mi sueño. Aún dormida, intento acordarme de donde mierda puse el reloj. Quiero que deje de sonar. No soporto ese ruido. Cuando se rompa el despertador compraré uno de esos que tienen radio. Así me despertaré con música y a lo mejor con algo menos de mala leche. Con la de golpes que le doy al reloj y el muy cabrón parece que tiene siete vidas como los gatos. Cada día es igual. Me levanto antes de que salga el sol. Total, para cobrar un sueldo que no me permite ningún exceso. Por no tener, no tengo ni para pipas.
Salgo de casa muy temprano. En invierno, cuando paso por el descampado, yendo hacia el metro, siento un poco de miedo y acelero el paso. Hace un año, violaron a una chica. Dicen los gemelos que no debía ser nadie del barrio, que los delincuentes, en su propio barrio no roban. Y yo digo: robar es una cosa y violar es otra. Hay que ser muy hijo de puta para forzar a alguien, y no me sirve eso que dicen ahora, que son enfermos. Y una mierda, enfermos. Lo que son no lo digo, me lo callo, ya está bien de palabrotas. El caso es que cuando pasó aquello, cada mañana cuando salía a la calle llevaba en el bolsillo un frasco de laca. Si a alguien se le hubiese ocurrido acercarse a mi, aunque sólo fuese para pedirme la hora, desde luego no se hubiese librado de un gran fogonazo en los ojos. Dice Matías que dejas a tu atacante ciego durante un rato. Tocar el frío frasco de laca, notarlo en el bolsillo me tranquilizaba y a la vez me hacía acelerar en paso. Era un constante recuerdo de lo que en aquel descampado había ocurrido.
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11 mar 2007 | 04:03 PM
Si que en Barcelona hay sitios que te causan terror, espero no te suceda nada nunca, ni a ti ni a nadie...
Saludos
Antonio Alviárez