La vieja de arriba, la que vive encima de mi, murió una noche de verano. La encontraron varios días después. Fue el olor lo que nos alertó. Tuvimos que llamar a los bomberos, que se presentaron varias horas después cuando ya nadie los esperaba y Miguelón, el hijo de la María, la del tercero, había sacado un martillo para echar la puerta abajo. Murió sola. Todos pensábamos que no tenía familia y hacíamos apuestas para ver quien se quedaba con el piso. Mi candidato era el ayuntamiento y el de mi madre el banco. Las dos nos equivocamos. Apareció un pariente. Llegó, sacó los cuatro muebles apolillados que tenía la pobre vieja e hizo obras. Y vimos, con una mezcla de incredulidad y admiración, aparecer a dos operarios cargando una gran bañera redonda. Nadie entendía donde iban a colocar esa cosa tan enorme. Menudos polvazos que iba yo a pegar en esa piscina, decía mi hermano Matías. Pero si no cabe en el cuarto de baño, decía mi madre. Y todos los vecinos del bloque, sin excepción, pensábamos lo mismo: ¿para que narices querrá una bañera tan grande? Debe ser un chalado. Y se quedó con el mote para siempre: el chalado de la bañera. En un barrio como el mío, donde todo el mundo se conoce, donde todos sabemos la vida de los otros, y si no sabemos, inventamos, también adquirió fama de conquistador y de hombre de mundo. Y muchas mujeres, incluida yo, soñamos durante mucho tiempo con conocer la ubicación exacta de la bañera, o sea, donde demonios la había colocado, teniendo en cuenta que en el cuarto de baño era imposible que cupiera. Más de una vez pensé en un baño calentito, con burbujas y mucha espuma, dos copas de vino bueno ( el vino bueno elegido por él, no entiendo de vinos), muchas velas como en las películas, música suave, intercalada con Leonard Cohen,con su voz ronca y sensual y muchos mimos. Guau, que sueños. El caso es que el Chalado tampoco es que fuera un hombre demasiado atractivo. Su atractivo residía en el aire de misterio y de hombre de mundo que emanaba y sobre todo en su gran bañera.
Continuará...