Lo miré a los ojos y me pareció ver una chispa de burla en ellos. Por un momento sentí su risa taladrándome el cerebro, una carcajada imaginaria, de burla, que sólo yo escuchaba. El permanecía allí, de pie mirándome desde aquella altura de vértigo. Calculé que debía medir mas de un metro ochenta. Un hombre bien plantado.
-¿Micaela?
Micaela no estaba allí. Se había perdido en la fantasía que aquellos ojos grises que la miraban desde arriba.
-Si, desde luego, claro, claro.... como no, estaré encantada de trabajar para ti- dije con un susurro de voz.
El pareció aliviado y me dijo:
-Muy bien Micaela, me encantaría que empezaras cuanto antes. En principio puedes venir un par de veces por semana. Te dejaré las llaves. Yo trabajo todo el día. Casi no estoy en casa. Tienes bastante margen. Tu misma. No sé que hace la gente en estos casos, pero tu y yo no somos gente cualquiera, por tanto no voy a decirte haz esto y lo otro, lo dejo a tu libre albedrío. Pones un poco de orden en la casa y ya iremos viendo....¿de acuerdo?. Me tomó una mano y me puso las llaves en ella. Quería contestar, pero la voz no me salía. El ya se había ido y yo aún seguía de pie, con la mano extendida y sin saber que decir.
Decidí que iría esa misma tarde. La curiosidad siempre ha sido uno de mis defectos. Me moría de ganas de ver aquel piso, de mirar aquella bañera redonda, de tocar todo lo que él tocaba.
Subí las escaleras con miedo, como si me pesara el cuerpo. Abrí la puerta con una mezcla de desconfianza y desafío.
Lo primero que vi fue la nota. Bien visible. Encima de la mesa del comedor. Una nota a mi nombre, y dos sobres cerrados.
La nota decía: “ Hola Micaela. Estos dos sobres son para ti. En uno están tus honorarios. Te iré pagando cada día que vengas. Espero que sea suficiente. Si crees que es poco, sólo tienes que decírmelo. El otro sobre contiene un regalo para ti. La única condición que te pongo es que no abras el segundo sobre, el de color azul, hasta que no estés en tu casa. Gracias por todo.” Firmado: Antonio.
Continuará....