La primera vez que vi el mar tenía siete años. Un domingo soleado de primavera mi madre nos vistió con la mejor ropa que teníamos para que el mar nos conociera bien vestidos. A mi madre nunca le gustó el agua. Siempre le hemos insistido para que nos cuente su miedo al mar. Nunca quiso compartirlo con nosotros. Decía que con un miembro de la familia que tuviese miedo ya había suficiente. No quería influenciarnos. Aquel día de nuestro descubrimiento del mar, mi madre prefirió quedarse en casa. No hubo manera de convencerla. Nos fuimos sin ella.
Mi padre, después de dar su aprobación a nuestro atuendo dijo:
- iremos a ver el mar en autobús.
Nos encaminamos hacia la parada. Recuerdo que estábamos nerviosos. Un viaje a la playa se nos antojaba una gran aventura.
Y vi el mar...
Aquella noche soñé que era un pez y nadaba, y nadaba, y no me cansaba ni me ahogaba. Soñé que el mar era mi casa.
Desde aquel día, siempre que puedo, siempre que tengo un momento de nostalgia me acerco al mar. Me siento en la orilla y cuento las olas. Las sigo con la mirada. Me hipnotizo con la espuma que rompe en la orilla. Y recuerdo aquel día, lejano y feliz en el que descubrí el mar.
-Si cierras los ojos, decía mi padre, y te pones una caracola en el oído, escucharás el susurro de las olas. Todavía conservo aquella caracola. De vez en cuando, me acuerdo de aquel día y la saco de la caja de los recuerdos. Me la acerco al oído y escucho la voz de mi padre mezclada con el susurro de las olas:
-Escucha el susurro de las olas, Micaela, siente el poder del mar. Y escucho. Y siento su poder. Y lloro.