Mi padre llegó a Barcelona con una mano delante y otra detrás y con toda su familia, incluido un canario escuálido que mi hermano Marcos encontró una mañana en la puerta de la escuela. Le pusimos Perico, porque mi madre dijo que el color de sus plumas era idéntico al color del pelo del tío Perico. Era un pájaro callado. Nunca lo escuchamos cantar, quizá por las penurias que intuíamos había pasado. Mi madre nos explicó que tal vez, la mamá de Perico había subido al cielo y por eso no cantaba, porque estaba triste. Y a mis hermanos y a mi nos daba una pena infinita. Con lo lejos que estaba el cielo, pensábamos, la mamá de Perico tardará en volver. Intentábamos compensar al pobre pájaro con muchos mimos. Le cantábamos canciones para ver si de esa manera podíamos compensar la falta de su madre. Nunca escuchamos el más mínimo trino de su pico. No nos desanimábamos. Al final decidimos que debía ser mudo y lo cuidamos con mas abnegación por su defecto.
Me cuesta mucho hablar de mi padre. Era un hombre de campo. Nunca había salido del pueblo, excepto cuando hizo el servicio militar. La tierra era su vida y lo cambió todo para que sus hijos pudieran tener mas oportunidades que él. Para que sus hijos pudieran defenderse el día de mañana. Quería que estudiáramos, que fuésemos “alguien” en la vida. Y lo sacrificó todo por nosotros. Nos quería.
Comencé a entender a mi padre cuando ya fue demasiado tarde: el día en que murió. Cuando sus ojos azules dejaron de tener vida, me dí cuenta que mi padre había sido un buen hombre. Me inundó una gran tristeza notar como se escapaba el último aliento de vida de aquellos ojos. La última mirada de mi padre fue para mi. Y en aquella mirada triste estaba toda su alma. Cuando murió mi padre no dejé de mirarle y noté como su cara iba cambiando. Todo el sufrimiento acumulado en su rostro, en aquellas arrugas se transformó en paz. Noté como los rasgos se relajaban, como las arrugas se atenuaban. Parecía que por fin era feliz. A mi también me inundó aquella sensación de amor que emanaba aquel cuerpo sin vida. Ahora, cuando pienso en mi padre, el recuerdo más bonito que tengo es el de aquella noche en la que me miró por última vez y me transmitió aquella sensación de serenidad. Sin palabras, sólo con el pensamiento, me dijo: no tengas miedo, estaré bien, O eso quise entender yo.
Mi padre nunca había bebido. No le gustaba el alcohol. Era un hombre que vivía exclusivamente para su familia. Quería que no nos faltase de nada. Por eso cambió el campo por la ciudad. Un hombre sin estudios que vino a Barcelona a buscar un buen futuro para sus hijos. ¿qué podía hacer? Lo único para lo que estaba preparado: trabajar como peón en una obra cualquiera de las muchas que en aquel entonces proliferaban en cualquier gran ciudad. Mano de obra barata. Mi padre tuvo suerte, porque se la buscó. Era un gran trabajador. Trabajaba como un burro. Pronto le hicieron capataz de la obra. Era una época en la que el trabajo sobraba. Un desgraciado día a mi padre le ofrecieron cambiar de empresa, ganarás mas, le dijeron. El aceptó. Nadie podía saber que la crisis económica estaba cerca. El trabajo iba a
comenzar a escasear. Mi padre fue de los últimos en entrar en aquella empresa donde se suponía que iba a ganar mas y de los primeros en ser despedido. Al principio no fue consciente de nada. Pensó que encontraría otro trabajo rápidamente. Pero la crisis ya se había echado encima de todos. Ya no era fácil encontrar trabajo y menos si eras un hombre de mediana edad. Mi padre no volvió a encontrar trabajo. Salía cada mañana en busca de cualquier cosa que pudiera encontrar. No encontraba nada.
Un día entró en un bar y pidió su primer vino. Después de ese vino pidió otro y después otro. Se hizo un alcohólico. El principio de su ruina. Murió de cirrosis hepática. Yo me encargaba de su higiene. Mi hermana Paula era incapaz de acercarse a él. Le daba asco. A mi sólo me daba pena. Fue un buen hombre con muy mala suerte.
Cuando cierro los ojos, recuerdo a mi padre aquel día en el que nos llevó a ver el mar y lo confundo con sus ojos azules el día en que murió. Tienen el mismo color.
Continuará...
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21 ene 2007 | 03:35 PM
Hay muchas maneras de hacer una auto-biografia. No entiendo de literatura y creo en el arte libre de escribir lo que uno siente y padece. Desde ese punto de ignorancia que me distingue, tengo que decirte:
Eres muy buena ecritora.
24 ene 2007 | 07:05 PM
Micaela esto va a más y mejor ¡eres buena ! no tengas la menor duda de ello aseguir ,yo seguiré tus pasos.
un beso
24 ene 2007 | 11:01 PM
Genial Micaela
Genial.
27 ene 2007 | 10:08 PM
Mica
Tu relato me causa un gran sentimiento, en verdad mucho, yo amo mucho a mis padres y por eso temo el día de su muerte, pero debo saber que algún día tendrá que llegar.
Gracias
11 mar 2007 | 04:24 PM
Micaela, vives con tantos pequeños logros y satisfaciones que son mejor que cualquier tesoro en el mundo, te lo digo yo.
Besos:
Antonio Alviárez
13 mar 2007 | 05:31 PM
Mica ...eres una escritora genial.
14 sep 2007 | 05:53 PM
Hola, ... aún estoy tratando de contener las lágrimas por tu relato ... muy bueno en realidad, siempre me he sorprendido de las personas q saben con palabras retratar los sentimientos... (carezco de esa virtud).
Hace una hora vengo leyendo tus post desde el inicio, y qué bien la estoy pasando. Gracias por compartir tus vivencias.
Un abrazo, desde Perú.