Ayer me encontraba fatal. Tenía mal cuerpo. Fue horroroso. Siempre he aguantado muy mal el dolor. Cuando era pequeña nunca estuve enferma, por suerte. Cuando me encuentro mal me da por imaginar que estoy grave, que me voy a morir, que tengo una enfermedad incurable. Y pienso ¿quién me va a cuidar si enfermo? No tengo a nadie. Y me deprimo. Empecé a encontrarme mal apenas comencé a trabajar. Estaba fregando el suelo cuando empezó a dolerme la barriga. Tuve que dejar el cubo tirado de cualquier manera e ir corriendo al lavabo. Sentía unas fuertes nauseas, pero no era capaz de vomitar. Me lavé la cara y me alivió un poco. Llegó la hora del desayuno y nos fuimos al bar a comer el bocadillo. Intenté comer. Mi compañera es una cerda. Cree que tengo cuento, que quiero ponerme mala para no trabajar y dejarla colgada. Es lo que ella haría. Yo no. Me insinúa que si como, no debo estar tan enferma como quiero hacer creer. Siento ganas de llorar, de pegarle dos tortas, de decirle que es una mala persona. Sólo la miro. No le contesto. Me viene una arcada y le vomito encima. Jódete, pienso, ahora empezarás a creertelo.
Me fui a casa. Hoy estoy algo mejor. Todavía sigo viva. Y me sorprende. Mañana volveré a trabajar. Creo que mi enfermedad fue un atracón de chocolate con almendras. Una tableta entera. Nunca más comeré chocolate. Lo juro. Creo que he dejado un par de quilos. No hay mal que por bien no venga. Eso dicen. Yo no estoy tan segura.
Continuará...