Me pusieron el nombre de mi abuela. Por eso me llevaron a su entierro. Yo era pequeña. Calculo que debía tener unos tres o cuatro años cuando mi abuela murió. Uno de los primeros recuerdos de mi niñez, subir en un avión un día de lluvia, ver las nubes de cerca, casi tocarlas con las manos. Recuerdo que no tenía miedo. Se formó una tormenta, y yo, miraba los rayos hipnotizada. El cielo se iluminaba. Aún hoy, los días de tormenta recuerdo aquel día en el que le perdí el miedo a la naturaleza y aprendí a admirarla. La lluvia nos persiguió durante todo el viaje y cuando llegamos a Badajoz seguía lloviendo. De Badajoz al pueblo hay unos sesenta kilómetros, y también nos acompañó la lluvia. Cuando llegamos, lo primero que vi en la casa de la abuela fue una caja alargada y un montón de gente alrededor sentada en sillas. Sentí mucha curiosidad. ¿qué hacía toda aquella gente allí? En la distancia parecía que aquellas personas estaban concentradas en algo. Reinaba el silencio. Me solté de la mano de mi madre y me acerqué. Todos me miraban, nadie decía nada. Me asomé a la caja y vi a una anciana, mi abuela, tumbada. Está durmiendo, pensé. Quise despertarla. Alargué una mano para tocarla y alguien me detuvo. Los muertos no se tocan, me advirtió la mujer que me apretaba la mano y me empujaba hacía otra habitación.
Mi abuela había sido tendera. Tuvo siete hijos. Mi padre era el menor. Su marido, mi abuelo, la raptó para poder casarse con ella. La familia de mi abuela se oponía a aquel noviazgo. Dos de sus hijos murieron en la absurda guerra civil, pero ella seguía viéndolos en sueños. Creo que era una manera de no volverse loca. Poco después de la guerra también perdió a mi abuelo. Se quedó sola, con cinco hijos y una postguerra recién estrenada. Tuvo que agudizar el ingenio para sacarlos a todos adelante. Fue entonces cuando se le ocurrió poner una tienda. Cuando yo era pequeña, mi abuela nos daba una onza de chocolate cada día. Yo me comía la ración que me correspondía y al instante iba a que me diera otra. Mi abuela me daba la del día siguiente. Cuando era yo la que le debía a ella un montón de tabletas, me perdonaba y comenzábamos de cero de nuevo. Siempre me ha gustado el chocolate.
El día que enterraron a mi abuela seguía lloviendo. Mi madre jura que yo no fui a su entierro. Puedo describir con detalle todo lo que pasó en el cementerio. Lo vi. En sueños, supongo. Soñé el entierro de mi abuela. No encuentro otra explicación para conocer todos los detalles de lo que sucedió aquel día en el cementerio del pueblo.
Continuará...