Hace días que llevo colgada al cuello la llave que me dio Antonio (mi vecino). Busqué una cadena de plata y la llevo siempre conmigo. A veces noto el frío metal en contacto con la piel y siento escalofríos. Desde el día que se presentó en mi casa para ofrecerme trabajo no he vuelto a verlo. Llevo días espiando desde la ventana sus entradas y salidas. Apunto en una libretita azul las horas en las que sale. A él no lo veo, reconozco el ruido de su puerta al cerrarse y sus pasos esperando el ascensor. Incluso alguna vez lo escucho toser. He intentado esperarlo cuando vuelve, pero casi siempre me vence el cansancio y me quedo dormida en el sofá. Llevo dos meses yendo a hacer la limpieza de su casa. Recojo el sobre con el dinero que sigue dejándome encima de la mesa. Cada día es un sobre de un color diferente, azul, amarillo, rojo, verde, negro, lila....Los guardo todos, numerados, dentro de una caja de zapatos.

Nunca me he atrevido a registrar sus cosas. Alguna vez he puesto la mano en el pomo de algún cajón y he intentado abrirlo. He sentido como si la mano me quemara y la he retirado. Hace dos días traspasé el límite. Abrí un cajón. Estuve contemplándolo, abierto, parecía invitarme. Una voz en mi cabeza decía: adelante, mira todo lo que quieras, curiosea, nadie lo va a saber. Lo primero que vi fue una caja roja de terciopelo. No sé que fue lo que hizo que abriera precisamente aquel cajón y no otro. Tomé la caja entre mis manos. Parecía antigua. El terciopelo se veía gastado en los bordes. Tenía una cerradura. Intenté abrirla. Estaba cerrada, Entonces la vi. Era una llave muy parecida a la que colgaba de mi cuello. Estaba en el fondo del cajón. La cogí con miedo y abrí la caja. Dentro había cinco llaves, todas iguales. Las comparé con la que me había dado a mi. Eran idénticas. Había un doble fondo. Escondidas, encontré seis fotografías, todas de mujeres jóvenes. Una era mía. Yo estaba allí, era una de ellas, Mi cabeza empezó a dar vueltas. Aquella foto tenía por lo menos cinco años. Recuerdo que me la hicieron en Valencia. Un primer plano en el que se me veía sonriente, incluso creo que parecía feliz. ¿ que hacía mi foto allí, en una caja de terciopelo rojo junto a las fotografías de otras cinco mujeres? ¿que demonios significaban las llaves? No tenía ni las más remota idea. Intenté dejarlo todo como estaba. En el momento en el que cerraba el cajón, escuché cómo la puerta de la calle se abría. Con la precipitación se me cayó un jarrón de cristal al suelo y se hizo añicos. Escuché la voz de Antonio:-¿Micaela? ¿eres tu? No me dio tiempo a contestar. Ya estaba en la habitación. Me miraba. Su sonrisa era burlona – Te he asustado- dijo. Miró hacia el suelo y vio los restos del jarrón. También vio un hilo de sangre en uno de mis pies. Te has cortado, dijo. Avanzó hacia mi y me sentó en la cama. Me quitó la sandalia. Abrió el armario y sacó una toalla. Hizo que pusiera el pie encima de la toalla y se dispuso a curarme la herida. Sentir el tacto de sus manos en mi piel me erizaba el vello. El parecía no notar mi turbación. Me limpió la herida con suavidad. Yo miraba al techo para no mirarle a él. Entonces noté su mano en mi cabeza y me obligó a mirarle. Se acercó y me dio un suave beso en los labios. Más que un beso, fue una caricia. El corazón me latía muy deprisa. Me tumbó en la cama. Lo deseaba tanto que casi me dolía. Fue tan dulce... Me amó como nadie jamás lo había hecho. Cuando abrí los ojos, todavía sentía dolor en el pie. La boca me quemaba y sentía un dolor sordo en el corazón. Me miré el pie. No había ninguna herida. Antonio no estaba a mi lado. Yo no estaba en su casa. Aquella era mi habitación. Todo fue un sueño. ¡Que amargo despertar!

Una idea se me ha instalado en la cabeza. La próxima vez que vaya a limpiar a casa de Antonio, abriré cajones. Ya sé que no está bien, pero, ¿quién se va a enterar?

Continuará...