La empresa de trabajo temporal para la que estoy contratada me ha mandado a trabajar a un hospital. No he podido negarme. De haber podido, lo habría hecho, sobre todo después de saber que el hospital al que me envían es el mismo donde trabaja mi hermano Marcos. Hace una semana que cubro la baja por enfermedad de una chica. Parece ser que tiene depresión. Va a ser larga mi estancia en el hospital. No he visto a mi hermano, y espero no verlo. No creo que le guste demasiado que me relacionen con él. Lo más probable es que ni nos veamos. Es un hospital grande. No he dicho a nadie que mi hermano es médico y además jefe de servicio. De todas maneras, aunque lo dijera, nadie lo iba a creer.

Me apostaría el cuello a que si me cruzo a mi hermano por un pasillo, ni me reconoce. El uniforme de señora de la limpieza te hace prácticamente invisible. Nadie te mira. Ven otro color distinto al blanco inmaculado de médicos y enfermeras y ya no existes. Mejor. Me siento la mujer invisible. Alguien me dijo una vez que desde la atalaya de la invisibilidad puedes observar mejor las reacciones de la gente, reconoces sus miserias. Si se creen superiores, se quitan la máscara, les importas un pimiento.

Los médicos que hacen guardias, duermen en el hospital. Ayer, me tocó limpiar algunas habitaciones de médicos. Parece que un médico tenía diarrea. Tuve que limpiar el lavabo. Que asco. Siempre pensé que la gente con carrera era educada. El muy marrano no tiró de la cadena. A veces pienso que les encanta humillarnos. -Jódete, señora de la limpieza, limpia mis excrementos. Por algo he estudiado y tu no-. Las toallas húmedas me miran burlonas desde el suelo. Me agacho y las recojo. Lo tiran todo. Me gustaría escupir en la cara de alguien. Tengo ganas de llorar.

Es la hora del desayuno. No tengo hambre, ni ganas de ver a nadie, pero no puedo encerrarme en mí misma. Si voy a estar un tiempo aquí, debo relacionarme con mis compañeras. Voy al bar laboral, pido un café bien cargado y un bocadillo. Miro las largas mesas. La gente se distribuye por el color del uniforme. Viva el clasismo. Mis compañeras están sentadas en una mesa al fondo del bar. Uniformes azules. Fáciles de identificar. El resto del bar es de un monótono color blanco. Me siento en una esquina de la mesa y doy los buenos días. Todas me miran. Una chica con el pelo teñido de rojo y un peercing en la nariz, me pregunta si soy nueva. Le contesto que si y me da la bienvenida. Me llamo Esther, dice. Calculo que debe tener unos treinta años. Me dedico a tomar el café en pequeños sorbos y a dar mordiscos al bocadillo de jamón. Ellas hablan de horóscopos. Tienen una revista que te predice el futuro de todo el año 2007. Nunca he creído en esas tonterías. Me abstengo de hacer ningún comentario al respecto y finjo estar muy interesada en las migas de pan que caen sobre la mesa.

Mi ex­marido, dice una de ellas era Tauro, un verdadero cabezón. Todas ríen. Y yo río también.

Continuará...