Todas las mañanas me levanto antes de que amanezca. Cuando bajo a comprar el pan, huelo el aroma de los cruasanes recién hechos. Reconforta y apetece. Lástima que engorden tanto. Siempre coincido en la panadería con Paquita. Ibamos juntas al colegio y éramos amigas íntimas. Ella siempre baja en bata a la calle. A veces pienso que no tiene ropa. Siento un odio irracional por las batas. Tenía una y la tiré a la basura. Así, evito el peligro. En mi barrio, muchas mujeres se plantan la bata y salen a hacer sus compras, el pan, la leche, la fruta... Cuando las veo siento tristeza. Jamás bajaré a la calle así.

Miro a Paquita y no puedo evitar pensar en mi adolescencia, en los planes que hacíamos las dos. Viajar, aprender idiomas, ir a lugares exóticos, conocer gente interesante. Soñábamos con un príncipe azul que vendría a rescatarnos y creíamos en el amor y la amistad. ¡La de sueños que una tiene cuando todavía cree en los cuentos de hadas! Ahora la veo, despeinada, con ojeras, descuidada. Con un marido bruto e inculto, que se pasa el día en el bar jugando a las cartas, con cuatro hijos antes de cumplir cuarenta años. Arrastrando su melancolía por las esquinas. La miro y me deprimo. Tal vez es feliz. Yo no.

Continuará...