No llegué a verla. Me lo contó Matías, mi hermano. Abrió la puerta de casa y le faltó tiempo para contármelo. Me explicó con pelos y señales que había visto a la criatura más hermosa de la tierra. Matías siempre está en la calle. Se sienta en uno de los pocos bancos que aún quedan frente a nuestro edificio y deja pasar las horas. A veces me pregunto como no se aburre. No hace nada. Sólo fumar. Un cigarro detrás de otro. Hace un año tenía un trabajo que le buscó la asistenta social. Lo dejó. Decía que a él nadie lo explota. No hijo, es mejor vivir de la pensión de tu madre. Menudo gandul está hecho. De vez en cuando trae algo de dinero a casa. No pregunto de donde lo saca, lo imagino. Prefiero no saber. Un día trajo una televisión inmensa, de esas planas. Ahora tenemos cine en casa. Le dijo a mi madre que se la había vendido un amigo por cuatro duros, y mi madre se lo cree todo.

La criatura más hermosa de la tierra, era una rubia de una altura de vértigo, vestida con unas botas negras y un vestido negro ceñido al cuerpo. Buenos pechos y buen culo y una cara angelical de rasgos suaves y hermosos. Cuando Matias la vio a lo lejos pensó que aquella mujer se había perdido. Fue a su encuentro y le preguntó donde iba. Ella lo miró y le dijo que iba a casa de un amigo. ¡A casa de un amigo! ¡A casa de Antonio! Allí iba la mujer más hermosa del mundo. Miré a mi hermano, babeaba. Estaba imaginándola en la bañera de Antonio. Yo también la imaginaba. Pero ¿que esperaba? Que tonta soy. Tal vez alguna vez habíapensado que Antonio y yo... Pues no.

Aquella noche deseé que Antonio nunca se hubiera mudado a mi barrio. En la soledad de mi cama, con los ojos húmedos por las lágrimas le deseé la muerte. ¡Ojalá te mueras Antonio! Cuando me cansé de llorar, me levanté y tomé un tranquilizante de los que le recetan a mi madre para dormir.

Me despertó el ruido. Alguien aporreaba la puerta de la calle y tocaba insistentemente el timbre. Me asusté. Encendí la luz. Al abrir la puerta encontré a la vecina de arriba que gritaba que subiera corriendo. Decía algo de una llave. Subí y encontré que por debajo de la puerta de Antonio salía agua. Pensé en una avería de alguna tubería de agua, o algún grifo mal cerrado. Toqué al timbre. Nadie contestaba. Fui a buscar la llave que tenía y abrí la puerta. Entré a la casa. Mi vecina , mi madre y mi hermano Marcos iban detrás. El comedor estaba con la mesa puesta. Una botella de cava y dos copas llenas. Olía a incienso. El agua salía del cuarto de baño. Antonio estaba en la bañera tumbado boca arriba y con los ojos abiertos como platos. La expresión de su cara era de sorpresa. Yacía desnudo. Estaba muerto. El agua rebosaba de la bañera y caía al suelo. La muerte siempre es obscena. Al principio sólo lo vi a el. Después, cuando mi retina asimiló lo que ocurría y enfocó todo el cuarto de baño, vi un pie con uñas pintadas de un rojo fuego. Había una especie de separador de ambientes , y detrás estaba ella, tumbada en el suelo, también desnuda, boca arriba. Incluso muerta, pude apreciar lo bella que era. La luz de las velas que habían encendido le daban al ambiente un aire fantasmal. Instintivamente me puse la mano en la cadena que llevaba colgada al cuello con la llave que me había dado Antonio.

No llegué a verla viva.

Continuará...