Mi hermano Marcos tiene un despacho enorme. En la puerta se puede leer, en una placa de acero, Dr Marc Sotomonte. La señora de la limpieza tiene acceso a casi todo. Nadie le pregunta donde va. Al ver el nombre de mi hermano, me asomé y vi que no había nadie. El despacho estaba vacío. Entré. La mesa desordenada. La habitación atestada de libros. El ordenador encendido. Toqué el ratón. Mi hermano estaba escribiendo un artículo médico. En un rincón del escritorio vi una foto. Una chica guapa y sonriente me miraba con ojos alegres. Deduje que debía ser la novia de mi hermano, la mujer con la que vivía. Una doctora hija de un médico importante. Por eso mi hermano es jefe de servicio. Ha sabido escoger. Supongo que también la querrá. No estoy segura. Estuve un rato mirando la fotografía. Si me cruzo con ella por algún pasillo la reconoceré. Es mi cuñada, pero no la he visto nunca. Marcos se avergüenza de su familia. Salgo de allí antes de que mi hermano pueda volver.
La supervisora me ha mandado a quirófano. Dice que debo aprender todos los servicios, por si acaso. Estoy nerviosa. Nunca he entrado en un quirófano. No voy sola. Mi compañera va a enseñarme. Me cambio de ropa. Me visto con un pijama verde y me pongo un gorro en la cabeza. Es para evitar que caigan pelos dice mi compañera. También tienes que ponerte polainas en los pies. Me pongo una especie de cubrezapatos. Sigo a mi compañera. Se llama Carmen y es andaluza, de Sevilla. Me enseña los quirófanos. Yo me pierdo. No sé por donde salir. Parece un laberinto. Me mira y nota mi palidez. No te preocupes, dice, te acostumbrarás. Y sonríe. Y yo le agradezco la sonrisa.
Vamos a una extracción, dice. A un donante le sacan los órganos: el hígado, los riñones, el corazón, las corneas... todo. Y luego, le sacan huesos también, pero antes tenemos que entrar nosotras, adecentar un poco y sacar basuras para que puedan seguir trabajando.
Donde mires hay sangre. En la camilla hay un hombre de unos cincuenta años. Veo de nuevo el color de la muerte en la piel del desconocido. Carmen llama a una enfermera. Haz el favor de tapar al muerto, le dice. Si no lo tapas no entramos. La enfermera ríe. Y viene y lo tapa con una sábana, pero yo ya he visto su cara y la tengo guardada en la memoria. Me acostumbraré, pienso. La muerte es algo normal. Una consecuencia de la vida. Miro la silueta que se adivina bajo la sábana y recuerdo a Antonio metido en una bolsa de plástico blanca. Veo borroso. Me estoy mareando. Creo que voy a desmayarme.
Continuará...


28 feb 2007 | 12:34 PM
Desde luego ya le vale a tu hermano Marc ,eso si es cierto es una de las cosas que me dan ..Llamémosle rabia por no pronunciar otra palabra, el ser que reniega de sus raíces sea por la razón que sea y más aun si es por haber ascendido en escala social, me da un no se que, que mejor que me calle y los de los muertos que quieres que te diga es peor aun andar con según que vivos.
Un beso Micaela
5 mar 2007 | 07:13 PM
Me gusta tu forma de contar las cosas, directa, sencilla pero con fuerza.
11 mar 2007 | 05:06 PM
Me gustaría saber cómo se llama el hospital?...
Saludos:
Antonio Alviárez