Escuché un ruido estridente, lejano. Parecía la sirena de un coche de policía. Al principio apenas se oía. Después la intensidad fue aumentando. Abrí los ojos y no supe reconocer aquel sonido. Pasó un rato hasta que identifiqué qué demonios pasaba. Sonaba el despertador. Eran las seis de la mañana. Hora de levantarse. Me di la vuelta y apagué el maldito reloj. Enseguida noté la hinchazón de mis ojos y recordé que había estado llorando casi toda la noche. Por un momento no supe si la mujer mas bella del mundo también había sido un sueño o existía de verdad. Cuando conseguí despertar del todo, me di cuenta que de verdad hubiera deseado que Antonio muriese. Y Antonio había muerto la noche anterior. Cuando llegó la policía, nos trató a todos como delincuentes. Ahora somos todos sospechosos. Cuando vino el juez para los levantamientos de los cadáveres y se los llevaron metidos en bolsas de plástico, pensé en la fragilidad de la vida. Nunca sabemos cuando vamos a morir ni lo que nos va a pasar mañana. Es posible que lo mejor sea no saber. La policía calificó la muerte de Antonio como muerte en extrañas circunstancias. Le van a hacer la autopsia. Creen que puede tratarse de una sobredosis. Pero no están seguros. Nos han citado a todos en la comisaría para interrogarnos. En nuestro edificio reina el nerviosismo. Cada vecino tiene una versión de los hechos diferente. Lo que si está claro es que no volveré a ver a Antonio. Antes de irme a trabajar, he subido a la casa de Antonio y me he quedado un rato mirando la puerta precintada. He sentido unas ganas terribles de romper la cinta y entrar en la casa. Me siento tan culpable por haber deseado la muerte de Antonio. Tengo la sensación de haberlo matado yo. Tengo los ojos hinchados y el corazón roto en pedazos. Salgo a la calle. Por fin este invierno empieza a hacer algo de frío. Ya va siendo hora. Pienso en mi abuela, en mi padre, en Antonio, en la mujer mas bella del mundo y me doy cuenta de que mis pensamientos son todos para gente muerta.