Hace una semana que mi abuela se me aparece en sueños. Va vestida completamente de negro y lleva de la mano a un niño rubio de unos seis años. Hay una fotografía en el salón de mi casa en la que aparecen mi abuela y mi padre cuando era pequeño. Por eso reconozco a mi padre en el sueño. Mi abuela tiene una voz dulce y suave. Habla despacio. El niño escucha embelesado un cuento infantil. Los dos caminan de la mano. Hace frío y un manto de nieve cubre el camino. Es invierno. Suben a la sierra. Mi abuela lleva una cesta en la mano. El niño siente frío, tiene las manos heladas y los pies cansados de caminar. Ella trata de calentar el cuerpo de mi padre con historias de dragones y volcanes. El camino se estrecha. Parece que buscan algo. De pronto se detienen. Mi abuela mira hacia atrás, otea el horizonte. Nada se mueve. Nadie la ha seguido. Parece satisfecha. Retira unas ramas caídas y aparece una cueva escondida, casi imperceptible a la vista, salvo para quien sepa donde está. Es una cueva oscura y sorprendentemente cálida. El niño mira con ojos asombrados. Un hombre está sentado en una especie de colchón. Cuando ve a mi abuela sonríe con ojos alegres. Mira al niño y le acaricia la cabeza. El niño se agarra a las faldas de su madre. Tiene miedo. El hombre de la cueva es mi abuelo. Está escondido. Es el año 1937 y en la cesta mi abuela lleva comida.

Mi abuela quiere que sepa, por eso utiliza mis sueños. Quiere contarme. Ella me quiere, lo noto. Intuyo que la historia que quiere contarme me va a doler. Por eso me está preparando. No tiene prisa. Hay tiempo para que yo sepa, para que conozca, para que reconozca.

Continuará...