-Te llevo a casa, dice Jordi,
Pero yo no quiero estar sola esta noche. Caminamos abrazados Paseo de Gracia abajo. Siempre me ha dado miedo pasear de noche por la ciudad. Esta noche no, esta noche no siento miedo, esta noche me siento acompañada. Cruzamos la Plaza de Catalunya, entonces, justo en medio de la plaza, se detiene, toma mi cara entre sus manos y vuelve a besarme suavemente. Siento un escalofrío que recorre mi espalda y rodeo su cuello con mis brazos. Andamos despacio, sin prisas, la noche es eterna, no tiene fin. Aparecen las Ramblas, pintorescas, únicas, coloristas, bulliciosas y siento algo parecido a la felicidad. Comienza de nuevo a llover y siento frío. Apoyo mi cabeza en su pecho y él me abraza con fuerza.
-Tienes frío, afirma.
Asiento con la cabeza. Intenta protegerme de la lluvia con su chaqueta. Para un taxi con un movimiento de la mano y abre la puerta para que entre dentro.
-¿Dónde vamos Micaela?, pregunta.
-A tu casa, contesto sin vacilar.
El taxista mira de reojo por el retrovisor, esperando a que alguno de los dos le demos una dirección para ponerse en camino.
Vive cerca, podíamos haber ido paseando, pero llueve demasiado y hace frío.
El ascensor es viejo, y hace ruidos raros, casi da miedo. Miro al hombre que tengo a mi lado y no reconozco al policía que vi por primera vez en aquel despacho, interrogándome sobre la muerte de Antonio. Parece alguien totalmente distinto. Me sorprende no verle fumar. Desde que nos encontramos en la cafetería no ha fumado, me pregunto por qué. Cuando sacamos a las personas de su contexto cambian. Incluso me parece educado y cortés. Fantaseo con la idea de que me he equivocado, que no es el comisario, que es un doble, tal vez su hermano gemelo. Ese pensamiento me hace sonreír.
-¿De que te ríes? pregunta.
Es difícil contestar de que me río ¿cómo le explico que estoy imaginando que no es él, que por un momento he tenido la sensación de que acababa de conocerle? Se lo explico. Me mira atentamente.
-Quizá si me acabas de conocer, susurra, puede ser que nunca me hayas visto como me ves en este momento, y esta tarde, esta noche, sea el principio de un descubrimiento mutuo. A mi también me pareces distinta hoy, como si acabaras de salvarte de un naufragio...no sé, no me hagas caso, soy un pobre policía solitario, con mucha imaginación.
Abre la puerta y no espero la casa que se muestra ante mis ojos. La encuentro bonita, acogedora, cómoda. Hay estanterías llenas de libros, en el recibidor, en el salón. Una habitación la tiene habilitada como despacho. En la pared reproducciones de Leonardo da Vinci, su autorretrato, la Gioconda, el hombre de Vitruvio.
-¿Te apetece tomar algo Micaela?
-No quiero mas alcohol, le digo.
-¿Un té? Va hacia la cocina para prepararlo sin esperar mi respuesta.
Desde la cocina me grita que tiene té de la clase que quiera, de fresa, de canela, de menta, de limón....Contesto que me da igual, que escoja él.
Mientras prepara el té aprovecho para curiosear. Voy hacia las estanterías y miro los libros. Tiene mucha novela negra. Y poesía. Eso si que no lo esperaba. A veces nos hacemos una idea de cómo es alguien, por su aspecto o por su forma de hablar, o por, vete a saber que motivos, y esa idea equivocada la mantenemos tanto tiempo, que luego cuesta mucho quitárnosla de la cabeza para sustituirla por la verdad.
Viene hacia mi con dos tazas de té. Pone música. Nos sentamos en el sofá. Me cuenta que le gusta vivir allí, que en esa casa está a gusto, que le hubiera gustado ser abogado, que está estudiando, que su trabajo le gusta, que te gusta investigar y unir piezas. Me cuenta que fuma puros sólo cuando trabaja.
-Es lo que espera la gente, un policía típico, y cumplo mi papel, así se confían. Me guiña un ojo.
Me acuerdo de la llave que me dio Antonio y me muerdo la lengua para no contárselo. Estoy a punto de explicarle lo del sobre azul pero me arrepiento y no digo nada. Es mi secreto.
-Quiero irme, digo de pronto.
Ni yo misma sé por qué lo digo. Me mira y asiente con la cabeza.
-Voy a por las llaves del coche, te llevo.
Nos levantamos los dos. Aguanto las ganas de llorar. De repente tengo ganas de abrazarle. Como si me leyera el pensamiento me acaricia el pelo. Nos abrazamos. Nos besamos y me pregunta si quiero quedarme. Asiento con la cabeza.