Un recuerdo olvidado
No quise que Jordi me acompañara a casa. No me gustan las despedidas. Bajé las escaleras, no esperé el ascensor y no miré hacia atrás aunque sabía que él estaba en la puerta mirando como me iba. Notaba sus ojos clavados en mi espalda. No me volví, para no verle, y para que él no viera como salían lágrimas de mis ojos. ¿ Por qué lloro? No tengo ni idea. Sólo sé que me alivian las lágrimas y las dejo caer libremente por mi cara. En la portería me cruzo con un vecino y para que no me vea llorar disimulo examinando los nombres de los buzones. Leo sin pensar, sólo por hacer algo hasta que el vecino salga y me quede sola. Un nombre llama mi atención, Enrique Cardona, escrito con letras góticas sobre una placa negra, igual de negra que la del resto de los vecinos. Y comienzo a recordar, tenía apenas trece años, estaba en el colegio. A Enrique lo conocí en unas vacaciones de verano. Mis padres nunca podían irse de vacaciones y nos mandaban de colonias para que pudiésemos disfrutas de unos días distintos. El era un año mayor que yo, y guapo, muy guapo, jugaba a baloncesto, era el capitán del equipo, y se enamoró de mi. Estuvimos los quince días que duraron las colonias bañándonos en la playa, jugando al escondite, haciendo castillos de arena, riendo, soñando. Cuando nos separamos prometimos escribirnos. Al principio nos escribíamos cada semana. Cada semana en mi buzón había una carta esperando. Yo dejaba las cartas como por descuido entre mis libretas, para que las niñas de mi clase pudieran verlas. Y las leían, y me envidiaban. Después las cartas ya no fueron semanales, se espaciaron, hasta que al final le escribí la última, la de la despedida. Ya no me divertía escribirle. Lo dejé. Lo dejé a pesar de las protestas de mis amigas que me decían que era un chico muy agradable, que tenía mucha suerte por haberlo encontrado. Por eso, me sobresaltó ver el nombre en el buzón. El nombre que yo había inventado para ese primer amor adolescente, para ese amor soñado que no existía mas que en mi imaginación. Para ese amor que era como yo quería porque las cartas las escribía yo y las contestaba yo.
La casualidad del nombre me hace sonreír y dejo de llorar.
Salgo a la calle y me sorprende el cambio de tiempo. Barcelona me guiña un ojo. Ni una nube. Sólo un sol espléndido, preludio de una primavera que ya llega. Camino despacio, dejando que el sol acaricie mi cara y seque mis lágrimas.
Ya no llueve

16 abr 2007 | 03:14 PM
Micaela, nos dejas sin comentarnos, qué sucedió allí en casa de jefe de policía?... La vida sigue, esto pienso....
Saludos
16 abr 2007 | 03:36 PM
vaya... no me esperaba lo del buzón...
16 abr 2007 | 09:14 PM
La verdad es que a veces lloramos sin saber porque y la anecdota del buzón es, tienes razón para dejar de llorar.
Un saludo
16 abr 2007 | 09:24 PM
Roces del pasado que uno menos espera; tan frágiles.
18 abr 2007 | 12:33 PM
Vi que me has añadido como amiga, muchas gracias, ya de paso te he estado leyendo, me gusta lo que cuentas y como lo escribes. Te seguiré leyendo y yo tb te añado como amiga.
Un beso