Algunas veces las apariencias engañan. Otras veces hay que fiarse del instinto. Difícil elección.

La primera vez que vi a Jordi parapetado detrás de aquella mesa, con el puro en la boca y esa media sonrisa del que parece que está de vuelta de todo, no imaginé que un tiempo después cenaría con él, pasearía con él y me metería en su cama. No, aquel hombre que conocí aquella tarde de lluvia, no era la misma persona que vi en la comisaría. Era distinto. Como si se hubiese transformado. Como si respondiendo a lo que yo deseaba, mi hada madrina hubiera moldeado un compañero a mi medida. Tal vez fue la necesidad lo que hizo que mi mente transformara aquella noche a Jordi en una persona ideal, o tal vez fue el vino. Da igual. Tengo un bonito recuerdo. Jordi besándome suavemente, Jordi acariciándome, Jordi amándome. Lo más curioso de todo es que no quería que acabara la noche, me gustaba estar abrazada, que me acariciara la cabeza, que me contara su vida, sus proyectos, compartir nuestros anhelos, nuestros miedos. Pero cuando la noche acabó y llegó el día, fue como si la magia también desapareciera y un vacío inmenso se instalara dentro de mi. Quise huir, quise despertar y que nada hubiese pasado.

Desde aquel día no he querido volver a verle. A veces no me entiendo ni yo. Me pregunto por qué no le doy una oportunidad al amor, o por qué el amor no me da una oportunidad a mi.