Ayer, cuando llegué a casa, encontré a mi madre dormida en el sofá. La televisión estaba encendida. Tenía un un sueño tan profundo que no se despertó con mi llegada. Me senté frente a ella y la observé durante un buen rato. Dormía de costado, con un brazo debajo de su cara y el otro estirado. Su respiración era tranquila y acompasada. De golpe, sin saber por qué, me di cuenta de lo envejecida que estaba. A veces estás viendo a alguien cada dia y no te das cuenta de que los años están pasando. Y un instante después la miras y eres consciente de que el tiempo no se ha detenido, que está presente, siempre inexorable, siempre cobrando su deuda. Mi madre que ayer me parecía sin edad, hoy me parece que ha cumplido veinte años más de golpe. Miro su frente y noto las arrugas que la surcan. Me detengo en su boca y me parece distinta, mas fina, menos suave. Siento un pequeño pinchazo en el estómago, siento la fragilidad de mi madre y siento pena por la vida que se acaba. Siento miedo, no quiero perderla. Ella sigue durmiendo, placidamente. Me gustaría protegerla de todos los males del mundo. Me gustaría darle alegrias. Me gustaría abrazarla, pero no lo hago.

Se despierta y al abrir los ojos me encuentra sentada frente a ella, mirándola.

- ¿que haces?- me dice. No sé que contestarle. No hago nada, solo miraba como dormias- contesto.

Ella parece no entender. Me mira con ojos interrogantes y me dice que ultimamente estoy muy rara.

Se despereza. Se levanta y me ofrece un café.

- Ya lo hago yo. No te muevas mamá. Traeré café para las dos.