Tenía ocho años y al colegio vino un nuevo profesor; se llamaba don Francisco, no recuerdo el apellido. A veces intento hacer un ejercicio de memoria para ver si así consigo acordarme, pero por más que lo intente, por más que mi mente viaje hacia el pasado, por más que rebusque, por más que me concentre no consigo invocar las letras de su apellido, aunque si veo su cara, sus manos, sus ojos oscuros y recuerdo su voz, suave, amable, bondadosa, afectuosa. Los viernes por la tarde nos llevaba de excursión, siempre cerca, siempre a lugares increíbles. Recuerdo una vez en la que nos llevó al río Llobregat, recuerdo cómo arrojábamos piedras al agua para notar la profundidad del cauce en aquel tramo del río. Algún niño, lanzó una piedra que no llegó a estrellarse contra el agua y fue a parar a la arena que había al borde del río. También la engulló. Por primera vez en nuestras vidas de niños vimos lo que se nos antojaron arenas movedizas. El agua ya no nos interesaba. Sólo queríamos ver como desaparecían las piedras, como la arena recogía lo que nosotros arrojábamos. Cuanto más grande era la piedra más rápido desaparecía. Don Francisco, permanecía inmóvil, nos miraba fascinado y sonreía. Cuando nos cansamos de ver como la arena, insaciable, devoraba cualquier objeto que nosotros le regalábamos buscamos otro entretenimiento. Ya nos habíamos cansado de aquel juego. Entonces, en el momento en el que nuestro profesor notó que empezábamos a perder el interés por aquella novedad, que ya las piedras que se veían volando camino de estamparse contra la arena apenas se escuchaban, alzó la voz y dijo:

- Si alguno de vosotros, por accidente, cayera dentro de la arena, ¿Qué creéis que pasaría?

Todos miramos al profesor y alguien dijo que nos hundiríamos como las piedras.

–Te ahogas en la arena dijo alguien. Y todos nos echamos a reír.

Don Francisco, tomó una piedra en sus manos y la arrojó con fuerza sobre la arena. Se hundió rápidamente. Después tomó otra piedra y la depositó suavemente en la arena; también se hundió, pero tardó más rato en ser engullida.

El profesor nos hizo acercarnos a él y dijo:

-Ahora, con la edad que tenéis, no sabéis nada de densidades, de masas ni de volúmenes. La piedra se hunde porque es más densa que el agua. Las arenas movedizas tan sólo son agua mezclada con arena. Y nuestro cuerpo, el cuerpo humano es menos denso que el agua, si encima le añadimos arena al agua todavía es más densa. Por lo tanto podemos flotar en las arenas movedizas. ¿sabéis en qué consiste el truco para poder flotar si alguno de vosotros tuviera la desgracia de pisar éstas arenas?

Todos lo mirábamos boquiabiertos. Bajó un poco la voz como táctica para que todos prestásemos atención y susurró:

- El truco consiste en no ponerse nervioso, en no hacer movimientos bruscos, en intentar estar relajado, en tener paciencia, pero sobre todo en no intentar salir con movimientos rápidos, mas bien todo lo contrario, mas bien hay que moverse lentamente y dejar que nuestro cuerpo flote.

Hace treinta años que escuché esas palabras y todavía hoy las recuerdo.

En aquella época, mi hermano Marcos estaba en la clase justo al lado de la mía. El no iba de excursión y su maestro, don Jacinto, tenía fama de pegar coscorrones a los niños, todos le teníamos miedo a don Jacinto. Me daba pena mi hermano, y a la vez no podía evitar sentirme orgullosa de ser mayor y poder tener un maestro como el mío.

A mitad de curso, don Francisco nos dijo un día que iba a dedicar una tarde a la semana para hacernos pruebas y saber así lo listos que éramos. Yo fui la primera en medir mi inteligencia. Empezó por mí por accidente, debía ser otra niña la que comenzara las pruebas. El maestro era muy democrático y sorteó la letra del abecedario que empezaría. Tocó la S. Llamó:

- Carmen Serrano.

Pero Carmen casi nunca asistía a clase y aquel día no fue una excepción. Quise que me tragara la tierra, quise desaparecer, quise ser como Carmen, que nunca aparecía por el colegio.

- Micaela Sotomonte… Tu si estás…. Bien, vamos al despacho del director.

Continuará…