Debía tener unos siete años cuando me dí cuenta: no veía bien. Nunca pensé que la vida podía percibirse más brillante y clara de lo que yo la distinguía. A raíz de mi descubrimiento, empecé a cultivar el arte del disimulo, bajo ningún concepto quería que nadie se diera cuenta de mi limitación. Para mí era una tara, un defecto imperdonable del que nadie debía sospechar. Mi mente infantil, asociaba gafas con niña repelente. Imaginaba que me ponían gafas y entonces todos en el colegio me llamaban cuatro ojos. Sólo pensar en ello hacía que sintiera un dolor impreciso en el estómago. Sentía nauseas. Visto con la distancia que dan los años y la sabiduría de la experiencia, aquel terror infantil a las gafas parece una tontería, una necedad, un despropósito, un disparate, porque el no querer usar unas simples gafas implicaba limitarme en muchos aspectos importantes de la vida. Todo iba bien, todo era perfecto hasta que a aquel maestro se le ocurrió sentarnos en los pupitres por orden alfabético. La S es la octava letra del abecedario empezando por el final. Si, mi mesa quedaba casi al final de la clase y mis ojos no distinguían las letras de la pizarra. Creo que aquella decisión tan franquista, por injusta y unilateral, del maestro influyó en mi carácter de forma decisiva. Yo era una alumna brillante, inteligente, intuitiva, con un futuro prometedor por delante, que se vio truncado por el azar de una letra, la letra S. Una niña como yo, que aspiraba a ser la líder de la clase no podía llevar gafas como cualquier empollón.

El destino, que es caprichoso y pendenciero quiso sentarme delante de Antoñito Suarez Espada, un niño al que siempre tuve miedo. Espada, ahora me doy cuenta, era algo retrasado, con una crueldad que casi rozaba el sadismo. De repente advirtió que yo existía. Empezó dándome manotazos en la espalda, patadas por debajo de la silla y acabó haciéndome mucho daño. Me veía por la calle y venía corriendo hacia mí para darme puñetazos y patadas. A veces lo veía venir y me quedaba paralizada por el terror esperando el golpe. Nunca entendí por qué lo hacía, por qué me pegaba, por qué sentía placer cuando me golpeaba ni qué le había hecho yo. Sentía pánico de cruzarme en su camino. El imbécil, el sádico Espada estaba limitando mi vida. A veces aparecía donde menos lo esperaba y el golpe no se demoraba un segundo, lo sabía por el dolor y la rabia que aparecían en mi cerebro casi a la misma vez. Un día decidí que no podía seguir así, el miedo no podía anestesiarme, tenía que hacer algo. La victima se convirtió en verdugo, pasé de presa a cazador. Durante varios días estudié sus movimientos, apunté sus horarios, vigilé su casa. Fue la primera vez que hice de espía, y me gustó el papel. No sería la última. El tiempo me auguraba muchas sorpresas. Sabía que tenía que asustarlo mucho para que me dejara en paz. Sopesé contárselo a mi hermano, pero deseché la idea. Espada nos pegaría a los dos. Mi hermano no servía para pelear. Mi barrio, como todos los suburbios de las grandes ciudades escaseaba de jardines y columpios y gozaba de grandes descampados y socavones por doquier donde los matorrales crecían salvajes. Aquel día no tuve miedo, no me paralizó el espanto, al contrario, sabía que era mi última oportunidad de librarme de él. Lo había medido y ensayado todo al milímetro. Cuando me vio, clavó sus ojos en mí y notó que mi mirada no era la de siempre, no había pavor en mis ojos, sólo desafío. Echó a andar hacia mí con una sonrisa que me pareció obscena, seguro de su victoria, seguro de su superioridad. Eché a correr, él me siguió, el tigre en busca de la gacela. Llegamos a la carrera al descampado de los gitanos, donde en primavera, con el buen tiempo, aparecían como por arte de magia varias furgonetas cargadas de familias gitanas, se instalaban allí y no desaparecían hasta que no empezaba el mal tiempo. Espada me pisaba los talones, casi me alcanza, lo notaba muy cerca de mi. Yo había estudiado bien el terreno y sabía cuando tenía que hacer un giro de noventa grados: ya, ahora. Cayó en un hoyo y se rompió una pierna, lo supe después. Cogí un palo que tenía escondido disimulado entre las hierbas que crecían salvajes y le golpeé la espalda. Se puso a llorar. Ojalá te pudras le escupí en la cara. Si vuelves a tocarme un pelo, la próxima vez te mato. Y lo dejé allí, sólo, asustado, dolorido. Lo encontraron muchas horas después, cuando ya se había hecho de noche y sus padres, temiendo lo peor dieron parte a la Guardia Civil. Luego supe que se había cagado los pantalones y que tuvieron que envolverlo en una manta de los tiritones que tenía, más de miedo que de frío. Nunca más volvió a ponerme una mano encima. Evitaba cruzarse conmigo. Desde aquel día siempre me enfrento al miedo, nunca le doy la espalda.

Treinta años después, el descampado de los gitanos ya no existe, se convirtió en un paseo con árboles, jardines y bancos donde los viejos del barrio comparten asiento con drogadictos, parados, amas de casa desocupadas y algún que otro niño que no va a la escuela. Algunas mañanas, los operarios del ayuntamiento riegan el césped, que se empeña en no arraigar en la tierra o cortan ramas a los árboles, o simplemente barren la basura que tiramos en un intento de humanizar los edificios de alrededor, castigados por el tiempo, la desgana de sus habitantes y la desidia del mundo.

Ahora llevo gafas, y ya no veo la vida desenfocada, tal vez algo desfigurada, pero esa es otra historia.

Continuará….