A medianoche despierto desorientada, me noto desnuda y no sé bien donde estoy. Por un momento creo que estoy en Roma. A veces de tanto contar una mentira, te la acabas creyendo. Todo está oscuro, miro sin ver y no distingo ni una gota de claridad. Pienso en la muerte, en la ausencia de vida, en que morir debe ser muy similar a esta lúgubre oscuridad, a este silencio sepulcral. Pasan por mi mente los fallecidos que he visto en los últimos días. Recuerdo aquel anciano, su tez pálida, casi transparente, ojos ausentes, vidriosos, preparándose para el viaje sin retorno. Observo el preciso momento en que deja de respirar, es un ronquido suave, después nada, sólo el vacío, la huida.  Después vinieron a buscarlo, lo metieron en un plástico y se lo llevaron al depósito. Me apremian para que limpie la habitación, todavía la cama caliente. He limpiado ya tantas habitaciones en el hospital donde acaba de morir alguien que ya no siento pena, ni tristeza, ni miedo, nada. A todo te acostumbras, incluso a convivir con la muerte.

Creo que voy a encender alguna luz. Es imposible que nadie desde la calle pueda verme. ¿Por qué no me habré ido a Roma? ¿Por qué se me ha ocurrido venirme al piso de Antonio? En momentos como este creo que me estoy volviendo loca, que tengo comportamientos irracionales, difíciles de explicar. Decisiones inverosímiles, absurdas. Debería plantearme seriamente consultar con un psiquiatra.

Camino descalza por la casa, me gusta, da sensación de libertad. Me detengo en la puerta del estudio, apoyo la cabeza en el quicio de la puerta y dejo que pasen los minutos, no sé bien cuanto tiempo pasa, ni en qué pienso, mi mente descansa.

El estudio de Antonio es acogedor: frente a la ventana hay una mesa con el ordenador, la pared de la derecha está forrada con una estantería hasta el techo, todos los huecos ocupados por libros, en la pared de la izquierda más estanterías con libros, pero sólo hasta media pared, por encima,  colgados,  dos cuadros, uno con el famoso retrato de la muchacha afgana,  

Dios mío, me digo, que ojos, son de un verde tan intenso que parecen traspasarte, pero no te miran a ti, miran al interior de tu alma. Recuerdo que hace poco leí por algún sitio que la estuvieron buscando, a la chica de la fotografía, y encontraron los mismos ojos, pero ya no eran iguales, veinte años después la cámara ya no captó la expresión de aquellos ojos inocentes y llenos de luz. Lo que si captó fue el deterioro de una vida llena de penalidades. El otro cuadro es una reproducción de Martin Johnson Heade,

donde en primer plano hay una orquídea de un color rosa intenso, que  parece pintada en tres dimensiones, y un colibrí que la mira embelesado, el conjunto del cuadro te hace pensar en un atardecer melancólico y lleno de sensualidad. Hay un sillón de cuero negro, con ruedas y respaldo alto al lado de la mesa. Me siento, y me doy cuenta que también es giratorio. Doy unas cuantas vueltas por la habitación que gira ante mis ojos cada vez más rápido. Cuando me canso de dar vueltas dejo que la fuerza de la gravedad me pare. Me siento un poco mareada. Lo miro todo, mis ojos pasean de un lado a otro y se posan en el ordenador.  Me veo reflejada en la  negra pantalla. Alargo la mano y lo enciendo.  Siento un ligero pinchazo en la conciencia, como si estuviera profanando una vida ajena. No pasa nada, me digo, a nadie le importa. Antonio está muerto, no va a venir a pedirme explicaciones. El ordenador me pide la contraseña, elijo una palabra al azar: superman, contraseña no válida, Antonio, contraseña no válida, vuelve a escupirme el ordenador. Busco la fecha de nacimiento de Antonio, su DNI, y tampoco. Que tontería, nunca voy a averiguar la palabra correcta, ¿Qué coño habrás escrito aquí? Escribo mi nombre: Micaela y le doy al enter. ¡Dios mío! ¡La contraseña correcta es mi nombre! No me lo puedo creer. ¿Por qué habrá elegido precisamente esta contraseña?

Ante mi aparece una playa caribeña de arena blanca y un montón de carpetas para abrir.

Fin del dia 2

Día 1