El parto duró cinco días con sus correspondientes noches, noches frías de otoño. Su madre le contaría después que se pasó el tiempo tumbada en la cama mirando cómo, el álamo que asomaba sus ramas por la ventana, agitaba las hojas que iban cayendo una tras otra. La comadrona le ponía paños de agua helada en la frente para intentar bajarle la fiebre y le susurraba al oído que el niño venía de nalgas. La parturienta aterrorizada por los dolores y la fiebre sólo quería morir, que se acabara todo de una vez. La quinta noche, cuando la comadrona dormía agotada el niño quiso salir del vientre materno y se escurrió entre las nalgas de la madre. Era una niña y le pusieron Micaela. Dicen que tardó dos días en emitir el primer sonido y que tardó dos días más en dejar de llorar. Era mi abuela, la que se me aparece en sueños. Y nació un trece de octubre, igual que yo y que muchas otras mujeres de mi familia. En cada generación una mujer de mi familia nace siempre en esa fecha. Eso me cuenta mi abuela.