Joan Prats nunca había pensado en irse del pueblo, se presentía útil y necesitado. Y sobre todo era feliz.  Quería a su sobrina como a una hija, se divertía inventando cuentos para ella, jugando al escondite y dejándose atrapar por la chiquilla cuando jugaban a correr uno detrás del otro.  Era alto y desgarbado, con aspecto de hombre tímido, rubio y con media barba. Algunas mujeres se presentaban en su consulta con enfermedades imaginarias sólo para poder hablar un rato a solas con aquel médico que se pasaba las horas muertas jugando con su sobrina o paseando por el campo escuchando a los pájaros trinar. El no parecía darse cuenta de los esfuerzos que hacían algunas de sus pacientes más jóvenes para idear dolencias ficticias y con esa excusa  que él les hiciera un poco de caso. Todo el mundo sabía que cuando Joan Prats, médico de vocación y ornitólogo de afición observaba los pájaros, el mundo dejaba de existir a su alrededor y nada ni nadie era capaz de distraerlo de aquello que no fuera identificar el canto de los pájaros.

Nadie podía imaginar que aquella paz idílica que respiraba aquel hombre acabaría el día en el que la escopeta de caza que limpiaba se disparó accidentalmente con la mala fortuna de atravesar por el camino el cuerpo diminuto de la niña. Nada pudo hacer Joan Prats con toda su sabiduría de médico inquieto para salvar a su sobrina que murió casi instantáneamente en los brazos de su tío. Era otoño, trece de octubre, fecha que quedaría siempre grabada en su memoria, y que el tiempo, caprichoso y voluble se encargaría de recordarle muchos años después y muy lejos de allí, cuando su hija naciera, también el mismo día, a la misma hora y en idéntico mes.