Me exprimo el cerebro y no consigo recordar su nombre, ni tan siquiera su cara, sólo recuerdo la postura: desafiante, un poco obscena, con los pantalones tejanos apretados,  brazos cruzados, tumbado hacia atrás con las piernas abiertas encima de un pupitre que ya se le hacía pequeño a un cuerpo que  rozaba la adolescencia. Yo contemplando su paquete sin disimulo, porque realmente no miraba aquel bulto por ser suyo sino por lo excitante que resultaba recrearme en algo que nunca había visto.  Pensaba, eso si lo recuerdo, en como sería aquello que tenía entre las piernas, como sería cogerlo con mis manos. Ahora, pasados los años, he visto ya unos cuantos y los he tenido entre mis muslos.  Y aún así, sigo recordando la excitación que sentí y  esa  primera estela de deseo tan sólo imaginada.