La noche más larga es aquella que quieres que pase rápida, como pasan las estrellas fugaces en el cielo: veloces;  que casi ni ves, que parecen un engaño del subconsciente, que te preguntas si de verdad las has visto o son producto de tu imaginación. Tumbada en la cama de un hospital extraño para mí, una mujer desconocida duerme un sueño inquieto. De vez en cuando abre los ojos, unos ojos negros como  pozo sin fondo y que al mirarlos reflejan mis miedos más profundos. No siento amor por esa anciana, ni tan siquiera el más mínimo atisbo de aprecio. Tampoco la odio. Simplemente siento indiferencia por ella. Durante las largas horas que paso a pocos centímetros de su aliento en una noche fría y oscura de enero me pregunto qué hago aquí. Que hago en esta habitación. Y siento que el tiempo se detiene, que no pasa, que me encierra en un torbellino de oscuridad. La cabeza me da vueltas. Me ahogo. Necesito aire. Y salgo al pasillo, casi tan negro como los ojos de la enferma. Deambulo un rato, no sabría precisar cuanto tiempo por tortuosos pasillos desconocidos. Me  siento perdida en un  laberinto de puertas. Por fin, al final del túnel atisbo una escalera serpenteante también oscura y tétrica. Me da miedo bajar. Planto cara al terror y bajo uno a uno los ochenta y ocho peldaños que me separan del aire fresco de la noche. Los voy contando: uno, dos, tres....ochenta y ocho. No reconozco el lugar. He bajado demasiado. Estoy en el sótano. No hay nadie a mi alrededor, sólo rótulos. Giro sobre mi eje y no veo escrita la palabra salida. Imagino que por allí cerca está la morgue y me invade el pánico. Ahora ya no cuento los escalones de subida. Los subo de dos en dos, de tres en tres. No sé como llego a la entrada principal. Estoy casi sin aliento y con el corazón latiendo a velocidad de vértigo. Me siento en el bordillo y lloro lágrimas silenciosas. Saco del bolsillo del abrigo un cigarro. Lo enciendo y me lo fumo despacio, sin prisas, esperando que cuando se consuma, la noche haya dado paso al día.