Caminamos los dos cogidos de la mano, descalzos por el Boulevard de los Sueños Rotos. Creo que es una calle de París. Sé que estoy soñando porque nunca he estado en París. La calle está desierta, tu y yo caminamos despacio, mirando al frente. Las personas que encontramos a nuestro paso no se mueven, están rígidas como esas estatuas humanas que pueblan las Ramblas de Barcelona. Es como si el mundo se hubiera detenido y sólo nosotros dos existiéramos. La calle es muy larga, parece que no tiene fin. Tengo los pies ensangrentados de tanto andar. Intento decirte que quiero descansar, pero al mirarte no veo tu cara. Y donde debería estar tu rostro veo un pozo oscuro, una mancha negra que me impide reconocerte. De repente el paisaje cambia. Ahora estoy sobre un tablero de ajedrez, soy la reina blanca. El caballo negro se acerca peligrosamente a mí. Llevo puestas unas zapatillas blancas de ballet. Los pies siguen sangrándome. Corro por el tablero y voy dejando gotas de sangre delatoras. Una mano me agarra del cuello y me saca del juego. Intento ponerle rostro a la mano. Justo cuando voy a descubrir su cara, escucho una voz ronca que me dice: jaque mate. Todo se vuelve negro y ya no puedo ver nada. Alguien dice: has perdido. Y yo me lo creo.