A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir cruzándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta. Me imagino una tormenta como ésa. Un blanco remolino que apunta al cielo, irguiéndose vertical como una gruesa maroma. Mantengo los ojos y las orejas fuertemente tapados con ambas manos. Para que la fina arena no se me meta en el cuerpo. La tormenta se acerca deprisa. Desde lejos puedo sentir la fuerza del viento en la piel. Va a engullirme de un momento a otro. (página 11)

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 Y tú en verdad la cruzarás, claro está. Esta violenta tormenta de arena. Esta tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás. Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que el tú que surja de la tormenta no será el mismo tú que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la  tormenta de arena. (página 12)

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-¿Quién eres? -pregunta la señora Saeki-. ¿Cómo sabes tantas cosas y las sabes tan bien?

"Quién soy yo, seguro que tú también lo sabes", le dices a la señora Saeki. Yo soy Kafka en la orilla. Tu amado, tu hijo. El joven llamado Cuervo. Ninguno de los dos puede ser libre. Estamos siendo engullidos por un remolino. A veces nos encontramos fuera del tiempo. En algún lugar fuimos alcanzados por un rayo. Por un rayo que no tenía ni sonido ni forma.

Esa noche volvéis a hacer el amor. Tú escuchas cómo se va llenando el vacío que hay dentro de ti. Es un sonido tan leve como el de la fina arena de la playa desmenuzándose bajo la luz de la luna. Contienes el aliento, aguzas el oído. Estás dentro de una hipótesis. Estás fuera de ella. Estás dentro. Estás fuera. Inspiras, retienes el aire, espiras. Inspiras, retienes el aire, espiras. Prince canta sin descanso, como un molusco, dentro de tu cabeza. La luna asciende en el cielo, la marea avanza. El agua del mar se vierte en el río. Las ramas del árbol que hay junto a la ventana tiemblan nerviosamente. Tú la abrazas. Ella esconde la cara en tu pecho. Tú percibes su aliento en tu pecho desnudo. Ella palpa cada uno de tus músculos. Lame dulcemente tu pene enrojecido como si lo aliviara. Eyaculas una vez más en su boca. Ella traga tu semen como si fuera algo precioso. Besas su sexo. Lo recorres con la punta de la lengua. Te conviertes ahí en otra persona, en otra cosa. Estás en otro lugar.

-Dentro de mí no hay una sola cosa que tengas que saber- dice ella. Hacéis el amor hasta que llega la mañana del lunes, aguzáis el oído al tiempo que pasa. (Página 397)

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