Publicidad:
La Coctelera

Categoría: el vecino

SOY UNA OCUPA (Con K) Día 1 de 7

 

Me voy una semana de vacaciones a Roma, o eso he dicho. Se lo he contado a todo el mundo, a mi madre, a mis vecinos, a mis compañeras de trabajo y a quien me ha querido escuchar. No he comprado billete de avión, no he reservado alojamiento en ningún hotel. Roma no me espera. Les he mentido a todos, y lo más curioso es que  me creen, claro que por qué no iban a creerme.

Llega el momento de irme. Mi madre sale a despedirme a la puerta, me recomienda que sea cuidadosa, que una mujer viajando sola debe extremar las precauciones que no vaya a lugares peligrosos o solitarios.  Llega el ascensor y me abraza, me besa y me dice por enésima vez: - ten cuidado, mucho cuidado, hija.- Toco el botón de la planta baja y escucho como mi madre cierra la puerta de casa. Al llegar a la portería tengo suerte, no hay nadie. No salgo del ascensor, pico al tercero, el ascensor sube. Meto la mano en el bolsillo del abrigo y  saco la llave del piso de Antonio. No me ha visto nadie. Abro la puerta con sigilo, me quito los zapatos y sostengo la maleta en peso para no hacer ruido. Ya he llegado a Roma, me digo. Hace meses que quiero estar sola, que me apetece no ver a nadie. El piso de Antonio sigue libre, nadie se ha instalado en el. Está todo igual que el día que murió. Un buen día se me ocurrió la idea, se me instaló en el cerebro y ya no pude deshacerme de ella.

Miro a mi alrededor y los recuerdos aparecen como si no hubiera pasado el tiempo. Me siento en el sofá, más que sentarme me tiro encima. Que sola estoy, pienso. Pasa una hora, tal vez dos, que importa el tiempo si nadie me espera. Me viene a la cabeza la canción de Sabina:  

.... Yo me dije cuidado chaval, te estás enamorando,  luego todo pasó de repente, tu dedo en mi espalda...

 ... y nos dieron las diez,  y las once,  las doce y la una y las dos y las tres y desnudos al anochecer nos encontró la luna...

...Nos dijimos adiós, ojalá que volvamos a vernos...

... y nos dieron las diez,  y las once,  las doce y la una y las dos y las tres y desnudos al anochecer nos encontró la luna...

Ya estás sola me digo, ¿no querías soledad?

...Y nos dieron las diez, y las once...

Me quedo dormida tarareando la canción. Tal vez por ese punto canalla que les presupongo a los dos, Sabina me recuerda a Antonio

Todas las persianas de la casa están bajadas. Abro la maleta y saco un rollo de bolsas de basura negras y cinta adhesiva. Precinto algunas ventanas para poder encender la luz sin que se vea desde la calle. No quiero que algún vecino que sabe que el piso está desocupado llame a la policía o se presente aquí. Estoy convencida que en este barrio nadie va a notar nada, pero no está de más tomar precauciones. Saco de la maleta la comida que he preparado para una semana. Me preparo algo de comer. Voy al baño, me lavo los dientes y preparo la bañera. Cierro los ojos y vuelvo a ver el cadáver de Antonio tal y como lo vi aquel día. Abro los ojos y ya no está. Alejo esos pensamientos de mi cerebro. Me desnudo y me meto en la bañera llena de espuma con olor a lavanda. Estoy tan a gusto..., que silencio, que maravilla de baño. Cuando los dedos de las manos se me empiezan a arrugar salgo de la bañera y me envuelvo en una toalla. Me miro al espejo y no me reconozco, pero soy yo, la misma de siempre. Me seco despacio, sin prisas, saboreando mi aislamiento, saboreando el momento. Me paseo por la casa, desnuda en mi soledad.

Me meto en la cama, es inmensa, como todo en esta casa.

Me lo creí, creí que al fin tenía un espacio, un lugar en el mundo que te hace sentir bien sola. Me dormí pensando en ello.

A medianoche despierto desorientada....

Fin del día 1

Hace dos noches (I)

A veces se hacen locuras sin pensar, simplemente las haces, y es después cuando ya no tienen remedio, cuando te das cuenta de lo que has hecho. Hace unos días entré en casa de Antonio. Ahora lo pienso fríamente y creo que las consecuencias de ese acto inconsciente podían haberse puesto en mi contra. Cada vez que pienso en ello siento escalofríos.

Hace dos noches me quedé dormida en el sofá. Mi madre hacía rato que se había tonado una pastilla y dormía en su habitación. Matías ha encontrado un trabajo de vigilante nocturno y duerme de día. Casi no nos vemos. Ahora la dueña del mando a distancia de la televisión soy yo. Ya no veo partidos de fútbol ni carreras de coches. Se acabaron. De vez en cuando a mi madre le da por ver algún programa de esos que a ella le gustan, pero siempre se acuesta antes de que acaben, la pastilla le da sueño. Me quedo sola, mando y sofá para mi. Cambio de cadena, veo los programas que me apetece ver y me quedo dormida sin que nadie me moleste.

Hace dos noches me desperté sobresaltada. Debía estar soñando algo, aunque no recuerdo qué. Recuerdo que sentía vacío en el estómago. No era dolor, era otra cosa. Era como si notara que me faltaba algo. Tenía a la vez una sensación grande de hastío, de vacío interior, de disgusto, de apatía, de melancolía...

Me levanté y fui a la cocina. Pensé que un vaso de leche me aliviaría, pero no, un vaso de leche no alivia el desencanto.

No intento justificarme. Simplemente cuento como estaba aquella noche. Necesitaba hacer algo. Si hubiera tenido valor habría salido a la calle a pasear, pero no lo tengo, soy miedosa, así es que me asomé a la ventana a mirar la calle. La calle estaba vacía y apenas iluminada. Pensé en Antonio y una idea se instaló en mi cerebro. Esa idea lo ocupaba todo: subir a casa de Antonio, subir a casa de Antonio, subir a casa de Antonio... Busqué la llave. Miré por la mirilla. No había nadie en el rellano ni se escuchaba ningún ruido. Miré el reloj. Eran casi las tres de la mañana. Con cuidado y sin hacer ruido abrí la puerta de mi casa. En unos segundos estaba frente a la puerta de Antonio. Tanteé la cerradura, introduje la llave y entré en la casa. Cerré la puerta y me quedé unos minutos allí, de pie, en la oscuridad, sin saber que demonios estaba haciendo. Cuando recobré la razón quise irme, pero no me moví. Mis ojos se iban acostumbrando a la oscuridad y empecé a reconocer los muebles, la mesa del comedor, las sillas, el sofá...Fui hacia el sillón y me senté. No puedo recordar el rato que estuve sentada en el sillón, sin saber que hacer, sin atreverme a encender ninguna luz y sin querer irme de aquella casa que me tenía hechizada. Recordé que en el cajón de la mesa de la cocina había una linterna. Me levanté y fui a buscarla.

Un ruido extraño

Anoche escuché ruidos extraños. En el duermevela del sueño me pareció oír un golpe, como si alguien hubiese dejado caer algo al suelo. Me despertó la extraña sensación de que algo andaba mal. Abrí los ojos. Miré el reloj. Eran las cuatro de la mañana. Agucé el oído. Ningún sonido. Sólo el tic tac del reloj. Estuve un rato con los ojos abiertos y los sentidos alerta. Mi madre roncando en la habitación de al lado. De repente pasos por la escalera, pasos apresurados. Me levanto, voy hacia la puerta y miro por la mirilla. No veo nada. Estoy un rato detrás de la puerta. Nada. Sólo silencio. Un perro ladrando interrumpe mi desconcierto. Abro la puerta. Voy descalza. Subo las escaleras y veo la puerta de Antonio abierta de par en par. La cinta policial con la que han precintado la puerta está tirada en el suelo. No debería entrar, puede ser peligroso, pero entro. Las luces están encendidas y todo está revuelto. Paseo por la casa. Entro al cuarto de baño y veo la silueta de Antonio dibujada en la bañera. El no está pero yo lo veo, como si todavía estuviera. No sé cuanto rato estoy allí, de pie, absorta en mis pensamientos. Me doy cuenta de que si alguien me ve, será difícil explicar mi presencia en la casa. Recobro la cordura y decido llamar a la policía. Salgo al rellano y me siento en las escaleras a esperar. Cuando llega la policía me encuentra sentada en las escaleras del rellano. La vida está llena de casualidades. Reconozco al mismo hombre que me interrogó en la comisaría. Estoy descalza y en pijama. El también me reconoce. Se agacha y dice – Chiquilla, te vas a helar. ¿no te das cuenta del frío que hace?- Pone sus manos en mis hombros y me mira a los ojos mientras intenta levantarme suavemente. Su compañero entra en la casa de Antonio. El me toma de la mano y entra conmigo en la casa. Hablan entre ellos. Dicen que los ladrones buscaban algo. Una vecina abre su puerta. Ha escuchado ruidos y sale a ver que pasa. Empieza a venir gente. Veo a mi madre que pregunta con cara de susto – Micaela,¿qué pasa? ¿qué haces con ese policía? – No contesto. Alguien lo hace por mi. – Han entrado a robar- Casi sin darme cuenta me encuentro sentada en el coche patrulla. Tengo mucho frío, tirito. El se quita la chaqueta y me la cede. Cuando llegamos a la comisaría pienso en los indigentes que duermen en la calle. Pienso en el frío que cala los huesos. Estamos él y yo solos en su despacho. Me doy cuenta que estoy en pijama y descalza y siento vergüenza. Su voz resuena en mis oídos – Buscaban alguna cosa. ¿tienes idea de que podía ser? – Pienso en la llave que me dio Antonio, pero no digo nada. Sólo niego con la cabeza. Mi boca no habla. –Esto le da un nuevo enfoque al caso- dice. A ver si vienen los resultados de las autopsias. Habla en voz alta. Pero no me lo está diciendo a mi. Se lo dice a el mismo. Me doy cuenta que me está mirando los pechos y me ruborizo. Nota mi turbación y sonríe. Abre un cajón. Saca un puro y lo enciende. Se acerca a mi por encima de la mesa y me dice – Micaela, eres condenadamente guapa, ¿lo sabes? ¿verdad?- No contesto. Miro al suelo. El insiste – ¿Quieres cenar conmigo mañana?- No sé que contestar. Me callo. No me gusta el olor a puro. - No puedo- le digo. Y se sorprende de mi negativa. –Bueno, otro día- dice.

Continuará...

No desearás la muerte del vecino (tendrás remordimientos)

Escuché un ruido estridente, lejano. Parecía la sirena de un coche de policía. Al principio apenas se oía. Después la intensidad fue aumentando. Abrí los ojos y no supe reconocer aquel sonido. Pasó un rato hasta que identifiqué qué demonios pasaba. Sonaba el despertador. Eran las seis de la mañana. Hora de levantarse. Me di la vuelta y apagué el maldito reloj. Enseguida noté la hinchazón de mis ojos y recordé que había estado llorando casi toda la noche. Por un momento no supe si la mujer mas bella del mundo también había sido un sueño o existía de verdad. Cuando conseguí despertar del todo, me di cuenta que de verdad hubiera deseado que Antonio muriese. Y Antonio había muerto la noche anterior. Cuando llegó la policía, nos trató a todos como delincuentes. Ahora somos todos sospechosos. Cuando vino el juez para los levantamientos de los cadáveres y se los llevaron metidos en bolsas de plástico, pensé en la fragilidad de la vida. Nunca sabemos cuando vamos a morir ni lo que nos va a pasar mañana. Es posible que lo mejor sea no saber. La policía calificó la muerte de Antonio como muerte en extrañas circunstancias. Le van a hacer la autopsia. Creen que puede tratarse de una sobredosis. Pero no están seguros. Nos han citado a todos en la comisaría para interrogarnos. En nuestro edificio reina el nerviosismo. Cada vecino tiene una versión de los hechos diferente. Lo que si está claro es que no volveré a ver a Antonio. Antes de irme a trabajar, he subido a la casa de Antonio y me he quedado un rato mirando la puerta precintada. He sentido unas ganas terribles de romper la cinta y entrar en la casa. Me siento tan culpable por haber deseado la muerte de Antonio. Tengo la sensación de haberlo matado yo. Tengo los ojos hinchados y el corazón roto en pedazos. Salgo a la calle. Por fin este invierno empieza a hacer algo de frío. Ya va siendo hora. Pienso en mi abuela, en mi padre, en Antonio, en la mujer mas bella del mundo y me doy cuenta de que mis pensamientos son todos para gente muerta.

Cuidado con lo que deseas (puede hacerse realidad)

No llegué a verla. Me lo contó Matías, mi hermano. Abrió la puerta de casa y le faltó tiempo para contármelo. Me explicó con pelos y señales que había visto a la criatura más hermosa de la tierra. Matías siempre está en la calle. Se sienta en uno de los pocos bancos que aún quedan frente a nuestro edificio y deja pasar las horas. A veces me pregunto como no se aburre. No hace nada. Sólo fumar. Un cigarro detrás de otro. Hace un año tenía un trabajo que le buscó la asistenta social. Lo dejó. Decía que a él nadie lo explota. No hijo, es mejor vivir de la pensión de tu madre. Menudo gandul está hecho. De vez en cuando trae algo de dinero a casa. No pregunto de donde lo saca, lo imagino. Prefiero no saber. Un día trajo una televisión inmensa, de esas planas. Ahora tenemos cine en casa. Le dijo a mi madre que se la había vendido un amigo por cuatro duros, y mi madre se lo cree todo.

La criatura más hermosa de la tierra, era una rubia de una altura de vértigo, vestida con unas botas negras y un vestido negro ceñido al cuerpo. Buenos pechos y buen culo y una cara angelical de rasgos suaves y hermosos. Cuando Matias la vio a lo lejos pensó que aquella mujer se había perdido. Fue a su encuentro y le preguntó donde iba. Ella lo miró y le dijo que iba a casa de un amigo. ¡A casa de un amigo! ¡A casa de Antonio! Allí iba la mujer más hermosa del mundo. Miré a mi hermano, babeaba. Estaba imaginándola en la bañera de Antonio. Yo también la imaginaba. Pero ¿que esperaba? Que tonta soy. Tal vez alguna vez habíapensado que Antonio y yo... Pues no.

Aquella noche deseé que Antonio nunca se hubiera mudado a mi barrio. En la soledad de mi cama, con los ojos húmedos por las lágrimas le deseé la muerte. ¡Ojalá te mueras Antonio! Cuando me cansé de llorar, me levanté y tomé un tranquilizante de los que le recetan a mi madre para dormir.

Me despertó el ruido. Alguien aporreaba la puerta de la calle y tocaba insistentemente el timbre. Me asusté. Encendí la luz. Al abrir la puerta encontré a la vecina de arriba que gritaba que subiera corriendo. Decía algo de una llave. Subí y encontré que por debajo de la puerta de Antonio salía agua. Pensé en una avería de alguna tubería de agua, o algún grifo mal cerrado. Toqué al timbre. Nadie contestaba. Fui a buscar la llave que tenía y abrí la puerta. Entré a la casa. Mi vecina , mi madre y mi hermano Marcos iban detrás. El comedor estaba con la mesa puesta. Una botella de cava y dos copas llenas. Olía a incienso. El agua salía del cuarto de baño. Antonio estaba en la bañera tumbado boca arriba y con los ojos abiertos como platos. La expresión de su cara era de sorpresa. Yacía desnudo. Estaba muerto. El agua rebosaba de la bañera y caía al suelo. La muerte siempre es obscena. Al principio sólo lo vi a el. Después, cuando mi retina asimiló lo que ocurría y enfocó todo el cuarto de baño, vi un pie con uñas pintadas de un rojo fuego. Había una especie de separador de ambientes , y detrás estaba ella, tumbada en el suelo, también desnuda, boca arriba. Incluso muerta, pude apreciar lo bella que era. La luz de las velas que habían encendido le daban al ambiente un aire fantasmal. Instintivamente me puse la mano en la cadena que llevaba colgada al cuello con la llave que me había dado Antonio.

No llegué a verla viva.

Continuará...

Antonio (mi obsesión)

Hace días que llevo colgada al cuello la llave que me dio Antonio (mi vecino). Busqué una cadena de plata y la llevo siempre conmigo. A veces noto el frío metal en contacto con la piel y siento escalofríos. Desde el día que se presentó en mi casa para ofrecerme trabajo no he vuelto a verlo. Llevo días espiando desde la ventana sus entradas y salidas. Apunto en una libretita azul las horas en las que sale. A él no lo veo, reconozco el ruido de su puerta al cerrarse y sus pasos esperando el ascensor. Incluso alguna vez lo escucho toser. He intentado esperarlo cuando vuelve, pero casi siempre me vence el cansancio y me quedo dormida en el sofá. Llevo dos meses yendo a hacer la limpieza de su casa. Recojo el sobre con el dinero que sigue dejándome encima de la mesa. Cada día es un sobre de un color diferente, azul, amarillo, rojo, verde, negro, lila....Los guardo todos, numerados, dentro de una caja de zapatos.

Nunca me he atrevido a registrar sus cosas. Alguna vez he puesto la mano en el pomo de algún cajón y he intentado abrirlo. He sentido como si la mano me quemara y la he retirado. Hace dos días traspasé el límite. Abrí un cajón. Estuve contemplándolo, abierto, parecía invitarme. Una voz en mi cabeza decía: adelante, mira todo lo que quieras, curiosea, nadie lo va a saber. Lo primero que vi fue una caja roja de terciopelo. No sé que fue lo que hizo que abriera precisamente aquel cajón y no otro. Tomé la caja entre mis manos. Parecía antigua. El terciopelo se veía gastado en los bordes. Tenía una cerradura. Intenté abrirla. Estaba cerrada, Entonces la vi. Era una llave muy parecida a la que colgaba de mi cuello. Estaba en el fondo del cajón. La cogí con miedo y abrí la caja. Dentro había cinco llaves, todas iguales. Las comparé con la que me había dado a mi. Eran idénticas. Había un doble fondo. Escondidas, encontré seis fotografías, todas de mujeres jóvenes. Una era mía. Yo estaba allí, era una de ellas, Mi cabeza empezó a dar vueltas. Aquella foto tenía por lo menos cinco años. Recuerdo que me la hicieron en Valencia. Un primer plano en el que se me veía sonriente, incluso creo que parecía feliz. ¿ que hacía mi foto allí, en una caja de terciopelo rojo junto a las fotografías de otras cinco mujeres? ¿que demonios significaban las llaves? No tenía ni las más remota idea. Intenté dejarlo todo como estaba. En el momento en el que cerraba el cajón, escuché cómo la puerta de la calle se abría. Con la precipitación se me cayó un jarrón de cristal al suelo y se hizo añicos. Escuché la voz de Antonio:-¿Micaela? ¿eres tu? No me dio tiempo a contestar. Ya estaba en la habitación. Me miraba. Su sonrisa era burlona – Te he asustado- dijo. Miró hacia el suelo y vio los restos del jarrón. También vio un hilo de sangre en uno de mis pies. Te has cortado, dijo. Avanzó hacia mi y me sentó en la cama. Me quitó la sandalia. Abrió el armario y sacó una toalla. Hizo que pusiera el pie encima de la toalla y se dispuso a curarme la herida. Sentir el tacto de sus manos en mi piel me erizaba el vello. El parecía no notar mi turbación. Me limpió la herida con suavidad. Yo miraba al techo para no mirarle a él. Entonces noté su mano en mi cabeza y me obligó a mirarle. Se acercó y me dio un suave beso en los labios. Más que un beso, fue una caricia. El corazón me latía muy deprisa. Me tumbó en la cama. Lo deseaba tanto que casi me dolía. Fue tan dulce... Me amó como nadie jamás lo había hecho. Cuando abrí los ojos, todavía sentía dolor en el pie. La boca me quemaba y sentía un dolor sordo en el corazón. Me miré el pie. No había ninguna herida. Antonio no estaba a mi lado. Yo no estaba en su casa. Aquella era mi habitación. Todo fue un sueño. ¡Que amargo despertar!

Una idea se me ha instalado en la cabeza. La próxima vez que vaya a limpiar a casa de Antonio, abriré cajones. Ya sé que no está bien, pero, ¿quién se va a enterar?

Continuará...

El sobre azul ( una sorpresa dentro de otra )

Sostuve el sobre en mis manos, lo miré lo remiré, le di la vuelta, lo sopesé. Y no me atreví a contradecir las instrucciones de la nota. Era como si aquellas letras escritas controlasen mi voluntad. Quería abrir el sobre. No pude. Volví a dejarlo todo encima de la mesa y me dispuse a saborear los rincones de aquella casa tan diferente a cualquier otra en la que hubiese trabajado. Diferente por ser de él. Por contener sus cosas, libros que él había leído, ropa que se había puesto. Y olía a él... hasta el aire parecía ser especial allí. Por fin pude ver la bañera redonda. Había tirado un tabique y el cuarto de baño era inmenso. La bañera parecía invitar al baño. Me imaginé metida dentro, en un baño de espuma perfumada. Deja de soñar Micaela, me dije. Abrí la puerta del dormitorio. Por alguna razón desconocida, aquella habitación me resultó familiar. La cocina estaba desordenada. Los platos sucios se amontonaban en la fregadera. Dos copas de vino encima de la mesa parecían invitar al brindis. Me puse manos a la obra. Recogí la cocina, hice la cama, barrí, limpié y fregué. Me esmeré. Y el cambio se hizo visible. Estuve un rato contemplando la casa ordenada, soñando despierta y por fin recogí los dos sobres y salí de allí. Bajé las escaleras que me separaban de mi casa. Me encerré en mi habitación. Al abrir el sobre azul, noté una corriente que recorría mi cuerpo. Encontré varios folios escritos a máquina. Uno de ellos decía:
Hola Micaela, te preguntarás como podía saber yo que ibas a venir a mi casa. Nunca lo dudé, ni por un instante. Sé que tu y yo vamos a ser muy amigos y que además se puede confiar en ti. Por eso te doy esta llave. Ahora no puedo decirte que es lo que abre, pero lo sabrás a su debido tiempo. Te pido que la guardes como si fuera un tesoro.
Antonio
Miré la llave. Era una llave normal. ¿Qué demonios abrirá esta llave? Pensé. Y la metí en un cajón.
En otra hoja había escrito:
Micaela, esto es un regalo para ti. Es un cuento de Mario Benedetti. A mi me gustó mucho cuando lo leí. Espero que disfrutes con la lectura.
La Noche de los Feos
Mario Benedetti

1.
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos - de la mano o del brazo - tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿que está pasando)", le pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo como qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.
2.
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme ( y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos ( al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados , felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
(1966)

Continuará...

Un nuevo trabajo (una decisión precipitada)

Lo miré a los ojos y me pareció ver una chispa de burla en ellos. Por un momento sentí su risa taladrándome el cerebro, una carcajada imaginaria, de burla, que sólo yo escuchaba. El permanecía allí, de pie mirándome desde aquella altura de vértigo. Calculé que debía medir mas de un metro ochenta. Un hombre bien plantado.
-¿Micaela?
Micaela no estaba allí. Se había perdido en la fantasía que aquellos ojos grises que la miraban desde arriba.
-Si, desde luego, claro, claro.... como no, estaré encantada de trabajar para ti- dije con un susurro de voz.
El pareció aliviado y me dijo:
-Muy bien Micaela, me encantaría que empezaras cuanto antes. En principio puedes venir un par de veces por semana. Te dejaré las llaves. Yo trabajo todo el día. Casi no estoy en casa. Tienes bastante margen. Tu misma. No sé que hace la gente en estos casos, pero tu y yo no somos gente cualquiera, por tanto no voy a decirte haz esto y lo otro, lo dejo a tu libre albedrío. Pones un poco de orden en la casa y ya iremos viendo....¿de acuerdo?. Me tomó una mano y me puso las llaves en ella. Quería contestar, pero la voz no me salía. El ya se había ido y yo aún seguía de pie, con la mano extendida y sin saber que decir.
Decidí que iría esa misma tarde. La curiosidad siempre ha sido uno de mis defectos. Me moría de ganas de ver aquel piso, de mirar aquella bañera redonda, de tocar todo lo que él tocaba.
Subí las escaleras con miedo, como si me pesara el cuerpo. Abrí la puerta con una mezcla de desconfianza y desafío.
Lo primero que vi fue la nota. Bien visible. Encima de la mesa del comedor. Una nota a mi nombre, y dos sobres cerrados.
La nota decía: “ Hola Micaela. Estos dos sobres son para ti. En uno están tus honorarios. Te iré pagando cada día que vengas. Espero que sea suficiente. Si crees que es poco, sólo tienes que decírmelo. El otro sobre contiene un regalo para ti. La única condición que te pongo es que no abras el segundo sobre, el de color azul, hasta que no estés en tu casa. Gracias por todo.” Firmado: Antonio.
Continuará....

[an error occurred while processing the directive]