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La Coctelera

Categoría: la caja de los recuerdos

UNA CASA EN EL EIXAMPLE

 

Rechacé mi primer trabajo cuando supe las condiciones que imponía la señora y la remuneración económica que me daba a cambio. También influyó que la entrevista para el empleo la realizara en su casa y la rabia sorda que sentí. Tenía dieciséis años y toda la vida por delante. Nunca había entrado en un piso del eixample barcelonés. No tenía idea de que la gente pudiera vivir así. Di mis primeros pasos en una barraca de la periferia de Barcelona, rodeada de regueros pestilentes y  sin agua corriente.. Para lavarnos, mi madre recorría cada día el camino hasta una fuente pública donde llenaba garrafas de agua que almacenaba en una especie de patio que mi padre había construido detrás de la chabola. En verano jugábamos a nadar en barreños llenos de agua y en invierno calentábamos el agua al fuego para poder lavarnos la cara. Fue una época que recuerdo bonita a pesar de las estrecheces. Salíamos a la calle a jugar a la cuerda, a la goma, al churro media manga mangonero, a la charranca. Periódicamente un niño aparecía con un trompo, y todos comprábamos trompos, y hacíamos competiciones. Al poco tiempo y sin saber bien por qué aparecían los yo-yos, y todos con yo-yos, hasta que también se extinguían y aparecía el hula-hop, a bailar todos. No sabíamos nada de modas, ni de marcas, ni de nada. No nos interesaba. Una navidad, nos cambiaron las barracas por pisos de protección oficial. A todos nos pareció el paraíso. Un piso con baño, una bañera para ducharnos, luz eléctrica, intimidad. La gloria. Las deficiencias de construcción vinieron después. Pero qué sabíamos nosotros de defectos de materiales.

Nunca había salido muy lejos del barrio nuevo, como llamábamos familiarmente a nuestro nuevo distrito. La panadera de la esquina me dio una dirección y me dijo, di que vas de mi parte. Cogí el metro y bajé en Paseo de Gracia. Buscaba una calle perpendicular, que lo cruzaba, me perdí. Me perdí en el espectáculo de su arquitectura. Oh, La Pedrera, que majestuosidad. Tuve que preguntar por la calle que buscaba, por fín la encontré. Un portero de finca me impidió el paso, donde te crees que vas, dijo. Al principal segunda, me están esperando. No se lo creyó y llamó para confirmar. Pasa chata. Gilipollas, le dije con la mirada. El timbre de la puerta sonó con un tañido de campana que me sorprendió. Me hizo pasar a un salón inmenso, tan grande como toda mi casa. Frente a mí había una chimenea, algo que me pareció insólito. El sofá te acogía suavemente como un amante aplicado, me sentía envuelta en su abrazo. La señora me pareció muy alta, no ví sus tacones hasta que se sentó frente a mi, vestía un traje negro que se le ajustaba al cuerpo como un guante. Me pareció guapa y elegante. Se llamaba Laura. Desde entonces asocio ese nombre con la sofisticación, el estilo y a finura. También con la maldad.

Usted está buscando una canguro para sus niños, vengo por el puesto. Verás, dice. Necesito a alguien que vaya a buscar a los niños al colegio y se quede con ellos hasta que mi marido y yo volvamos del trabajo. Tengo una galería de arte, ¿sabes que es?. Claro, me gusta pintar. A veces pinto. En el barrio, la asociación de vecinos hace cursos de pintura y me apunté a uno. El profesor dice que pinto bien, que tengo estilo. La semana pasada nos llevó a ver una exposición de un amigo suyo. Pues eso, dice Laura, vendo cuadros. Tu trabajo consistiría básicamente en cuidar de los niños. Tres, dos niños y una niña. Te pagaré por semanas. Cinco mil pesetas. Volvemos tarde, sobre las once de la noche, a veces más tarde. Tendrás que darles la cena. Nada sofisticado. Verdura o ensalada, un bistec o pescado. Alguna pizza. Lo típico. De paso que haces la cena para los niños, pones un poco más y así ya cenamos mi marido y yo. Muchos días llegamos cansados y sin ganas de nada. No siempre. Muchas noches cenamos fuera, con amigos, o por trabajo. Te avisaré cuando no vengamos, claro. Tendrás que plancharle la ropa a los niños para que se la pongan por la mañana, y de paso, planchas lo que te deje sobre la tabla. Y pones un poco de orden en la casa. Con tres niños ya puedes imaginar lo que se ensucia. Miro el techo, con molduras antiguas, que le dan al ambiente un cierto aire de distinción. Techos altos, altísimos, espacios amplios. Un gran balcón que mira a un  jardín interior de patio de manzana señorial, prohibido al mundo y sólo abierto a unos pocos privilegiados que lo miran sin ver, que no lo aprecian, pienso. En un lugar como este tiene que ser un gozo vivir.

Usted lo que quiere es una criada gratis, por cuatro duros. Me sale una voz ronca, resentida. Ella me mira sorprendida. Muy digna, me levanto. Busco la puerta y salgo sin decir adiós. Muchas veces he soñado con tener una casa en el eixample. Todas las semanas me gasto un par de euros en lotería. Para ver si mi sueño se hace realidad.

UN INSTANTE LO CAMBIA TODO

 

Joan Prats nunca había pensado en irse del pueblo, se presentía útil y necesitado. Y sobre todo era feliz.  Quería a su sobrina como a una hija, se divertía inventando cuentos para ella, jugando al escondite y dejándose atrapar por la chiquilla cuando jugaban a correr uno detrás del otro.  Era alto y desgarbado, con aspecto de hombre tímido, rubio y con media barba. Algunas mujeres se presentaban en su consulta con enfermedades imaginarias sólo para poder hablar un rato a solas con aquel médico que se pasaba las horas muertas jugando con su sobrina o paseando por el campo escuchando a los pájaros trinar. El no parecía darse cuenta de los esfuerzos que hacían algunas de sus pacientes más jóvenes para idear dolencias ficticias y con esa excusa  que él les hiciera un poco de caso. Todo el mundo sabía que cuando Joan Prats, médico de vocación y ornitólogo de afición observaba los pájaros, el mundo dejaba de existir a su alrededor y nada ni nadie era capaz de distraerlo de aquello que no fuera identificar el canto de los pájaros.

Nadie podía imaginar que aquella paz idílica que respiraba aquel hombre acabaría el día en el que la escopeta de caza que limpiaba se disparó accidentalmente con la mala fortuna de atravesar por el camino el cuerpo diminuto de la niña. Nada pudo hacer Joan Prats con toda su sabiduría de médico inquieto para salvar a su sobrina que murió casi instantáneamente en los brazos de su tío. Era otoño, trece de octubre, fecha que quedaría siempre grabada en su memoria, y que el tiempo, caprichoso y voluble se encargaría de recordarle muchos años después y muy lejos de allí, cuando su hija naciera, también el mismo día, a la misma hora y en idéntico mes.

CUANDO ELLA NACIÓ

 

El parto duró cinco días con sus correspondientes noches, noches frías de otoño. Su madre le contaría después que se pasó el tiempo tumbada en la cama mirando cómo, el álamo que asomaba sus ramas por la ventana, agitaba las hojas que iban cayendo una tras otra. La comadrona le ponía paños de agua helada en la frente para intentar bajarle la fiebre y le susurraba al oído que el niño venía de nalgas. La parturienta aterrorizada por los dolores y la fiebre sólo quería morir, que se acabara todo de una vez. La quinta noche, cuando la comadrona dormía agotada el niño quiso salir del vientre materno y se escurrió entre las nalgas de la madre. Era una niña y le pusieron Micaela. Dicen que tardó dos días en emitir el primer sonido y que tardó dos días más en dejar de llorar. Era mi abuela, la que se me aparece en sueños. Y nació un trece de octubre, igual que yo y que muchas otras mujeres de mi familia. En cada generación una mujer de mi familia nace siempre en esa fecha. Eso me cuenta mi abuela.

Cuando los sentidos se agudizan (la caja de los recuerdos V)

Hay días en los que los sentidos se agudizan. Hoy es uno de esos días para mí. Tengo el olfato atrofiado y alguna vez, muy de vez en cuando vuelvo a oler como antes. Entonces recuerdo. El olor a tierra húmeda me aproxima a los veranos en el pueblo y ese olor enlaza con otros momentos de mi infancia, retazos sueltos de ideas que van y vienen. Una chimenea encendida, troncos de olivo quemando lentamente, la ropa que se impregna de humo. Mi abuela contando historias del pasado. Y yo mirándola con unos ojos como platos, abriendo los sentidos para recordar cuando ella ya no esté, cuando sólo sea un recuerdo en mi mente.

Mi abuela se levanta de la silla y va hacia un armario, lo abre y saca una caja de latón. Vuelve a sentarse y la caja descansa en sus rodillas. Sonríe. Lentamente la abre. Me inclino sobre ella y veo un montón de fotografías, viejas fotografías de color sepia desgastadas por el tiempo. Son gentes que no conozco. Escoge una. Esta es mi hermana, dice. La toma entre sus manos con infinita ternura. Tenía dieciseis años cuando murió. Veo a una mujer joven y rubia. La encuentro guapa. Te pareces a ella, dice. Busco un parecido y no lo encuentro, pero no digo nada. Mi abuela sabe mas que yo.

Me preparo. Sin duda mi abuela va a contarme la historia de su hermana.

Se llamaba Matilde, cuenta mi abuela con voz nostálgica, y era rubia como tu. El color de sus ojos era indescriptible y dependía de su estado de ánimo, una mezcla entre azul y verde, otras veces parecían grises. Tenía los ojos más extraños y enigmáticos que jamás he conocido. Eran unos ojos que atrapaban, seductores, altivos. Con apenas quince años conoció al amor de su vida. Desde ese instante sus ojos se transformaron, se volvieron verdes, verdes como la esperanza. Juan Prat, así se llamaba, llegó al pueblo en primavera, cuando los almendros florecían. Matilde lo vio llegar y lo esperó. Lo miró con aquellos ojos indescriptibles y lo atrapó. El sólo dijo: tu vas a ser la madre de mis hijos. Ella echó a correr. Desde ese momento los dos acechaban al tiempo para encontrarse. Así transcurrió un año. La primavera siguiente Juan se fue, desapareció como había llegado y Matilde lo esperó en vano. Cuando ella se convenció que Juan no volvería, que se había ido para siempre, escogió su mejor vestido y se hundió en el río. La encontraron tres días después. La corriente la había arrastrado hasta un recodo del camino y el pastor que la encontró contaba que parecía una aparición. Sus ojos, abiertos de par en par eran ahora de color gris. El día que la enterraron, un día de primavera, a los almendros se les cayó la flor, y aquel año no hubo cosecha de almendras.

Mira la fotografía, dice mi abuela. Y la miro. El amor a veces destruye, me cuenta. Se tiene que tener cuidado con el. Baja la voz y casi susurrando me dice: Ten cuidado Micaela, tu eres como ella.

El empeño de mi abuela (la caja de los recuerdos lV)

Hace una semana que mi abuela se me aparece en sueños. Va vestida completamente de negro y lleva de la mano a un niño rubio de unos seis años. Hay una fotografía en el salón de mi casa en la que aparecen mi abuela y mi padre cuando era pequeño. Por eso reconozco a mi padre en el sueño. Mi abuela tiene una voz dulce y suave. Habla despacio. El niño escucha embelesado un cuento infantil. Los dos caminan de la mano. Hace frío y un manto de nieve cubre el camino. Es invierno. Suben a la sierra. Mi abuela lleva una cesta en la mano. El niño siente frío, tiene las manos heladas y los pies cansados de caminar. Ella trata de calentar el cuerpo de mi padre con historias de dragones y volcanes. El camino se estrecha. Parece que buscan algo. De pronto se detienen. Mi abuela mira hacia atrás, otea el horizonte. Nada se mueve. Nadie la ha seguido. Parece satisfecha. Retira unas ramas caídas y aparece una cueva escondida, casi imperceptible a la vista, salvo para quien sepa donde está. Es una cueva oscura y sorprendentemente cálida. El niño mira con ojos asombrados. Un hombre está sentado en una especie de colchón. Cuando ve a mi abuela sonríe con ojos alegres. Mira al niño y le acaricia la cabeza. El niño se agarra a las faldas de su madre. Tiene miedo. El hombre de la cueva es mi abuelo. Está escondido. Es el año 1937 y en la cesta mi abuela lleva comida.

Mi abuela quiere que sepa, por eso utiliza mis sueños. Quiere contarme. Ella me quiere, lo noto. Intuyo que la historia que quiere contarme me va a doler. Por eso me está preparando. No tiene prisa. Hay tiempo para que yo sepa, para que conozca, para que reconozca.

Continuará...

El espíritu de mi abuela (la caja de los recuerdos lll)

Contaba mi padre, que cuando yo nací y mi abuela me vio, me tomó en sus brazos y dijo: esta niña está cruda. En Badajoz, donde casi todo el mundo tiene la piel morena, una niña de piel blanca como la leche no es normal. Mi abuela siempre pensó que yo había venido al mundo antes de tiempo. Era un bebé curioso. Miraba a todo el mundo asombrada, como si no creyera lo que veían mis ojos. Era calva. Durante meses sólo tuve en la cabeza una pelusa blanca. Mi abuela me ponía un gorro azul. Decía que parecía tan frágil que necesitaba mucho abrigo. Me atiborraban con comida, decían que estaba muy flaca, pero yo me negaba a engordar. Cuando comenzó a salirme pelo y vieron que era blanco como la nieve, mi abuela se asustó. Pobre niña, decía, ningún hombre querrá casarse con ella. Y redobló su cariño para que no me faltara amor. Tal vez fue por eso, por su paciencia y sus mimos, comencé a hablar antes de tiempo y cuando los demás niños de mi edad andaban a gatas, yo ya me sostenía en pie sola y me escapaba de casa para buscar los brazos de mi abuela.
Cuando tenía un par de meses, mi madre me llevaba en un cesto al campo y me dejaban durmiendo al aire libre mientras mi padre y ella trabajaban la tierra. Por aquella época se araban los campos con vacas. La vaca que mi padre tenía era muy nerviosa y se le escapó. Corría directamente hacia donde yo estaba. Mis padres adivinaron lo que iba a pasar: la vaca me aplastaría. Pero la vaca, detuvo su loca carrera justo unos centímetros antes de pisar mi cesto, como si alguien de pronto la hubiese detenido. Yo creo que ella misma intuyó que si me pisaba me mataría. Cuando volvimos al pueblo mi padre le contó a mi abuela lo sucedido. Ella dijo: -lo sé todo. Tu padre la detuvo (se refería a mi abuelo muerto). Aquel incidente corrió como la pólvora de boca en boca por el pueblo. A mi abuela la llamaron desde entonces Micaela la que habla con los muertos. Por detrás se burlaban de ella. Decían que había perdido la razón. A ella no le importaba. Sabía que se reían pero le daba igual. Había construido un mundo a su alrededor donde no entraba nadie si ella no daba el visto bueno.
A veces sueño con ella. Siempre me pregunta si quiero verla. Sé que aparece en mis sueños para no asustarme. Me dice que heredé su don, el don de hablar con los espíritus. Me dice que no tenga miedo. Una y otra vez rechazo su invitación y ella desaparece del sueño, se va triste, respetando mi decisión.

El entierro de mi abuela ( la caja de los recuerdos ll )

Me pusieron el nombre de mi abuela. Por eso me llevaron a su entierro. Yo era pequeña. Calculo que debía tener unos tres o cuatro años cuando mi abuela murió. Uno de los primeros recuerdos de mi niñez, subir en un avión un día de lluvia, ver las nubes de cerca, casi tocarlas con las manos. Recuerdo que no tenía miedo. Se formó una tormenta, y yo, miraba los rayos hipnotizada. El cielo se iluminaba. Aún hoy, los días de tormenta recuerdo aquel día en el que le perdí el miedo a la naturaleza y aprendí a admirarla. La lluvia nos persiguió durante todo el viaje y cuando llegamos a Badajoz seguía lloviendo. De Badajoz al pueblo hay unos sesenta kilómetros, y también nos acompañó la lluvia. Cuando llegamos, lo primero que vi en la casa de la abuela fue una caja alargada y un montón de gente alrededor sentada en sillas. Sentí mucha curiosidad. ¿qué hacía toda aquella gente allí? En la distancia parecía que aquellas personas estaban concentradas en algo. Reinaba el silencio. Me solté de la mano de mi madre y me acerqué. Todos me miraban, nadie decía nada. Me asomé a la caja y vi a una anciana, mi abuela, tumbada. Está durmiendo, pensé. Quise despertarla. Alargué una mano para tocarla y alguien me detuvo. Los muertos no se tocan, me advirtió la mujer que me apretaba la mano y me empujaba hacía otra habitación.
Mi abuela había sido tendera. Tuvo siete hijos. Mi padre era el menor. Su marido, mi abuelo, la raptó para poder casarse con ella. La familia de mi abuela se oponía a aquel noviazgo. Dos de sus hijos murieron en la absurda guerra civil, pero ella seguía viéndolos en sueños. Creo que era una manera de no volverse loca. Poco después de la guerra también perdió a mi abuelo. Se quedó sola, con cinco hijos y una postguerra recién estrenada. Tuvo que agudizar el ingenio para sacarlos a todos adelante. Fue entonces cuando se le ocurrió poner una tienda. Cuando yo era pequeña, mi abuela nos daba una onza de chocolate cada día. Yo me comía la ración que me correspondía y al instante iba a que me diera otra. Mi abuela me daba la del día siguiente. Cuando era yo la que le debía a ella un montón de tabletas, me perdonaba y comenzábamos de cero de nuevo. Siempre me ha gustado el chocolate.
El día que enterraron a mi abuela seguía lloviendo. Mi madre jura que yo no fui a su entierro. Puedo describir con detalle todo lo que pasó en el cementerio. Lo vi. En sueños, supongo. Soñé el entierro de mi abuela. No encuentro otra explicación para conocer todos los detalles de lo que sucedió aquel día en el cementerio del pueblo.
Continuará...

El mar ( la caja de los recuerdos l )

La primera vez que vi el mar tenía siete años. Un domingo soleado de primavera mi madre nos vistió con la mejor ropa que teníamos para que el mar nos conociera bien vestidos. A mi madre nunca le gustó el agua. Siempre le hemos insistido para que nos cuente su miedo al mar. Nunca quiso compartirlo con nosotros. Decía que con un miembro de la familia que tuviese miedo ya había suficiente. No quería influenciarnos. Aquel día de nuestro descubrimiento del mar, mi madre prefirió quedarse en casa. No hubo manera de convencerla. Nos fuimos sin ella.
Mi padre, después de dar su aprobación a nuestro atuendo dijo:
- iremos a ver el mar en autobús.
Nos encaminamos hacia la parada. Recuerdo que estábamos nerviosos. Un viaje a la playa se nos antojaba una gran aventura.
Y vi el mar...
Aquella noche soñé que era un pez y nadaba, y nadaba, y no me cansaba ni me ahogaba. Soñé que el mar era mi casa.
Desde aquel día, siempre que puedo, siempre que tengo un momento de nostalgia me acerco al mar. Me siento en la orilla y cuento las olas. Las sigo con la mirada. Me hipnotizo con la espuma que rompe en la orilla. Y recuerdo aquel día, lejano y feliz en el que descubrí el mar.
-Si cierras los ojos, decía mi padre, y te pones una caracola en el oído, escucharás el susurro de las olas. Todavía conservo aquella caracola. De vez en cuando, me acuerdo de aquel día y la saco de la caja de los recuerdos. Me la acerco al oído y escucho la voz de mi padre mezclada con el susurro de las olas:
-Escucha el susurro de las olas, Micaela, siente el poder del mar. Y escucho. Y siento su poder. Y lloro.

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