Joan Prats nunca había pensado en irse del pueblo, se presentía útil y necesitado. Y sobre todo era feliz. Quería a su sobrina como a una hija, se divertía inventando cuentos para ella, jugando al escondite y dejándose atrapar por la chiquilla cuando jugaban a correr uno detrás del otro. Era alto y desgarbado, con aspecto de hombre tímido, rubio y con media barba. Algunas mujeres se presentaban en su consulta con enfermedades imaginarias sólo para poder hablar un rato a solas con aquel médico que se pasaba las horas muertas jugando con su sobrina o paseando por el campo escuchando a los pájaros trinar. El no parecía darse cuenta de los esfuerzos que hacían algunas de sus pacientes más jóvenes para idear dolencias ficticias y con esa excusa que él les hiciera un poco de caso. Todo el mundo sabía que cuando Joan Prats, médico de vocación y ornitólogo de afición observaba los pájaros, el mundo dejaba de existir a su alrededor y nada ni nadie era capaz de distraerlo de aquello que no fuera identificar el canto de los pájaros.
Nadie podía imaginar que aquella paz idílica que respiraba aquel hombre acabaría el día en el que la escopeta de caza que limpiaba se disparó accidentalmente con la mala fortuna de atravesar por el camino el cuerpo diminuto de la niña. Nada pudo hacer Joan Prats con toda su sabiduría de médico inquieto para salvar a su sobrina que murió casi instantáneamente en los brazos de su tío. Era otoño, trece de octubre, fecha que quedaría siempre grabada en su memoria, y que el tiempo, caprichoso y voluble se encargaría de recordarle muchos años después y muy lejos de allí, cuando su hija naciera, también el mismo día, a la misma hora y en idéntico mes.
El parto duró cinco días con sus correspondientes noches, noches frías de otoño. Su madre le contaría después que se pasó el tiempo tumbada en la cama mirando cómo, el álamo que asomaba sus ramas por la ventana, agitaba las hojas que iban cayendo una tras otra. La comadrona le ponía paños de agua helada en la frente para intentar bajarle la fiebre y le susurraba al oído que el niño venía de nalgas. La parturienta aterrorizada por los dolores y la fiebre sólo quería morir, que se acabara todo de una vez. La quinta noche, cuando la comadrona dormía agotada el niño quiso salir del vientre materno y se escurrió entre las nalgas de la madre. Era una niña y le pusieron Micaela. Dicen que tardó dos días en emitir el primer sonido y que tardó dos días más en dejar de llorar. Era mi abuela, la que se me aparece en sueños. Y nació un trece de octubre, igual que yo y que muchas otras mujeres de mi familia. En cada generación una mujer de mi familia nace siempre en esa fecha. Eso me cuenta mi abuela.
Ayer, cuando llegué a casa, encontré a mi madre dormida en el sofá. La televisión estaba encendida. Tenía un un sueño tan profundo que no se despertó con mi llegada. Me senté frente a ella y la observé durante un buen rato. Dormía de costado, con un brazo debajo de su cara y el otro estirado. Su respiración era tranquila y acompasada. De golpe, sin saber por qué, me di cuenta de lo envejecida que estaba. A veces estás viendo a alguien cada dia y no te das cuenta de que los años están pasando. Y un instante después la miras y eres consciente de que el tiempo no se ha detenido, que está presente, siempre inexorable, siempre cobrando su deuda. Mi madre que ayer me parecía sin edad, hoy me parece que ha cumplido veinte años más de golpe. Miro su frente y noto las arrugas que la surcan. Me detengo en su boca y me parece distinta, mas fina, menos suave. Siento un pequeño pinchazo en el estómago, siento la fragilidad de mi madre y siento pena por la vida que se acaba. Siento miedo, no quiero perderla. Ella sigue durmiendo, placidamente. Me gustaría protegerla de todos los males del mundo. Me gustaría darle alegrias. Me gustaría abrazarla, pero no lo hago.
Se despierta y al abrir los ojos me encuentra sentada frente a ella, mirándola.
- ¿que haces?- me dice. No sé que contestarle. No hago nada, solo miraba como dormias- contesto.
Ella parece no entender. Me mira con ojos interrogantes y me dice que ultimamente estoy muy rara.
Se despereza. Se levanta y me ofrece un café.
- Ya lo hago yo. No te muevas mamá. Traeré café para las dos.
Salvador nació el último. Con pocos minutos de diferencia, Matías fue el primero en salir de la barriga de mi madre. En algún sitio he leído, que el hecho de nacer el último significa que eres el mayor de los gemelos. Sinceramente creo que son tonterías. Unos minutos de diferencia no tienen la más mínima importancia para decidir cual de los dos es mayor, ni para definir un carácter, o tal vez si. Matías y Salvador, a pesar de haber compartido el mismo espacio desde que fueron concebidos, son la noche y el día, el sol y la luna, agua y aceite, y a pesar de ser tan distintos, desde que nacieron estuvieron tan unidos que lo que nos sorprendía era verlos separados. Se complementaban en todo. Lo que uno tenía al otro le faltaba y ellos sabían suplir sus carencias sin depender de nadie, sólo el uno del otro. Si uno tenía hambre, el otro también, si uno se ponía enfermo, el otro no tardaba en seguirle. Por eso, cuando Salvador se enamoró, todos pensamos que Matías también se enamoraría en breve. Lo que no pudimos imaginar es que los dos se enamorasen de la misma mujer. Se llamaba Eva. Crecieron juntos y jugaron juntos. Los tres se pasaban las tardes enteras jugando en la calle, al balón, picando a los porteros automáticos para salir corriendo, peleándose con otros niños, riendo juntos, llorando juntos, creciendo. Cuando Eva cumplió diez años, sus padres decidieron mudarse de barrio y no volvimos a saber nada de ellos en ocho años, hasta que una tarde de primavera, Salvador se encontró con ella en un bar. Se reconocieron, se miraron, recordaron los juegos de la infancia e iniciaron otro tipo de juegos. Durante un año Eva y Salvador aprendieron a jugar al amor. Todos notamos el cambio de mi hermano. Estaba como ausente, con la mirada perdida. No dijo a nadie que había vuelto a ver a Eva, tal vez porque intuía que si lo contaba dejaría de ser sólo suya y no quería compartirla con nadie. Un día decidió contarle a Matías que se había enamorado. Matías quiso volver a verla, y cuando la vio también se enamoró. Eva compartió a los dos hermanos. No sabía con cual de los dos quedarse. Hasta que Salvador se enteró. Los vio besándose una tarde lluviosa en el portal de Eva. Y se fue. No dijo nada. Desapareció. Unos meses después supimos que lo habían detenido. Robó un coche y atracó un supermercado. Ahora está en la cárcel. Voy a verle a menudo. Matías dejó a Eva. Se siente culpable de todo lo que le pasó a Salvador. De Eva no hemos vuelto a saber nada.
Continuará...
Mi padre llegó a Barcelona con una mano delante y otra detrás y con toda su familia, incluido un canario escuálido que mi hermano Marcos encontró una mañana en la puerta de la escuela. Le pusimos Perico, porque mi madre dijo que el color de sus plumas era idéntico al color del pelo del tío Perico. Era un pájaro callado. Nunca lo escuchamos cantar, quizá por las penurias que intuíamos había pasado. Mi madre nos explicó que tal vez, la mamá de Perico había subido al cielo y por eso no cantaba, porque estaba triste. Y a mis hermanos y a mi nos daba una pena infinita. Con lo lejos que estaba el cielo, pensábamos, la mamá de Perico tardará en volver. Intentábamos compensar al pobre pájaro con muchos mimos. Le cantábamos canciones para ver si de esa manera podíamos compensar la falta de su madre. Nunca escuchamos el más mínimo trino de su pico. No nos desanimábamos. Al final decidimos que debía ser mudo y lo cuidamos con mas abnegación por su defecto.
Me cuesta mucho hablar de mi padre. Era un hombre de campo. Nunca había salido del pueblo, excepto cuando hizo el servicio militar. La tierra era su vida y lo cambió todo para que sus hijos pudieran tener mas oportunidades que él. Para que sus hijos pudieran defenderse el día de mañana. Quería que estudiáramos, que fuésemos “alguien” en la vida. Y lo sacrificó todo por nosotros. Nos quería.
Comencé a entender a mi padre cuando ya fue demasiado tarde: el día en que murió. Cuando sus ojos azules dejaron de tener vida, me dí cuenta que mi padre había sido un buen hombre. Me inundó una gran tristeza notar como se escapaba el último aliento de vida de aquellos ojos. La última mirada de mi padre fue para mi. Y en aquella mirada triste estaba toda su alma. Cuando murió mi padre no dejé de mirarle y noté como su cara iba cambiando. Todo el sufrimiento acumulado en su rostro, en aquellas arrugas se transformó en paz. Noté como los rasgos se relajaban, como las arrugas se atenuaban. Parecía que por fin era feliz. A mi también me inundó aquella sensación de amor que emanaba aquel cuerpo sin vida. Ahora, cuando pienso en mi padre, el recuerdo más bonito que tengo es el de aquella noche en la que me miró por última vez y me transmitió aquella sensación de serenidad. Sin palabras, sólo con el pensamiento, me dijo: no tengas miedo, estaré bien, O eso quise entender yo.
Mi padre nunca había bebido. No le gustaba el alcohol. Era un hombre que vivía exclusivamente para su familia. Quería que no nos faltase de nada. Por eso cambió el campo por la ciudad. Un hombre sin estudios que vino a Barcelona a buscar un buen futuro para sus hijos. ¿qué podía hacer? Lo único para lo que estaba preparado: trabajar como peón en una obra cualquiera de las muchas que en aquel entonces proliferaban en cualquier gran ciudad. Mano de obra barata. Mi padre tuvo suerte, porque se la buscó. Era un gran trabajador. Trabajaba como un burro. Pronto le hicieron capataz de la obra. Era una época en la que el trabajo sobraba. Un desgraciado día a mi padre le ofrecieron cambiar de empresa, ganarás mas, le dijeron. El aceptó. Nadie podía saber que la crisis económica estaba cerca. El trabajo iba a
comenzar a escasear. Mi padre fue de los últimos en entrar en aquella empresa donde se suponía que iba a ganar mas y de los primeros en ser despedido. Al principio no fue consciente de nada. Pensó que encontraría otro trabajo rápidamente. Pero la crisis ya se había echado encima de todos. Ya no era fácil encontrar trabajo y menos si eras un hombre de mediana edad. Mi padre no volvió a encontrar trabajo. Salía cada mañana en busca de cualquier cosa que pudiera encontrar. No encontraba nada.
Un día entró en un bar y pidió su primer vino. Después de ese vino pidió otro y después otro. Se hizo un alcohólico. El principio de su ruina. Murió de cirrosis hepática. Yo me encargaba de su higiene. Mi hermana Paula era incapaz de acercarse a él. Le daba asco. A mi sólo me daba pena. Fue un buen hombre con muy mala suerte.
Cuando cierro los ojos, recuerdo a mi padre aquel día en el que nos llevó a ver el mar y lo confundo con sus ojos azules el día en que murió. Tienen el mismo color.
Continuará...
Marcos era el único niño y el ojito derecho de mi madre. En aquella época la tele era en blanco y negro, (para el que tuviera la suerte de tener una) y no teníamos ni video, ni DVD, ni teléfonos móviles, y de ordenadores nadie había oído hablar. Ser familia numerosa era una bendición de Dios. Y a nosotros nos bendijo con dos miembros mas. Mi hermano dejó de ser el único varón y yo dejé de ser la pequeña. El nombre de los gemelos lo escogió mi madre. A mi padre le daba igual. Eso es cosa de mujeres, dijo, yo con poner la semillita ya he hecho bastante. Y se desentendió del asunto. Se llamarán Matías y Salvador dijo mi madre. Y así los llamamos.
Desde que los gemelos nacieron Marcos cambió su carácter. Se pasaba el día en el cuarto, leyendo cualquier cosa que cayera en sus manos. Yo creo que estaba celoso y se encerró en sí mismo. No hay mal que por bien no venga. Se volvió un empollón para agradar a mi madre. Sacaba las mejores notas de la clase y cuando se las enseñaba a mi madre, ella se limitaba a darle un beso en la cabeza y decirle: llegarás lejos Marquitos. Y llegó lejos. Estudió medicina, ( con becas) y ahora es el jefe de servicio de un hospital de primer nivel, pionero en investigación, pionero en trasplantes y pionero en yo no sé cuantas cosas mas. Estoy hasta las narices de escuchar a mi madre contar a las vecinas todas esas tonterías. Y la pobre no sabe ni lo que significa la palabra pionero.
Continuará...
Aunque no lo aparenta, Paula es la mayor. Le tocó el nombre mas bonito, la cara mas angelical, la nariz mas recta y las tetas mas grandes. No es justo que por haber nacido la primera se quedara con todo. Por quedarse, se quedó hasta con el hombre de mi vida, bueno, con el que iba a ser el hombre de mi vida y ahora sólo es mi asqueroso cuñado. Un tío repugnante y gordo con un olfato increíble para hacer dinero, lo que se traduce en que mi hermana cada año está mas joven y guapa, previo paso por el quirófano, claro. Los milagros no existen si no hay bisturí y dinero en el bolsillo. Y precisamente, dinero es lo que le sobra a mi cuñado, dinero y pocos escrúpulos. Tiene un negocio de máquinas tragaperras y se aprovecha de las ludopatía ajenas( adicción al juego, por si alguien no conoce la palabreja. Tuve que mirar en el diccionario para ver que leche era eso de la ludopatía).
Mi hermana ya no vive en el barrio. Ahora tiene un dúplex en la zona alta de Barcelona y hace más de seis años que no pone un pie en la casa de su infancia. No se lo reprocho. El día que yo me vaya de aquí no miraré atrás. Supongo que nunca sadré del barrio a no ser con los pies por delante, como dice mi madre.
Continuará...
Me tocó el peor nombre. Perdón. Me llamo Micaela y soy la mediana de cinco hermanos, o sea la tercera, siempre en medio, como el jueves. Nací en un pueblecito de Badajoz, que casi ni recuerdo. Cuando yo era pequeña mis padres decidieron emigrar y vinieron a Barcelona en busca de una oportunidad mejor para ellos y para sus tres hijos. A mi nadie me preguntó si quería mudarme de ciudad, como tampoco me preguntaron si me gustaba el nombre con el que me habían bautizado: Micaela. Como odio ese puto nombre. Era el nombre de mi madrina. Joder, podía haber tenido un nombre mas bonito. Pues no, Micaela. Para mi hermana mayor eligieron el nombre de Paula, así se llamaba mi abuela materna. Y a mi hermano le pusieron Marcos, como el abuelo, claro que él se hace llamar Marc, que queda mas chic.
Tengo treinta y ocho años y pocos estudios. Cuando tenía que estudiar no lo hice. Desaproveché el tiempo buscando una quimera y ahora pago las consecuencias.
Vivo en una puñetera gran ciudad, llena de oportunidades para unos pocos privilegiados. No tengo un trabajo estable, ni un piso en propiedad. Voy a cumplir cuarenta años y todavía vivo con mi madre. Me gano la vida limpiando escaleras y pisos de gente importante y siempre estoy de mala leche.
Mis dos hermanos mayores, Paulica y Marcos, siempre tuvieron muchos sueños de grandeza y vieron clara que la única manera de salir del barrio era haciendo dinero. Desde que vinimos del pueblo hemos vivido en el mismo barrio. Mis padres le compraron una barraca al tío Lorenzo. Con el tiempo nos echaron de allí y nos metieron en un piso de protección oficial, de esos que por los años sesenta proliferaban como hongos en la periferia de Barcelona y que la rodean como si fuese un anillo, y no hablo de ningún anillo olímpico. Recuerdo que cuando nos dieron el piso mis hermanos y yo estábamos muy contentos. Tendríamos ascensor. Aquello era tan excitante. Ahora después de treinta años de vivir en el mismo piso estoy hasta los cojones.
Continuará...