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La Coctelera

CUANDO ELLA NACIÓ

 

El parto duró cinco días con sus correspondientes noches, noches frías de otoño. Su madre le contaría después que se pasó el tiempo tumbada en la cama mirando cómo, el álamo que asomaba sus ramas por la ventana, agitaba las hojas que iban cayendo una tras otra. La comadrona le ponía paños de agua helada en la frente para intentar bajarle la fiebre y le susurraba al oído que el niño venía de nalgas. La parturienta aterrorizada por los dolores y la fiebre sólo quería morir, que se acabara todo de una vez. La quinta noche, cuando la comadrona dormía agotada el niño quiso salir del vientre materno y se escurrió entre las nalgas de la madre. Era una niña y le pusieron Micaela. Dicen que tardó dos días en emitir el primer sonido y que tardó dos días más en dejar de llorar. Era mi abuela, la que se me aparece en sueños. Y nació un trece de octubre, igual que yo y que muchas otras mujeres de mi familia. En cada generación una mujer de mi familia nace siempre en esa fecha. Eso me cuenta mi abuela.

HACE MIL AÑOS

 Feitus  me ha hecho recordar...

Hace mil años...

...en los Jardines de Pedralbes:

ViDAS AJENAS. Día 2 de 7

 

A medianoche despierto desorientada, me noto desnuda y no sé bien donde estoy. Por un momento creo que estoy en Roma. A veces de tanto contar una mentira, te la acabas creyendo. Todo está oscuro, miro sin ver y no distingo ni una gota de claridad. Pienso en la muerte, en la ausencia de vida, en que morir debe ser muy similar a esta lúgubre oscuridad, a este silencio sepulcral. Pasan por mi mente los fallecidos que he visto en los últimos días. Recuerdo aquel anciano, su tez pálida, casi transparente, ojos ausentes, vidriosos, preparándose para el viaje sin retorno. Observo el preciso momento en que deja de respirar, es un ronquido suave, después nada, sólo el vacío, la huida.  Después vinieron a buscarlo, lo metieron en un plástico y se lo llevaron al depósito. Me apremian para que limpie la habitación, todavía la cama caliente. He limpiado ya tantas habitaciones en el hospital donde acaba de morir alguien que ya no siento pena, ni tristeza, ni miedo, nada. A todo te acostumbras, incluso a convivir con la muerte.

Creo que voy a encender alguna luz. Es imposible que nadie desde la calle pueda verme. ¿Por qué no me habré ido a Roma? ¿Por qué se me ha ocurrido venirme al piso de Antonio? En momentos como este creo que me estoy volviendo loca, que tengo comportamientos irracionales, difíciles de explicar. Decisiones inverosímiles, absurdas. Debería plantearme seriamente consultar con un psiquiatra.

Camino descalza por la casa, me gusta, da sensación de libertad. Me detengo en la puerta del estudio, apoyo la cabeza en el quicio de la puerta y dejo que pasen los minutos, no sé bien cuanto tiempo pasa, ni en qué pienso, mi mente descansa.

El estudio de Antonio es acogedor: frente a la ventana hay una mesa con el ordenador, la pared de la derecha está forrada con una estantería hasta el techo, todos los huecos ocupados por libros, en la pared de la izquierda más estanterías con libros, pero sólo hasta media pared, por encima,  colgados,  dos cuadros, uno con el famoso retrato de la muchacha afgana,  

Dios mío, me digo, que ojos, son de un verde tan intenso que parecen traspasarte, pero no te miran a ti, miran al interior de tu alma. Recuerdo que hace poco leí por algún sitio que la estuvieron buscando, a la chica de la fotografía, y encontraron los mismos ojos, pero ya no eran iguales, veinte años después la cámara ya no captó la expresión de aquellos ojos inocentes y llenos de luz. Lo que si captó fue el deterioro de una vida llena de penalidades. El otro cuadro es una reproducción de Martin Johnson Heade,

donde en primer plano hay una orquídea de un color rosa intenso, que  parece pintada en tres dimensiones, y un colibrí que la mira embelesado, el conjunto del cuadro te hace pensar en un atardecer melancólico y lleno de sensualidad. Hay un sillón de cuero negro, con ruedas y respaldo alto al lado de la mesa. Me siento, y me doy cuenta que también es giratorio. Doy unas cuantas vueltas por la habitación que gira ante mis ojos cada vez más rápido. Cuando me canso de dar vueltas dejo que la fuerza de la gravedad me pare. Me siento un poco mareada. Lo miro todo, mis ojos pasean de un lado a otro y se posan en el ordenador.  Me veo reflejada en la  negra pantalla. Alargo la mano y lo enciendo.  Siento un ligero pinchazo en la conciencia, como si estuviera profanando una vida ajena. No pasa nada, me digo, a nadie le importa. Antonio está muerto, no va a venir a pedirme explicaciones. El ordenador me pide la contraseña, elijo una palabra al azar: superman, contraseña no válida, Antonio, contraseña no válida, vuelve a escupirme el ordenador. Busco la fecha de nacimiento de Antonio, su DNI, y tampoco. Que tontería, nunca voy a averiguar la palabra correcta, ¿Qué coño habrás escrito aquí? Escribo mi nombre: Micaela y le doy al enter. ¡Dios mío! ¡La contraseña correcta es mi nombre! No me lo puedo creer. ¿Por qué habrá elegido precisamente esta contraseña?

Ante mi aparece una playa caribeña de arena blanca y un montón de carpetas para abrir.

Fin del dia 2

Día 1

La vida enseña a esperar

A veces no es el momento adecuado. En ocasiones he querido forzar las cosas y no ha resultado. Ahora, estoy aprendiendo a esperar.

P.D: estoy probando mi nuevo tablet pc ( y aprenderé a dibujar y a firmar con mejor letra, ya verás)

SOY UNA OCUPA (Con K) Día 1 de 7

 

Me voy una semana de vacaciones a Roma, o eso he dicho. Se lo he contado a todo el mundo, a mi madre, a mis vecinos, a mis compañeras de trabajo y a quien me ha querido escuchar. No he comprado billete de avión, no he reservado alojamiento en ningún hotel. Roma no me espera. Les he mentido a todos, y lo más curioso es que  me creen, claro que por qué no iban a creerme.

Llega el momento de irme. Mi madre sale a despedirme a la puerta, me recomienda que sea cuidadosa, que una mujer viajando sola debe extremar las precauciones que no vaya a lugares peligrosos o solitarios.  Llega el ascensor y me abraza, me besa y me dice por enésima vez: - ten cuidado, mucho cuidado, hija.- Toco el botón de la planta baja y escucho como mi madre cierra la puerta de casa. Al llegar a la portería tengo suerte, no hay nadie. No salgo del ascensor, pico al tercero, el ascensor sube. Meto la mano en el bolsillo del abrigo y  saco la llave del piso de Antonio. No me ha visto nadie. Abro la puerta con sigilo, me quito los zapatos y sostengo la maleta en peso para no hacer ruido. Ya he llegado a Roma, me digo. Hace meses que quiero estar sola, que me apetece no ver a nadie. El piso de Antonio sigue libre, nadie se ha instalado en el. Está todo igual que el día que murió. Un buen día se me ocurrió la idea, se me instaló en el cerebro y ya no pude deshacerme de ella.

Miro a mi alrededor y los recuerdos aparecen como si no hubiera pasado el tiempo. Me siento en el sofá, más que sentarme me tiro encima. Que sola estoy, pienso. Pasa una hora, tal vez dos, que importa el tiempo si nadie me espera. Me viene a la cabeza la canción de Sabina:  

.... Yo me dije cuidado chaval, te estás enamorando,  luego todo pasó de repente, tu dedo en mi espalda...

 ... y nos dieron las diez,  y las once,  las doce y la una y las dos y las tres y desnudos al anochecer nos encontró la luna...

...Nos dijimos adiós, ojalá que volvamos a vernos...

... y nos dieron las diez,  y las once,  las doce y la una y las dos y las tres y desnudos al anochecer nos encontró la luna...

Ya estás sola me digo, ¿no querías soledad?

...Y nos dieron las diez, y las once...

Me quedo dormida tarareando la canción. Tal vez por ese punto canalla que les presupongo a los dos, Sabina me recuerda a Antonio

Todas las persianas de la casa están bajadas. Abro la maleta y saco un rollo de bolsas de basura negras y cinta adhesiva. Precinto algunas ventanas para poder encender la luz sin que se vea desde la calle. No quiero que algún vecino que sabe que el piso está desocupado llame a la policía o se presente aquí. Estoy convencida que en este barrio nadie va a notar nada, pero no está de más tomar precauciones. Saco de la maleta la comida que he preparado para una semana. Me preparo algo de comer. Voy al baño, me lavo los dientes y preparo la bañera. Cierro los ojos y vuelvo a ver el cadáver de Antonio tal y como lo vi aquel día. Abro los ojos y ya no está. Alejo esos pensamientos de mi cerebro. Me desnudo y me meto en la bañera llena de espuma con olor a lavanda. Estoy tan a gusto..., que silencio, que maravilla de baño. Cuando los dedos de las manos se me empiezan a arrugar salgo de la bañera y me envuelvo en una toalla. Me miro al espejo y no me reconozco, pero soy yo, la misma de siempre. Me seco despacio, sin prisas, saboreando mi aislamiento, saboreando el momento. Me paseo por la casa, desnuda en mi soledad.

Me meto en la cama, es inmensa, como todo en esta casa.

Me lo creí, creí que al fin tenía un espacio, un lugar en el mundo que te hace sentir bien sola. Me dormí pensando en ello.

A medianoche despierto desorientada....

Fin del día 1

No lo soñé (creo)

Hace alrededor de treinta años, cuando iba al colegio, las muñecas eran eso, muñecas. A lo máximo que podías aspirar era a tener una Nancy, algo regordeta si la comparamos con la reina actual de las muñecas, la Barbie, que en aquella época no conocíamos la mayoría de niñas y que seguramente hubiésemos descartado por delgaducha. Cuando volvíamos del colegio merendábamos bocadillos, de nocilla, de pan con aceite y azúcar, de chorizo, de mortadela de oliva, de sobrasada…. No existían los móviles, ni los ordenadores. El teléfono fijo era un artículo de lujo. Yo vivía en una barraca en los suburbios de Barcelona, sin agua corriente, y para lavarnos utilizábamos barreños.

En el colegio todos éramos iguales, o casi iguales. A la profesora la llamábamos Señorita, o Señorita Antonia, aunque más bien se debería haber llamado abuela Antonia, debía haber pasado la edad de la jubilación hacía tiempo. El acoso escolar no estaba de moda, nadie acosaba a nadie. Si recibías una patada, la devolvías si podías y si no esperabas el momento apropiado para vengarte. Nadie había ido jamás al psicólogo. Los niños no estábamos estresados ni éramos hiperactivos, ni nos deprimíamos. Los niños jugaban al balón mientras las niñas aprendíamos a hacer ganchillo en las clases de trabajos manuales y nadie se quejaba de discriminación. Por las tardes salíamos a jugar a la calle y volvíamos a casa reventados, sin haber hecho los deberes escolares.

Los domingos esperábamos que acabaran las noticias para ver Heidi o Marcos y llorábamos con ellos. Todo eso sucedía hace treinta años, parece que fue ayer.

En mi clase, y creo que era la única en todo el colegio, había una niña, Fátima, la mora. A mi me daba miedo, con esos ojos negros, profundos, de cultura milenaria. Te miraba y parecía traspasarte el cerebro. A veces llevaba las manos pintadas con unos extraños dibujos que a mi me parecían jeroglíficos. Yo no entendía su significado ni por qué se pintaba las manos.

Hay sucesos que nunca olvidas, que cuando te suceden no acabas de entender y que permanecen en tu recuerdo. Y aunque pasen los años, sigues viendo la misma imagen en tu cerebro. Sistemáticamente, cada año, aparecía el yo-yo, y todas niñas comprábamos uno, lo mismo sucedía con el trompo, de pronto aparece y todos jugamos al trompo. Las leyendas urbanas también tienen su periodicidad anual, la mano negra también iba y venía a conveniencia de la estación del año. La mano negra nos asustaba a todos, nadie sabía exactamente que era ni de donde venía, ninguno la habíamos visto jamás, pero todos habíamos oído historias. Mano negra tenebrosa y desconocida.

Una mañana Fátima fue al lavabo y no volvía. La Señorita Antonia me mandó a buscarla. Recuerdo mis pasos por el largo pasillo, zapatos de charol negros resonando por el camino hacia los baños, y yo sin mirar atrás, asustada por la soledad de las paredes desnudas. El tiempo se hace eterno. Cuando llego a los servicios llamo: - ¡Fátima!- No contesta. Todas las puertas de los lavabos están cerradas. Pienso que no quiere contestarme, que intenta asustarme. Me agacho y voy mirando una a una por debajo de todas las puertas. La tercera vez que me agacho veo una capa gris extendida en el suelo, que apenas tapa su cuerpo delgado. El cabello largo, negro y rizado tapa a medias su cara, blanca como la cera. El corazón me da un vuelco. Salgo corriendo a buscar a la Señorita Antonia, abro la puerta de clase y la veo, Fátima está sentada en su pupitre.

Sé lo que vi, no lo soñé ni lo inventé. Callé y no dije nada, pero desde entonces me alejé de Fátima.

Tal vez...

Tal vez algún día vayamos a esos lugares donde nunca fuimos, tal vez algún día nos conozcamos, tal vez hoy sea el principio de una nueva vida, y exista el amor, y te enamores de mi, y quieras conocerme, por dentro y por fuera, y me encuentres hermosa, aunque no lo sea. Y quieras pasear conmigo, de la mano, escuchando el latido de mis pasos, y cuando llegue la noche nos abracemos y el sueño nos encuentre entrelazados.

Tal vez no existes, o tal vez no existo yo.

la vida desenfocada

Debía tener unos siete años cuando me dí cuenta: no veía bien. Nunca pensé que la vida podía percibirse más brillante y clara de lo que yo la distinguía. A raíz de mi descubrimiento, empecé a cultivar el arte del disimulo, bajo ningún concepto quería que nadie se diera cuenta de mi limitación. Para mí era una tara, un defecto imperdonable del que nadie debía sospechar. Mi mente infantil, asociaba gafas con niña repelente. Imaginaba que me ponían gafas y entonces todos en el colegio me llamaban cuatro ojos. Sólo pensar en ello hacía que sintiera un dolor impreciso en el estómago. Sentía nauseas. Visto con la distancia que dan los años y la sabiduría de la experiencia, aquel terror infantil a las gafas parece una tontería, una necedad, un despropósito, un disparate, porque el no querer usar unas simples gafas implicaba limitarme en muchos aspectos importantes de la vida. Todo iba bien, todo era perfecto hasta que a aquel maestro se le ocurrió sentarnos en los pupitres por orden alfabético. La S es la octava letra del abecedario empezando por el final. Si, mi mesa quedaba casi al final de la clase y mis ojos no distinguían las letras de la pizarra. Creo que aquella decisión tan franquista, por injusta y unilateral, del maestro influyó en mi carácter de forma decisiva. Yo era una alumna brillante, inteligente, intuitiva, con un futuro prometedor por delante, que se vio truncado por el azar de una letra, la letra S. Una niña como yo, que aspiraba a ser la líder de la clase no podía llevar gafas como cualquier empollón.

El destino, que es caprichoso y pendenciero quiso sentarme delante de Antoñito Suarez Espada, un niño al que siempre tuve miedo. Espada, ahora me doy cuenta, era algo retrasado, con una crueldad que casi rozaba el sadismo. De repente advirtió que yo existía. Empezó dándome manotazos en la espalda, patadas por debajo de la silla y acabó haciéndome mucho daño. Me veía por la calle y venía corriendo hacia mí para darme puñetazos y patadas. A veces lo veía venir y me quedaba paralizada por el terror esperando el golpe. Nunca entendí por qué lo hacía, por qué me pegaba, por qué sentía placer cuando me golpeaba ni qué le había hecho yo. Sentía pánico de cruzarme en su camino. El imbécil, el sádico Espada estaba limitando mi vida. A veces aparecía donde menos lo esperaba y el golpe no se demoraba un segundo, lo sabía por el dolor y la rabia que aparecían en mi cerebro casi a la misma vez. Un día decidí que no podía seguir así, el miedo no podía anestesiarme, tenía que hacer algo. La victima se convirtió en verdugo, pasé de presa a cazador. Durante varios días estudié sus movimientos, apunté sus horarios, vigilé su casa. Fue la primera vez que hice de espía, y me gustó el papel. No sería la última. El tiempo me auguraba muchas sorpresas. Sabía que tenía que asustarlo mucho para que me dejara en paz. Sopesé contárselo a mi hermano, pero deseché la idea. Espada nos pegaría a los dos. Mi hermano no servía para pelear. Mi barrio, como todos los suburbios de las grandes ciudades escaseaba de jardines y columpios y gozaba de grandes descampados y socavones por doquier donde los matorrales crecían salvajes. Aquel día no tuve miedo, no me paralizó el espanto, al contrario, sabía que era mi última oportunidad de librarme de él. Lo había medido y ensayado todo al milímetro. Cuando me vio, clavó sus ojos en mí y notó que mi mirada no era la de siempre, no había pavor en mis ojos, sólo desafío. Echó a andar hacia mí con una sonrisa que me pareció obscena, seguro de su victoria, seguro de su superioridad. Eché a correr, él me siguió, el tigre en busca de la gacela. Llegamos a la carrera al descampado de los gitanos, donde en primavera, con el buen tiempo, aparecían como por arte de magia varias furgonetas cargadas de familias gitanas, se instalaban allí y no desaparecían hasta que no empezaba el mal tiempo. Espada me pisaba los talones, casi me alcanza, lo notaba muy cerca de mi. Yo había estudiado bien el terreno y sabía cuando tenía que hacer un giro de noventa grados: ya, ahora. Cayó en un hoyo y se rompió una pierna, lo supe después. Cogí un palo que tenía escondido disimulado entre las hierbas que crecían salvajes y le golpeé la espalda. Se puso a llorar. Ojalá te pudras le escupí en la cara. Si vuelves a tocarme un pelo, la próxima vez te mato. Y lo dejé allí, sólo, asustado, dolorido. Lo encontraron muchas horas después, cuando ya se había hecho de noche y sus padres, temiendo lo peor dieron parte a la Guardia Civil. Luego supe que se había cagado los pantalones y que tuvieron que envolverlo en una manta de los tiritones que tenía, más de miedo que de frío. Nunca más volvió a ponerme una mano encima. Evitaba cruzarse conmigo. Desde aquel día siempre me enfrento al miedo, nunca le doy la espalda.

Treinta años después, el descampado de los gitanos ya no existe, se convirtió en un paseo con árboles, jardines y bancos donde los viejos del barrio comparten asiento con drogadictos, parados, amas de casa desocupadas y algún que otro niño que no va a la escuela. Algunas mañanas, los operarios del ayuntamiento riegan el césped, que se empeña en no arraigar en la tierra o cortan ramas a los árboles, o simplemente barren la basura que tiramos en un intento de humanizar los edificios de alrededor, castigados por el tiempo, la desgana de sus habitantes y la desidia del mundo.

Ahora llevo gafas, y ya no veo la vida desenfocada, tal vez algo desfigurada, pero esa es otra historia.

Continuará….

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